Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XVII Domingo Ordinario - 2022

Volver

XVII Domingo Ordinario - 2022

25 de Julio del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Lc 11, 1-13

Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos".

Entonces Jesús les dijo: "Cuando oren, digan:

'Padre, santificado sea tu nombre,

venga tu Reino,

danos hoy nuestro pan de cada día

y perdona nuestras ofensas,

puesto que también nosotros perdonamos

a todo aquel que nos ofende,

y no nos dejes caer en tentación' ".

También les dijo: "Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: 'Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle'. Pero él le responde desde dentro: 'No me molestes. No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados'. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.

Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca, encuentra, y al que toca, se le abre. ¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?''

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 11,1-13’22 (Gn 18, 20-32; Col 2, 12-14)

Un joven, en busca de la sabiduría, subió el monte, donde encontró a la ancianita, ocupada en quitar la maleza y limpar su huerta. Le pidió: «Madre Sofía, dime una cosa: ¿cuál es la tarea más difícil de lograr en la vida?» Ella tardó en contestar y, con lágrimas en los ojos, respondió entre sollozos: «La tarea más difícil … es … la oración; es lo más nos cuesta, es lo que más nos inquieta, en toda la vida –cómo orar–». El joven, desconcertado, bendijo a la anciana, quien siguió limpiando su huerta.

            El joven siguió cuesta arriba y alcanzó el monasterio, donde los monjes se ocupan de la oración y la labor. Tocó la puerta del monasterio, y cuando el monje le abrió, y el joven le preguntó: «Hermano Monje, ¿cuál es el empeño más pesado y escabroso en la vida?» El monje no pudo contenerse; entre gimoteos y lágrimas le respondió: «El empeño más difícil … es … el … perdón. Entre todas las ocupaciones de la vida, es la más laboriosa, la que más nos ha costado en el pasado, más nos cuesta el día de hoy, y más nos va a costar mañana en la búsqueda de la verdad y la vida feliz». El joven, asombrado, recibió la bendición del sabio, quien volvió a orar y trabajar, pero ahora con más conciencia, por el recuerdo de una huerta donde todavía le quedaba una maleza por limpiar.

Queridos hijos e hijas, Se me ocurre de que somos los primeros hermanos y hermanas de los discípulos de Jesús, que un día se le acercaron y le pidieron: «Señor, ensénanos a orar». A todos nos hace falta aprender a orar. Pero, nos damos cuenta a lo largo de la vida, que, conforme oramos, orando, la misma oración nos instruye. Considero la petición de los discípulos a Jesús, «Señor, ensénanos a orar». Sólo quien ha orado es quien se confiesa que no sabe orar. El evangelio de hoy no es para los principiantes en la escuela de la oración. Todo lo contrario; lo que Jesús señala es el camino más avanzado, y, ¿hasta dónde nos lleva en la escuela de la oracion? Cuando Jesús respondió a nuestra solicitud, él nos enseña las frases del «Padre nuestro», y su oración culmina con la petición más exigente, donde más nos tropezamos: «Perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende». Luego, se dirige a nosotros: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá».

            En la escuela de la oración, Abraham, nuestro padre en la fe, es un maestro. Él pidió y se le concedió, pero a veces tenía que esperar largo tiempo para la respuesta. Abraham conocía lo difícil de la oración y cuánto costaba su aprendizaje. El que en una ocasión se había reído de Dios cuando se le comunicó la increíble noticia que iba a tener un hijo de la ancianita Sara, luego (la lectura de hoy) es quien negocia con Dios por las vidas de los malvados: «Señor, ¿vas a matar a toda la ciudad, malos y buenos? Y qué hay del valor de los pocos buenos?» Por su oración atrevida e insistente, Abraham enseña hasta qué grado llega la capacidad de Dios de perdonar las ofensas de la humanidad. Nuestro padre en la fe nos enseña a orar, sin dejarse desalentar por la maldad, las malas noticias, los reveses y sobre todo, por los silencios por parte de Dios.

            Lo que Abraham nos enseña es esto: el aprendizaje en la oración es antes que nada una lucha en la fe. Los célebres santos eran antes que todas sus buenas obras, antes de martirio, antes de su amor virginal … eran unos orantes. Algun detalle que nos llama la atención en la vida de los santos, es su oración y la capacidad de no guardar rencor encontra de sus ofensores o, en una palabra, su capacidad de perdonar y vivir y morir sereno. Los santos, comenzando con los discípulos de Jesús, descubrieron que no se puede nada sin Dios que nos hace fuertes en la debilidad, nos levanta de las caídas y nos capacita para perdonar aún siendo rechazados, traicionados, calumniados o crucificados. Se hicieron libres de sí mismos a punto de «pedir, buscar y tocar la puerta», con el resultado de aportar a la sociedad un soplo de esperanza y de paz. Todos somos llamados a la santidad y todos estamos comprometidos a perdonar. ¿Acaso se nos ha ocurrido pedir estos dones al amable Dios? Pues si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros chiquillos, «¡cuánto más el amable Padre de la gracia dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!»

            Ayer en una conversación con Lionel, amigo que sufre de cancer, ahora se siente a la puerta de la muerte –pero todavía no es momento de pasar por esta puerta–, me comentó, respecto a su oración: «Conrado, he cambiado las palabras del Padre nuestro: yo lo rezo todos los días, pero, cuando estoy solo, yo digo: “Perdónanos nuestros pecados, y enséñanos a perdonar a las personas quienes nos ofenden”. Porque, aun en la vejez y larga experiencia, me es difícil, parece imposible, perdonar a algunos ofensores».

De nuevo el joven sube al monte para encontrarse con los maestros de la vida. Ahora le pregunta a la anciana: «Señora Sofía, enséñame a orar». Sofía, siempre ocupada con la limpieza de su huerta, le sonríe al joven y dice: «Ponte a orar, y, orando, es cómo vas a aprender a orar». Subiendo cuesta arriba, el joven toca la puerta del monasterio, y le pregunta al monje: «Hermano Salomón, ¿Cómo aprendo yo el perdón?» Salomón, alegre de espíritu, le responde: «Hay que reconocerse perdonado, y luego perdonar, pues así es como se aprende el perdón». De esta manera, el joven aprendió que la oración y el perdón siempre van juntos de la mano. El perdón, que suelta las cadenas de nuestro mundo pequeño, impulsa a la oración hacia Dios; por su parte, la oración da alas a su compañero, el perdón, para volar y aletearse con libertad en el mundo presente.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver