Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de Pentecostés - 2022

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Domingo de Pentecostés - 2022

06 de Junio del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

 

Homilía:

 

Pentecostés’22 (Amable huésped del alma)

            San Benito comenta que el huésped nunca falta en el monasterio, y que puede llegar a cualquier hora (RB 53.16). A veces se lo espera con habitación preparada, el hospedero desvelado; en ocasiones, por un imprevisto en el camino no llega hasta después. El huésped puede llegar tarde, a medianoche, a cualquier hora. A veces requiere atenciones especiales; en ocasiones su presencia altera el ambiente de paz en el monasterio. Tres veces san Benito advierte que todos los huéspedes sean recibidos como el mismo Cristo (RB 53.1,7,15). Instruye que, después de orar con el huésped, para frustrar las ilusiones diabólicas, se le da el ósculo de la paz.

Entre todos los huéspedes, hay uno que se instala en el alma de modo tan discreto que casi no se siente su presencia. El huésped llega, pero no llama la atención a sí mismo; se comunica, pero con su silencio; respira en la casa la tranquilidad y la paz, y a las personas, la salud de alma y cuerpo. No reclama ningún derecho para sí; es como las llamas de fuego que se posan sobre la zarza y no la consume. El amable huésped del alma nos visita e irradia la paz; es tan humilde que su presencia se la puede pasar por alto; no lo percibimos a causa de tanto ruido en el alma, el ajetreo ambiental que a veces desquicia la paciencia. En el mundo que gira, el amable huésped, el Espíritu Santo, es el eje firme; en un mundo estancado, fatigado, es el aliento que nos respira vida y nuevas fuerzas, comprensión y deseo de seguir adelante. Con honor no fingido, el huésped del alma anima a quien tiene poca gracia. Perdona, sin cargarse de rencores; la serenidad de su persona, refresca y suaviza el aire estresado. El amable huésped del alma, me refiero al Espíritu Santo, consuela —me pregunto si el infinitivo consolar o el sustantivo consuelo se relaciona con la raíz con + suelo, “contactarse con el suelo”, o bien, si el sustantivo consolador, que se refiere al Espíritu Santo, tiene que ver con la solidez, “volverse solido”; probablemente no; esto sería “consolidar” …, pero es una feliz coincidencia—.

            La visita del amable huésped del alma nos llega como una brisa suave, casi imperceptible; en medio de la actividad de todos los días, él no se perturba, ni sacude y levanta el polvo en el aire ni descontrola; él infunde “consuelo”, en medio de la incertidumbre y recoge las lágrimas del llanto para sanarlas. Cuando todas las voces se cansan de gritar, reconocemos al amable huésped del Espíritu Santo como fuente de la paz interior, el agua limpia que brota del manantial turbio.

            Cansados nosotros por el ritmo acelerado de la vida, el amable huésped se sienta en el suelo y toma en las manos tus pies, lava las inmundicias; los unge con miel, vino y aceite para aliviar el estrés y el dolor del alma. Ante la soberbia, el Espíritu Santo no se alza, sino se inclina; ante la frialdad, su calidez restaura el buen celo que conduce a Dios y a la santidad; entre sendas tortuosas y revueltas, él acorta la distancia hacia la paz. El amable huésped del alma no reclama nada para sí mismo, no se impone, sino regala, siete veces por uno; llena la canasta del corazón hasta desbordarse, con una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante (cf. Lc 6,38) de preciosas regalías. Con el Espíritu Santo de Dios, el gozo es firme, porque sus frutos ofrecen sabor de a vida eterna. El Espíritu Santo, respiración de Dios prestado a sus amigas y amigos, manantial del cual cada día se saca la fuerza, inspiración y vitalidad, de sus pechos abundantes “se saciarán de sus consuelos, y saborearán las delicias” (Is 66,11).

            Queridas Hijas e Hijos, hoy en Pentecostés, llamas de fuego se posan sobre la zarza del corazón, regalándolo vida, fuego que refresca; despierta la esperanza, como el fuego del horno donde tres jóvenes en Babilonia danzaban y cantaban al Señor, rescatados de la amenaza de la muerte (cf. Dn 3), como el carro con sus caballos de fuego que arrebató al profeta al cielo, hasta el corazón de Dios. Gracias, gracias, amigo del alma, gracias. Tu ósculo, recibirte como huésped, es toda gracia.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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