Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXIII Domingo Ordinario - 2022

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XXIII Domingo Ordinario - 2022

05 de Septiembre del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Lc 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: "Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: 'Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar'.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo''.

Palabra del Señor

 

Homilía:

Lucas 14,25-33’22 (renuncia de uno mismo)

            Jesús de Nazaret, carpintero, ebanista o albañil con su padre don José, comprendía bien los planes de construcción: «Antes de construir una torre, te pones primero a calcular el costo, para ver si tienes con qué terminarla». Los presupuestos incluyen el plan arquitectónico del edificio, el material, la labor, los recursos económicos, el clima, los vecinos. Dadas las condiciones adecuadas, el ingeniero empieza la obra. En el evangelio el obrero de Nazaret habla de la construcción de una morada para la eternidad. Hay que planear bien, pues un proyecto comenzado y no llevado al término, invita el desprecio de los vecinos.

            La construcción de la torre es una parábola de la vida de creyente. Dice Jesús: «Si alguno quiere seguirme y no renuncia todo lo que no le permite avanzar, no puede ser mi discípulo». Pero, en nuestra experiencia, ¿cuántas veces comenzamos un proyecto, un propósito de conversión y, después se nos enfríe la determinación y nos quedamos parados, el fervor inicial agotado?

Para concretar la vida del creyente, Jesús añade la parábola de un rey quien va en batalla contra otro, «¿no se pone primero a considerar si será capaz de resistir con diez mil soldados al encuentro contra veinte mil?» En cuanto a nosotros, queridos Hermanos/Hermanas, ¿no avanzamos en la conquista el cielo? Y, ¡cuántos malos pensamientos, obstáculos y fuerzas, tanto dentro del corazón como afuera, vienen en contra! Viendo la oposición, se recomienda enviar una embajada y concertar las condiciones de paz. Y, qué mejor diplomacia que la compasión, el perdón, la comprensión y caridad –las armas más eficaces para nuestro avance–? Las palabras del prólogo de la Regla de san Benito resuenan en la conciencia: «preparemos nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar bajo la santa obediencia … y roguemos al Señor que nos conceda la ayuda de su gracia para cumplir lo que nuestra naturaleza no puede… Corremos y practiquemos ahora mismo lo que nos conviene para toda la eternidad» (Pról. 40-44).

            Jesús propone la construcción de una torre y la estrategia militar como analogía para lograr la amistad eterna con Dios: «Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo». Al construir una torre o salir al combate, se valora lo que uno posee, en recursos económicos o en táctica militar. Pero forjar la amistad con Jesús es distinta. Para volverse discípulo no se hace un inventario de lo que uno posee –fuerza, destreza, solvencia económica, capacidad– sino se valora lo que se deja atrás; para volverse amigo de Jesús el inventario es de lo que se renuncia, condición que va en contra de los pronósticos del mercado o del comercio, que aconsejan asegurarse a sí mismo antes de cuidar a los demás, que afirman, cuanto más tienes tanto mayores tus posibilidades de salir adelante; cuanto más palanca, talento y voz, tanto mayor el avance. Pero Jesús aplica la ley inversa. Cuanto más se renuncia y comparte… cuanto más desprendido de sí mismo, tanto más libre la gracia y el amor en el corazón.

            El inventario de las privaciones es impresionante y toca hasta la vida afectiva. Jesús dice: «Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre, a su madre, a su pareja y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y más aún, incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo». Los mandamientos legislan honrar y amar a los padres, a los hermanos y hermanas, y a uno mismo, pero siempre en servicio al amor de Dios de la vida, optar en primer lugar por Dios de la vida que está detrás de todo enlace familiar y afecto: el amor a Dios.

Amar a Dios no es un sentimiento, sino una decisión propia que implica fidelidad y la escucha, que en el vocabulario benedictino se escribe obediencia, el reconocimiento que la propia vida depende totalmente de su amor. Solo de esta conciencia fundamental puede desprenderse de todo amor, que no se deriva del amor primero, tanto a las personas como a los bienes de la creación. Jesús no roba amores, sino que les recalca un grado de amor mayor, un más. A lo largo de la historia de la salvación, es Dios quien primero se entrega sin reservas a su creatura, jugándose con ella hasta enviar a su propio Hijo. Ahora nos toca a nosotros responder, con nuestro pobre todo, que no es más que la respuesta al todo de Dios para con nosotros.

Queridas Hijas, amados hijos, a veces en la vida cristiana nos asombran las renuncias derivadas, y no lleguemos a la renuncia más difícil. En el elenco de renuncias, la más espinosa es la de uno mismo, del sacrosanto «yo». Cuando pensamos en todo lo que Dios nos pide, en cuanto al afecto, la seguridad, las responsabilidades y el mismo Dios, nos podemos distraer con todo lo que hemos hecho, o en lo que todavía nos queda para hacer, y se nos pierde de vista lo más importante: la renuncia de uno mismo. Esta renuncia, la «neta», es la que el mismo Jesús encarna en su obediencia al Padre para la salvación. La renuncia de uno mismo es la última en la lista de privaciones del discípulo, pero es la esencial. La condición para seguir a Jesús es despojarnos de todo lo que nos impide hacia el avance libre y alegre hacia la vida nueva, el amor perfecto, la vida nacida en la Resurrección del amable Dios-hecho-hombre.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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