07 de Abril del 2025
por Benedictinos
6 abril 2025
Dominica V quadragesimæ
San Agustín cuenta que, cuando era apenas un muchachito, había un peral en una finca vecina, cargado de peras más bien de mala calidad. Una noche, Agustín y sus traviesos compañeros de juegos, se dieron a la penosa tarea de saltar la tapia, incursionar en la huerta y sacudir el árbol para cosechar peras deformes y sin gusto. Recogieron una buena cantidad y luego había que volver a casa fatigosamente, con el saco de peras a cuestas, pero no para comerlas, sino para arrojarlas a los cerdos y culminar así su travesura.
Agustín comprendía ya la maldad del robo, porque había escuchado ya dentro de sí una voz que lo prohíbe: «Ciertamente, Señor, que tu ley castiga el robo, ley de tal modo escrita en el corazón de los hombres, que ni la misma maldad puede borrar. ¿Qué ladrón hay que sufra con paciencia a otro ladrón?».
Agustín comprendió que esa travesura nació en su corazón no por el hambre de peras, sino por haberse saciado de maldad. Por ello, más tarde, el Santo Doctor escribía: «Aquí tienes, Señor, mi corazón; aquí tienes mi corazón del cual tuviste misericordia cuando estaba en lo profundo del abismo. Que éste mi corazón te diga qué buscaba allí para ser malo sólo por el gusto de ser malo y que mi maldad no tuviera más motivo que la maldad. Fea era, y yo la amé; amé el perecer, amé mi defecto».
Las palabras de Agustín me sorprenden: ¿Qué buscaba ése su corazón para ser malo sólo por el gusto de ser malo? Porque buscar la maldad sólo por el gusto de ser malo no siempre es fácil. Y no lo era para Agustín. A veces he pensado que una de las cosas que mantiene al pecador instalado en el mal es precisamente el hecho de saber que su trabajo le ha costado. Y que no se adquiere el gusto de ser malo sin llevar de por medio muchas fatigas. La vida de los ladrones es agitada y peligrosa. Pero a veces la misma fatiga hace pensar al malvado que es un trabajador más, un engrane más de una maquinaria benéfica y productiva.
Hacer el bien y hacer el mal son dos caminos de hermosos paisajes. Y son también dos igualmente empedrados de fatigas entre cuyas lajas de piedra germinan espinos para el dolor de nuestras pisadas. Hacer el bien es un gusto caro, costoso. En el camino de la vida alguna vez conocí a una escultora que tenía muy frágil su columna a causa de las incontables cinceladas que hizo para sacar belleza de la roca. Y conocí un apicultor con serios problemas respiratorios a causa del humo con que mantenía bajo control su ejército de obreras implacables que cincelaban flores para sacar de ellas la dulzura. He visto manos agrietadas de mazo y martillo, y pieles ajadas de sol y mar. Una buena madre se deshace cuando viene al mundo su hijo, y también se deshace su alma si un día lo pierde. El bien y la belleza nos desgastan. Y eso lo sabemos.
Pero respecto al mal podemos ser un poco ingenuos. Hacer el mal también entraña padecer, también cobra su tarifa. Tal vez los malvados no toman en serio la vida y por eso algún día se les viene encima sin que se den cuenta. Tal vez los malvados no toman en serio la muerte, y por eso acaban sus historias sin mucho que contar. El punto es que tanto el bien como el mal dejan cicatrices en la carne y en el alma.
Se dice que en una ocasión en un lejano monasterio un ladrón entró a robar. Encontró una roca bastante grande en la que los monjes habían esculpido una hermosa imagen de la Madre de Dios. Y un monje piadoso incrustó en ella una corona de preciosos metales que engastaban brillantes perlas y algunas piedras preciosas. Entonces el ladrón tomó con fatiga la piedra y se la trató de llevar. Pero como fuera un poco difícil huir con un botín tan pesado, fue descubierto por uno de los monjes que rápidamente dio aviso a toda la comunidad. Pronto el ladrón estaba rodeado de un ejército de monjes escultores dispuestos a recuperar la amada imagen a la que cantaban en todas sus noches. No sabiendo qué hacer con el ladrón, pues nunca había sucedido algo así en el monasterio y no queriendo actuar sin el consejo de los sabios, decidieron consultar a un monje anciano de otro monasterio cercano que era bien conocido por su santidad y discernimiento espiritual. Enviaron a un joven monje, que con la rapidez de la juventud llegó al monasterio vecino. Pero el monje sabio era ya muy anciano, y aún así tardó mucho en llegar. Así que mientras llegaba, el ladrón sostenía la pesada imagen, y escaparía con ella cuanto antes, si los monjes no lo acorralaran. Cuando finalmente llegó el anciano, las manos del ladrón temblaban por el cansancio. Había sostenido el precioso botín por casi una hora.
El anciano entonces apareció entonces, humilde y radiante. En una mano llevaba el bastón de los monjes sabios y en la otra una gran lata cortada en forma de regadera de jardín como esas que usaban nuestras abuelitas para regar sus macetas. Y a su paso iba regando arena por los agujeros de la regadera. Un joven novicio le preguntó: «Padre, ¿qué significa esto?» Y el anciano respondió: «He cargado el mismo peso que este hombre, pero en arena. Y me he fatigado por igual para venir a hacerle algún bien. Fíjate bien, hermano ladrón, la arena son mis pecados, pero como los voy dejando atrás, Dios los perdona y los hombres los olvidan. Sucede que como Dios perdona así nuestros pecados nos sentimos tan aliviados y quedamos tan blancos y limpios que hasta llegamos a olvidar que también nosotros hemos pecado y hemos cargado sobre nosotros el mismo peso de la culpa. Por eso nos atrevemos fácilmente a juzgar y a condenar. Pero Dios envía su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos recuerda que también quienes tratamos de hacer el bien hemos cargado con la fatiga de nuestro pecado. Yo mismo he regado mis pecados por el camino. Y Dios los ha hecho desaparecer con el viento de su perdón; pero cuando estaban todos juntos en la regadera pesaban tanto como la roca esculpida que ahora cargas. El mundo no puede percibir el peso de mis pecados, porque no lo ve ni lo conoce; el de ustedes en cambio, sí lo conoce, porque habita en ustedes y estará en ustedes. Yo lo conozco porque conozco el perdón y la verdad de mi propio pecado. Hermano ladrón, deja de cargar esa piedra tan pesada que apenas te servirá para comprar pan y restaurar las fuerzas que has perdido en robarla, toma mi regadera, llénala de agua y carga con ella. Recorre con lágrimas el camino en el que he tirado arena, y riégala. Tal vez Dios tenga clemencia y haga germinar algo en los caminos de nuestro desierto. Pues ha dicho el Señor por su profeta: «Yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida».
Queridas amigas, queridos amigos: el evangelio pone ante nuestros ojos la pesada historia de una mujer sorprendida en adulterio. Y un pueblo entero de hombres cargando pesadas piedras para arrebatarle el perdón y la vida. Pero Jesús se inclina y escribe en el polvo. Como una clepsidra que desciende grano por grano, atravesando el tiempo, así el juicio de Dios nos recuerda lo que la misericordia ha hecho con nuestro pecado. En el polvoriento desierto de nuestra vida, sólo el perdón puede escribir una historia eterna. Abre los ojos y contempla: La cruz es la pluma de Dios bañada en la tinta indeleble de la divina sangre, escribiendo tu nombre en el cielo.
P. Evagrio López Álvarez, OSB