18 de Marzo del 2025
por Benedictinos
Homilía II D. de Cuaresma, 16 de marzo 2025, Lc 9, 28-36; Flp 3, 17-4,1; Gn 15, 5-12.17-18.
“Ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, del sufrimiento, de la violencia, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?”(GS 10). Nos dice la Constitución Gaudium et Spes.
¿Qué hay después de esta vida temporal?. Nos hacemos esta pregunta todos. La Transfiguración del Señor da respuesta a esta pregunta y a todas las que usted está pensando, porque como dice San Pablo en la segunda lectura; “él transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas”. La transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo. Todo para salvar a su creatura y que también se transfigure como él, aun aquí en la tierra. Pero antes de eso nos dice el libro de los Hch 14, 22; “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”. A ejemplo de Cristo “y hablaban del éxodo que Jesús debía de realizar en Jerusalén”.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, “La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de la Pasión: la subida a un ‘monte alto’ prepara la subida al Calvario. Cristo, Cabeza de la Iglesia, manifiesta lo que su cuerpo contiene e irradia en los sacramentos: ‘la esperanza de la gloria’” (CIC 568).
La Transfiguración se refiere al cambio de apariencia del Señor, -dice el evangelio- “Su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes”, de la forma mortal del cuerpo con el cual sufriría y moriría a una forma glorificada con la cual resucitaría de entre los muertos. La raíz latina del término es la siguiente: “tras” indica “a través”; y “figura” señala la “forma”.
Queridos hermanos y hermanas; dice el evangelio “mientras oraba, su rostro cambió de aspecto”. Esto es algo muy significativo, muy importante, tanto para usted y cualquier cristiano que quiere hacer la voluntad de Dios. En este tiempo de cuaresma; es un tiempo de realizar obras de caridad, de conversión, de santificación. Nos invita a cada uno de nosotros como hijos de Dios a realizar los tres pilares de la vida religiosa; oración, limosna y ayuno.
“La oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor, desde dentro de la prueba como desde dentro de la
alegría”, nos dice Santa Teresita del Niño Jesús. “Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto”.
La transfiguración sucedió cuando Jesús se encontraba en medio de la oración junto con sus discípulos, todo sucedió en el seno de la intimidad con el Padre. La oración trasforma tu interior en relación con Dios. Con la oración vemos lo que sin ella no podemos ver, la gloria de Dios, la Jerusalén celestial, la vida eterna, como lo vieron y experimentaron; Pedro, Santiago y Juan. Lanza una mirada hacia el cielo, un grito de amor, en cualquier momento de tu vida, sea en medio de las dificultades o alegrías, una oración. Por ti y por tu prójimo, especialmente por aquel que te ha causado una molestia en tu vida. Por aquel que has tenido alguna diferencia. Hermano, Cristo subió al monte, para hacer oración, así que tú también sube al monte de la oración para orar por tu prójimo, donde Dios te permitirá ver la gloria de Dios en medio de tu oración intercediendo por tu hermano. La oración te permitirá transfigurarte, cambiando tu forma de ser, dando muerte a todo aquello que no te permite ver la gloria de Dios. En la práctica de la oración constante tu estas cumpliendo lo que el Padre dijo cuando los cubrió una nube “este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”, donde esta nube representa, la presencia de Dios y la manifestación de su gloria. Cada vez que hace oración, está escuchando a Cristo.
La limosna clama el amor del prójimo y de los pobres. Con la limosna alcanza a Dios mismo y el perdón de sus pecados. Jesús exige que se haga con perfecto desinterés, “sin esperar nada a cambio”. ¿Que nos enseña el evangelio respecto a realizar limosna con el prójimo? Es porque la trasfiguración no va sola, lo vemos en el evangelio, Cristo subió al monte junto con Pedro, Santiago y Juan. Entonces la transfiguración va acompañada con tu prójimo. Es necesario desprenderse de algo de nosotros; ya sea como las cosas materiales, como el dinero o como el pecado, nuestra debilidad, nuestras flaquezas que nos impide permanecer en la gloria de Dios. Hermano, Cristo subió a un monte alto para orar, así que tú también sube a ese monte alto que es la limosna, para desprenderte de lo que te impide ver a Jesús en tu prójimo. La limosna te permitirá transfigurarte, subiendo con tu prójimo al monte alto de la limosna. Donde te encontraras a tantos hermanos afligidos por la enfermedad, injusticia, por la pobreza material y espiritual, a los cuales podrás consolar con las obras buenas que realices con ellos.
El ayuno dispone el alma del cristiano a la escucha de Cristo. Ayunar corresponde a humillar el alma. El que ayuna se vuelve hacia el Señor, en una actitud de dependencia y de abandono a su divina voluntad. El ayuno, ayuda al cristiano a trabajar mejor la humildad, la esperanza y el amor al prójimo. El ayuno, como lo vimos en el evangelio del domingo pasado con Jesús en el desierto, con las tentaciones, no va solo, es necesaria la oración. Hermano, sube al monte alto, como Cristo en el desierto, al monte del ayuno, para disponer su alma a la escucha de la Palabra Divina, para que sus oídos de su corazón sean sensibles y su corazón se disponga a una transformación interior y poder un día transfigurarse con Cristo y ver la gloria de Dios ya aquí en la tierra.
Así, pues, queridos hermanos y hermanas; en la intimidad de la oración, de la limosna y del ayuno, en la cumbre de estos montes, de estos pilares de la vida religiosa, Dios se deja ver en su Divinidad, se transfigura delante de usted. Le muestra la gloria que en futuro puede tener realizando buenas obras con el prójimo. Le muestra su gloria que viene después de las diferentes dificultades que tiene que pasar, la gloria que viene después de la Cruz. La transfiguración es un vivir en la gracia de Dios todos los días, estar contemplado a Dios en la oración. todos los días Cristo nos muestra su gloria, en la Eucaristía. Cristo nos invita a subir con él, al monte, todos los días, que es la mesa de la Eucaristía. Querido, hermano; sube con Cristo al monte de los sacramentos y deja que se transfigure delante de ti y que cambie tu corazón, en un corazón lleno de la gracia de Dios y del Amor Divino. Porque “¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede entrar y adorarlo en su templo santo?”. Solo el de manos limpias y de puro corazón (Sal 24, 3-5).
P. José Luis Francisco Jiménez, OSB