Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XIX Domingo Ordinario - 2022

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XIX Domingo Ordinario - 2022

08 de Agosto del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Lc 12, 35-40

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.

Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre''.

Palabra del Señor

Homilía:

Lucas 12,32-48’22

Bajo la figura de la noche, de lo imprevisto, Jesús coloca nuestra vida de fe: «Estén listos, con … las lámparas encendidas … Si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos [ustedes] … estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre». Cuando Dios llama a la puerta e interrumpe la agenda, ¿nos agarra desprevenido? Jesús nos pone sobre aviso para que estemos listos, y luego nos consuela con su cariño: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino». Recomienda que nos afanemos «un tesoro en el cielo que no se acaba», que valoremos la vida con ojo nuevo, para que, mientras nos dediquemos a las cosas de todos los días, lo hagamos con vistas a la ternura de Dios que nos visita. O, en las palabras de san Benito, «Hagan ahora lo que es de provecho para la eternidad».

Jesús nos acompaña a lo largo de la vida aun cuando no nos demos cuenta. Así como custodiaba a Abraham y Sara, todavía hoy está presente en la historia. Pero a veces estamos ciegos a su presencia. Una vez Jesús nos cuestionó: «El Hijo del hombre, cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8). Con el motor de la fe Dios condujo a Abraham desde su tierra natal por caminos lejanos, mientras él y su familia vivía como migrante; la fe generaba en la vida estéril de la ancianita Sara una vida fecunda y feliz. Ahora, a nosotros, ¿la fe nos abre los ojos a una vida más plena, feliz?

Cuando Jesús nos invita a buscar el tesoro que ladrones no pueden robar y la polilla no carcome, cuando nos advierte a vigilar por la noche, a estar preparados, vestidos para el servicio, esperando su llegada, ¿no es esta nueva manera de ver las cosas, iluminada por la fe, que desea despertar en el corazón? Porque si su palabra cala en nosotros esta expectativa, si miramos con ojos de fe, lo descubriremos dónde no lo esperábamos, aquí donde siempre estaba, caminando al lado, pero visible solo con la mirada de la fe. Conocemos a algunas personas, llegadas al atardecer de su vida, que comentan, «Si yo hubiera sabido, ni vida habría sido diferente».

Queridos hijos, Jesús coloca la vida bajo la figura de la noche, para despertarnos a su presencia, a veces difícil de distinguir. En cada caída, en cada levantada Dios se presenta en su misterio. Es verdad, Dios, viene a visitarnos, ya está aquí, así como acompañaba a Abraham y Sara y nuestros padres y madres en la fe, aunque no siempre lo percibían, y en ocasiones se conformaban con lo que tenían a mano, pero Dios trabaja detrás de las escenas para infundir sentido en la historia. Jesús dice: «Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas … Si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos [ustedes]». Pero –lo curioso– el que viene, ya está aquí, aun cuando su presencia se manifiesta en forma de nostalgia por lo pasado o como ilusión por lo que viene.

Jesús dice, «Si un padre de familia supiera a qué hora viene el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera … en su casa». En la metáfora Jesús es el ladrón que viene en el momento menos esperado, «a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre». ¿Qué tiene Jesús en común con un ladrón? 

Los ladrones son maestros de lo imprevisto. Asaltan cuando menos lo pensamos. Y no los reconocemos como ladrones. Los mejores ladrones no se detienen frente a los muros o puertas con doble cerradura; los perros bravos, las cámaras de seguridad y los sistemas de alarma no los impiden. El ladrón experto sabe brincar la barda, adormecer el perro y desarmar la cámara de vigilancia y la alarma. Entonces, ¿sería Jesús un buen ladrón? ¿Sabe saltar todas las prevenciones, o, aun peor, sabe desarmarnos de nuestra pretendida seguridad?

Queridos Hijos/as, Hace dos mil años, Jesús irrumpió en el mundo de una manera inesperada: un carpintero, instalado en Nazaret; luego, un migrante quien, desde Cafarnaúm, nos acompañaba a lo largo de los caminos de Galilea. El ladrón nazareno no amenaza a la población desprevenida con la violencia; nos asalta con algo que nos hace falta: la compasión y el perdón. Desde siempre, Jesús es el maestro del disfraz. Irrumpe la vida cotidiana bajo la apariencia de una niña chillando o la ancianita sonriente; el ladrón nos llega en una emergencia, o en un lugar o por una persona donde menos esperamos; o en un conocido inoportuno. El amable ladrón desmantela las bardas que levantamos para protegernos: nuestra ocupación compulsiva, la rutina cómoda, el mal carácter, el desorden o desinterés bien ensayado. Jesús, experto y amable ladrón de almas, entra a cualquier hora, como Dios acompañaba a Abraham y Sara, a veces de una manera que ni siquiera ellos se daban cuenta. ¿Y qué le interesa al amable ladrón de almas? Quiere apoderarse de nuestros corazones, sí, quiere robar el corazón humano para sí. Y, aun más, si se lo permite, toma posesión de nuestra propia identidad como persona. Amadas hijas e hijos: «¡Dichosos aquellos a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela! Yo les asegura que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá».

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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