13 de Octubre del 2026
por Hno Marcos Aranda, OSB
Vivimos en medio de un mundo lleno de confrontaciones, pleitos y cancelaciones en todo momento y en todo lugar, sin embargo, el Evangelio de San Marcos nos presenta a un Jesús que no huye del conflicto, lo transforma, no es un juez sino un mediador.
Entendemos a la Mediación como una forma de resolver los conflictos de una forma pacífica a través del dialogo; observando en todo momento a las personas, sus necesidades y posiciones, ellos con la finalidad de buscar una solución pacífica al conflicto buscando una restauración en el mismo y transformar el conflicto. El concepto de mediación, del latín mediare ponerse en medio, encuentra su plenitud en Cristo Mediador.
Veamos como en el Evangelio de Marcos, siendo el más narrativo y directo de los cuatro, Jesús no aparece con largos discursos sobre sí mismo. No explica su mediación: la ejerce. Marcos nos presenta a un Jesús que está constantemente en medio, en la frontera, entre el Padre y los hombres, entre la pureza de Dios y la impureza del mundo. Marcos en su evangelio nos presenta a un Jesús no como un pacificador, sino como un mediador escatológico que irrumpe en los conflictos humanos para revelar el Reino. Así tenemos que la mediación de Jesús no es diplomática, es liberación.
En un principio la sociedad religiosa había levantado un muro de separación, señalaba a un Dios que estaba en el Templo, en lo Santo de los Santos, y el hombre pecador, leproso, pagano o mujer, estaba fuera.
Marcos rompe con ese muro desde su capítulo primero; tenemos que Jesús toca al leproso (Mc 1,40-42); según la Ley, tocar a un leproso hacía impuro al que tocaba; Jesús invierte la lógica: en lugar de volverse impuro, su contacto purifica. No es el hombre quien contamina a Dios, es Dios quien, a través de Jesús, descontamina al hombre.
Otro ejemplo que nos da Marcos en el de la hemorroísa (Cfr. Mc 5,25-34) y con la hija de Jairo, ya muerta (Cfr. Mc 5,41-42). Jesús es el único que puede tocar ambos extremos, la máxima impureza judía y la muerte misma, y permanecer santo. Es así como vemos que Jesús es el Mediador, el punto de contacto vivo entre dos realidades que no podían tocarse.
El Mediador que perdona con autoridad de Dios, lo tenemos en Mc 2,1-12, bajan al paralítico por el techo. Todos esperan una curación física. Jesús dice: "Hijo, tus pecados te son perdonados".
El escándalo es inmediato. Los escribas piensan: "¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?". Tienen razón; y ahí está la revelación de Marcos: Jesús hace lo que solo Dios puede hacer, pero lo hace aquí, en la tierra, frente a un hombre en camilla. No es un intermediario que lleva recados, no dice "Dios te perdona", dice "Yo te perdono"; actúa con la autoridad misma del Padre, haciendo presente el perdón de Dios en lenguaje humano.
Ese es el momento culminante de su mediación, Jesús experimenta la distancia máxima: el abandono de Dios que sufre el hombre pecador. Se pone totalmente del lado humano, en nuestra soledad más profunda.
Hay que resaltar un detalle importante en este acto: la fe de los amigos que media por el enfermo, “viendo Jesús la fe de ellos”; es aquí en este acto donde vemos una mediación comunitaria. La fe de otros te lleva a Jesús.
Por otra parte vemos en Marcos un gran detalle teológico inmenso: "El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo" (Cfr. Mc 15,38). Aquel velo que separaba a Dios de los hombres, se rompe. No de abajo arriba, por mano humana, sino de arriba a abajo, por mano divina. La muerte de Jesús como mediador abre definitivamente el acceso.
En el evangelio de San Marcos, la mediación de Jesús no es una teoría, es un camino que se recorre, Él no solo une a Dios y al hombre en concepto, nos une en su cuerpo.
San Marcos nos deja una eclesiología mediadora. La Iglesia no está llamada a ser tribunal que condena, sino comunidad mediadora al estilo de Jesús. En un tiempo de polarización, el cristiano está llamado a ser pontifex, constructor de puentes. Ser mediador al estilo de Marcos implica tres actitudes: mirar a la persona antes que al problema, escuchar para sanar y no solo para responder, y tener el valor de perdonar para restaurar.
El Mediador ha hecho su trabajo, la puerta está abierta; ¿quieres entrar?