06 de Octubre del 2026
por P. Damián Ortega, OSB
“Como un ave sin alas, como un soldado sin armas, así es el cristiano sin oración.” San Tikhon de Zadonsk, monje ruso del S. XVIII.
Estamos llamados a ser hombres y mujeres de oración, boqueando por el aire del Espíritu Santo, podemos pensar en consagradas y consagrados boqueando por la fresca brisa del Espíritu Santo, en especial cuando tantos en la Iglesia desean ardientemente “un nuevo Pentecostés”. Sin Él nuestra vida consagrada será estéril, no creadora, aburrida, amargada, y lo más dañino es una vida sin sentido. La oración es el aire que los consagrados y consagradas respiran. Cuando alguien ahogándose jadea por aire, es bastante obvio, pero cuando no oramos como debiéramos puede no ser tan obvio y podemos no ser conscientes de sus peligros, como Sansón que no se dio cuenta de que su fuerza le había abandonado.
Armados con nuestras bien formuladas excusas, podemos no comprender el alcance de este olvido. San Ambrosio comenta que “La negligencia en la oración lleva a la indiferencia por orar”. La verdad es que el castigo por no orar es perder el deseo de ello. Pero al final seguramente será lo peor en abandonar la oración porque sin ella mis alegrías serán buscadas en un nivel inferior, el mal celo aparecerá y básicamente habré perdido mi primer amor, mi vocación, mi discernimiento. Y es cuando aparecen situaciones de pecado. Sin una vida de oración no somos nada.
La oración brota de la inquietud de nuestro corazón, que debe purificarse. Es necesaria una auténtica conversión del corazón que vivifique, renovando, toda nuestra vida. San Agustín nos dice que es necesario un despojamiento y un desprendimiento que nos harán comprender dónde está la verdadera felicidad. Esa actitud de humildad es imprescindible para ir al encuentro de Dios. Dice Juan Crisóstomo: “Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios" Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche.
Y en otra de sus obras, agrega: “Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de orar”. Al ser pecadores, muchas veces el deseo de la oración afloja debido a nuestras faltas y miserias, por eso es necesario reavivar nuestro deseo, para que la oración acompañe nuestra vida y se convierta en incesante. Es necesaria la paz interior para comunicarnos con Dios, y para ello, debemos primero mostrarnos ante Él tal cual somos, pecadores, necesitados de su misericordia.
A través de la oración y habiendo realizado una conversión sincera del corazón, aspiramos a obtener la libertad espiritual, que es un don que el Espíritu debe concedernos. Con sus vidas, algunos santos nos muestran que se puede y se debe conciliar la vida de oración con la actividad intensa. Es más, es en esta oración que se inspira la acción y donde encuentra sus fuerzas siempre nuevas. Toda la persona, inteligencia, memoria y voluntad, encuentra una guía segura en el corazón y en la afectividad. La oración tendrá su sentido más pleno cuando brote del corazón iluminado por la fe. Necesitamos una gran humildad para pedir a Dios su gracia, pues la oración es un regalo suyo.
No nos ofrece Agustín, una metodología acerca de la oración, nos brinda su propia experiencia de amor a Dios que lo lleva a rezarle cada día con mayor intensidad. y nos revela que su propio maestro es el Maestro interior, Cristo, que aguarda en la intimidad del corazón que el hombre se dirija a Él. La oración debe entenderse como “la conversión del corazón hacia Aquél que está siempre dispuesto a dar si nosotros tenemos la capacidad de recibir lo que Él nos quiere dar.”
San Agustín nos aconseja no olvidar al Señor, a pesar de las muchas ocupaciones que tengamos, sino continuar nuestro diálogo de amor permanente. Para ello, es importante no dejar decaer el deseo. A veces las palabras callan, pero el corazón sigue orando encendido, tendiendo hacia Dios. En ese sentido, admiraba a los Padres del desierto, que, aun trabajando, oraban con jaculatorias, y de ese modo mantenían viva la comunión con el Señor. Están convencidos de que el fin de nuestra vida es amar y alabar a Dios, para eso hemos sido creados. Para la vida de oración se necesita la soledad y el silencio, Jesús buscaba la soledad y el silencio para orar al Padre: Los años ocultos de Jesús, la experiencia del desierto, la agonía en el huerto, y el desamparo en la cruz. Jesús se apartaba con frecuencia para orar especialmente en la noche.
“Subió al monte a solas para orar, al atardecer estaba solo allí” Mt. 14, 23. Jesús busca a menudo el silencio de la soledad o de la noche para orar. En la soledad y en el silencio aparece la verdad. Para la vida de oración son importantes tres factores: Lectio Divina, la lectura orante de la sagrada Escritura; La vida eucarística, la comunión, la misa, acción de gracias visitando al santísimo; Oficio Divino la oración litúrgica con el corazón y con los labios. La oración continua tiene como objeto vivir en la presencia de Dios.
“Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar” Mc. 6, 46 La austeridad evangélica favorece la disciplina y el autocontrol, la renuncia a los placeres. La austeridad en la vida consagrada es pues en su esencia la cruz de Cristo en la vida de cada día, cruz abrazada como camino real para seguir al maestro a través de la muerte a sí mismo y entrar en su nueva vida creación de vida resucitada.
La vida en fraternidad es un testimonio continuo y elocuente de la presencia de Jesús en medio de su pueblo. La fraternidad entre los hermanos no es un mero grupo de hermanos simpáticos más o menos feliz, sino la realización concreta del gran misterio de la reconciliación de todo género humano bajo su cabeza que es Cristo. El enemigo más grande de la vida en fraternidad es un espíritu que busca los privilegios, permisos especiales y escapes.
Otro es la murmuración éste es un gran mal que es capaz de comprometer la comunión entre los hermanos hasta el punto de roerla, de convertirla en un infierno, en el reino del mal espíritu. Una vida de oración ayuda a equilibrar todos estos pensamientos, sentimientos, ideas, etc.
El trabajo en la vida consagrada es a razón de la independencia de ayuda exterior; el trabajo con su sudor y a veces fatiga, rutina, constituye la primera y principal penitencia impuesta por Dios a la raza humana. El hermano consagrado es obediente, silencioso y humilde, entregado a la oración y al trabajo, viviendo en una casa religiosa en el que rigen la caridad y la obediencia fraterna.
El trabajo es donde se fortalecen las virtudes: la paciencia, la humildad, la perseverancia en las adversidades y la cooperación creativa entre otras. La ociosidad es enemiga del alma. El trabajo nos permite evitar la acedia. Y la oración eleva todo nuestro quehacer a Dios como una ofrenda de alabanza. La vida consagrada es una vida que, mediante la disciplina de la oración y la renuncia, libera al hermano de la negligencia y de la irresponsabilidad espiritual y de la falta de libertad.