Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía del III Domingo de Pascua 2025

Volver

Homilía del III Domingo de Pascua 2025

05 de Mayo del 2025
por Benedictinos

Domingo 4 mayo 2025

Dominica III paschæ

 

Todo comenzó una mañana de compras. La pequeña niñita entró en el supermercado. Infinidad de olores y colores invadieron sus sentidos. La madre metía en un carrito cajas de leche, pastas, cereales, verduras, aceite y muchas otras cosas indispensables. «¿Todo eso nos vamos a llevar?», preguntó la pequeña. Y la madre le dijo que sí. De pronto sintió que el supermercado ya no olía a jabón ni a alimentos. Un olor a plástico nuevo le pareció exquisito. Entre todo el pasillo de juguetes la distinguió: era una muñeca de moda, la había visto infinidad de veces en videos. Era ella. La abrazó como se abraza a una estrella, y con mucha decisión la puso en el mismo carrito en que su madre ponía las provisiones. La madre miró el precio, sacó algunas cosas del carrito y con una sonrisa de complicidad acomodó la muñeca en el carrito para que no fuera aplastada por una sandía o la temible bolsa de papas.

La siguiente vez que la niña acompañó a su madre al supermercado, la escena estuvo a punto de repetirse. La pequeña corrió al pasillo perfumado de plástico nuevo y abrazó un gran oso de peluche, de esos llenos de ternura, que uno podría pasar horas abrazando. La madre comenzó a objetar que el peluche no es tan bueno para los niños, que guarda ácaros, que provoca alergias, pero la pequeña no toleraba todas esas leyendas urbanas. Entonces comenzó a hacer un berrinche, a gritar, y terminó por arrojar el tan deseado oso contra su mamá. ¡Qué oso! La madre avergonzada, internamente decía: «Tierra, trágame» pero la tierra come poquito y la mamá era bastante grandecita». Para reconciliarse con la niña, la madre decidió comprarle unos zapatos nuevos, argumentando que los necesitaba más que un oso. Y la niña al ver unos hermosos zapatos color rosa olvidó rápidamente al oso marrón de la tienda.

Pronto la niña se volvió la niña que lo quería todo. Incluso cuando acompañaba a su madre al supermercado una especie de ansiedad la comenzaba a invadir. Pensaba que si no tenía claro desde el inicio lo que quería, podría acabarse el tiempo encantado en que la madre hacía las compras, y ella podría regresar horriblemente a casa, derrotada, sin haber comprado algo. Por eso desde que entraba a la tienda, miraba aquí y allá, hacía un esfuerzo enorme por recordar cuanto había envidiado de sus amigas: los juguetes, la mochila, los lápices de colores, el champú, la falda, la camiseta. Lo quería todo.

Un día a la salida de la escuela, un niño invitó a todos sus compañeritos a jugar. Su madre le había regalado un pequeño hámster y estaba feliz. Todos quería acariciarlo. Era como un osito de peluche que había cobrado vida. Y la niña recordó que ella también tenía uno. Sólo que no sabía dónde estaba. Haciendo memoria, la última vez que lo vio fue el día en que hizo un berrinche en la tienda de mascotas para que se lo compraran. Luego el hámster llenó sus abazones de semillas, y fue a esconderse entre tantas cosas que la niña tenía, sin que nadie supiera más nada de él. Otro día, alguna de las niñas organizó una fiesta del té. Había puesto una mesa bien chula, con pequeños platitos, jarras en forma de pato y tacitas raras que emulaban los diseños naturalistas de Bordallo Pinheiro. Très chic! Y, bueno la invitaron pero ella simplemente contestó: «Yo también tengo un juego de té, sólo que no recuerdo dónde está». Las niñas rieron.

Una tarde de viento la pequeña salió a dar la vuelta en plan random. Estaba abrumada y estresada. Se encontró con un amiguito que tenía entre sus manos un par de carrizos. La pequeña le preguntó: «¿Qué haces con eso?». El pequeño con la misma seguridad de alguien que acaba de titularse en ingeniería le dijo: «Estoy haciendo un papalote». La niña se le quedó viendo con cara de «Te diría lo que pienso pero me pueden funear», y se limitó a decir: «Bueno, yo tengo mu...». Todavía no terminaba de decir que tenía muchos drones súper nice, «carísimos, por cierto», cuando el niño le dijo: «¿Y de qué sirve tener tantas cosas si no sabes dónde están y no puedes jugar con ellas, vamos ya terminé de armarlo, ¿vienes a empinarlo?», y tomándola de la mano salieron corriendo. La niña se preocupó un poco por no llevar sus tenis de conocida marca especiales para correr. Pero luego se dio cuenta que en realidad estaba respirando, pues en su casa ya hacía falta aire, de tantas cosas que tenía. Esa tarde se divirtió como una niña.

Queridas amigas, queridos amigos. En la vida nosotros acumulamos mil realidades que amamos. Incluso nuestro desapego y nuestras renuncias en el fondo buscan adquirir algo mayor, la paz interior, el espacio que ya no tenemos. Vaciamos para que fluya el deseo. Toda nuestra vida es un continuo querer. Pero la vida tiene sus límites. A veces, cuando tenemos tiempo y amigos, no tenemos dinero. Y cuando tenemos dinero, ya no tenemos tiempo ni amigos. O no sabemos dónde se quedaron.

Antiguamente, cuando los Papas eran coronados con una tiara triple, se les decía: «para que sepas que eres padre de príncipes y de reyes, señor de señores, cabeza de la Iglesia, vicario de Cristo». Pienso en el ejemplo del Papa Francisco. Un papa sencillo y de espíritu muy libre. Fiel seguidor de aquel santo fraile, Francisco, que habría dejado todo para tomar por esposa a aquella amada que por mil años vivió viuda y despreciada de todos, la pobreza. Y aun habiendo cerrado la puerta al poder de este siglo, la partida del Papa estuvo rodeada de príncipes, reyes y señores. También de los pobres y sencillos. Todos formando la gran tiara humana de la que el Pontífice era cabeza. Podemos renunciar al poder, pero una y mil veces vendrá el poder a reclamar en la virtud un padre.

Pedro, en la noche del mundo, conduce la barca de la Iglesia adentrándose en la negra oscuridad del lago. Y sus amigos lo acompañan en el fatigoso trabajo de pescar. Sin embargo, dice la Escritura, «aquella noche no pescaron nada». Una noche en que todos los esfuerzos parecieron inútiles. En su noche sólo brillaron las lejanas estrellas del cielo. Pero de las aguas no salió ni un pequeño brillo de plata que les devolviera la esperanza. Y ellos querían llenar sus redes, porque de esas redes llenas se llenarían las manos vacías, las fuerzas vacías, las mesas que había que llenar, y finalmente hasta los corazones por aquello de que «barriguita llena, corazón contento». ¿Dónde estarían los peces?

Entonces comenzó a amanecer. El Sol de Justicia, Cristo, el Señor, comenzó a brillar de nuevo en sus vidas. El Señor Jesús quiso mostrar con esta tercera aparición la promesa de su retorno glorioso al final de los tiempos. Cuando Cristo vuelva, la noche del mundo comenzará a esfumarse y las tinieblas y el caos verán la luz de una vida que ya no tendrá fin.

Cristo entonces será reconocido por los discípulos que lo aman: «Es el Señor». Arderá sobre la tierra el fuego de la gloria del Señor, y él la purificará. Por eso Cristo puso los peces sobre las brasas. Estos peces son la Iglesia, su cuerpo que él mismo nutre y vivifica con su vida divina y al final de los tiempos concluirá su purificación para hacer de ellos imagen perfecta de sí mismo. La llama purificadora que se encendió en la zarza espinosa de la cruz, arderá plenamente y sin consumirse, disipando finalmente toda tiniebla.

El Señor llamó pues a sus discípulos a desayunar con él, a alegrarse de haber hallado en estos peces grandes, el buen sabor de la vida redimida y perfeccionada por el fuego. Ellos vieron y gustaron un gran misterio. El misterio de Dios que pesca con nosotros y se sacia en nuestra mesa. Y así, mientras nuestras barcas buscan en las encrespadas olas tenebrosas el alimento que llene nuestras mesas, Cristo también está pescando para sentarse a la mesa. En la tarde nos pregunta el Señor, como a Pedro: «¿Me amas?». Así lanza su red al mar tenebroso de la duda y del miedo del Apóstol para arrastrar su corazón a donde él no quiere ir: a morir de amor, a arder en el fuego de la luz pascual, en la tierra renovada. Fíjate bien, un Maestro se pregunta si Cristo resucitado comió él también con sus discípulos cuando se les apareció y les dio a comer pescado y pan. Y responde que sí, pero no comió por necesidad sino por poder. No comió porque sintiera hambre y sus fuerzas desfallecieran, sino por la potencia de su vida resucitada. No se sentó a la mesa por la necesidad que nos empuja a todos a buscar el pan entre las piedras y el pescado entre olas vacías. San Beda el venerable lo explica así: La tierra reseca absorbe con voracidad el agua porque la necesita, pero también el fuego la devora no porque la necesite, sino porque tiene la potencia de hacerlo. Así Cristo resucitado, fuego que purifica nuestra tierra, viene cada día, en la tarde de nuestros corazones a buscar amor, no porque lo necesite, sino porque tiene la potencia de buscar lo que es suyo. El mundo reclama en la virtud un dueño.

Y pregunta a Pedro, a la piedra de la Iglesia: «¿Me amas?» Fíjate bien, el Maestro pregunta por el amor; el discípulo responde con el querer. Al final, Cristo le pregunta simplemente si lo quiere, y Pedro responde: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Es como si dijera: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que sólo puedo quererte, que no puedo ir más lejos en el amor». Y Cristo le promete que él completará lo que le falta. Que él le concederá por amor lo que él no puede ni siquiera querer: «otro te ceñirá cuando seas viejo y te llevará a donde no quieras». Porque nuestra lama está tan plagada de deseos y del querer que no queremos ir al amor. Pero Dios ama también implacablemente. Y él nos buscará para llevarnos al amor, porque el amor es su poder. Que el Señor complete su obra en nosotros y nos lleve a todos a la tierra de los vivos.

-P. Evagrio López, OSB 

Volver