Monasterio Benedictinos Cuernavaca

III Domingo de Pascua - 2022

Volver

III Domingo de Pascua - 2022

02 de Mayo del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 21, 1-19

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.

 

Homilía:

 

 

Lucas 21,1-19’22

Escribe el evangelista, “Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entro los muertos” (v. 14). ¿Tercera vez? Tres veces tocan tres aspectos del ser humana, ahora transformados por a la resurrección. La primera vez fue a la Magdalena, cuando Jesús resucitado toca nuestro amor que a veces se confunde con sentimiento. La segunda vez se reveló a Tomás, cuando la vida resucitada toca nuestra fe tambaleante y reclama pruebas; la tercera vez se reveló a los discípulos, vueltos a Galilea para pescar; aquí la vida resucitada toca nuestra vida ordinaria. Nuestro amor, que a veces se hace borroso, enmarañado con la emoción, busca al Señor resucitado del pasado (Magdalena en el jardín). Nuestra fe, amenazada por la duda, demanda pruebas palpables, para probársela (Tomás pide verificar las llagas). Y ahora, Simón Pedro y compañeros, desalentados, vueltos a su vida en Galilea, se ponen a trabajar para procurarse el sustento, y vemos que, aun en la rutina de la existencia –«Galilea» significa la vida cotidiana»– es el Resucitado quien proporciona el pan de nuestra labor que nos sustenta, y la transforma en eucaristía, acción de gracias. En aquella «noche» de la pesca, nada salió como habíamos esperado y nos sentimos frustrados y desmoralizados. En una noche de trabajo –noche son unas horas en el reloj, también “noche” describe un estado de ánimo– no pescamos nada. Cuando se amanece el nuevo día –¡atención al símbolo del «amanecer», el puente entre la oscuridad y la luz– el Resucitado se presenta «en la orilla», y no lo reconocemos. La «orilla» es donde el mundo de Dios toca el mundo conocido con los cinco sentidos. Dejados solos en la barca, no pescamos nada para nuestro sustento. Pero «en la orilla» Jesús irrumpe en nuestras vidas grises, y nos llama con cariño, “Chicos/chicas, no han pescado nada, ¿verdad?” (traducción literal). Nos muestra que la vida logra éxito, cuando indica a echar la red «a la derecha de la barca». Bajo la instrucción de Jesús, nuestra «Galilea», las redes de la vida cotidiana, se llenan hasta que no podemos jalar la red por la cantidad de pescados.

Tan rápido se corre la película de la resurrección: El discípulo amigo, con ojos de amor, reconoce al Señor; de repente, Simón Pedro, desnudo, se vistió la túnica y se tiró el agua. ¿Desnudo en la noche y se revistió al amanecer? Vestirse, en la Biblia, significa encontrar la identidad, Dios vistió a Adán y Eva después del pecado donde nos avergonzamos desnudos. Según san Pablo, en el bautismo somos revestidos en Cristo. En el Apocalipsis nuestros vestidos son blanqueados en la sangre del Cordero. Ahora, después de su baño inverosímil, tan pronto que los compañeros se reunieron con Jesús en la orilla, vieron la fogata, y sobre «las brasas» un pescado y pan. ¿Las brasas? ¿Cuándo las habíamos visto antes? Hace pocas noches, en el atrio de la casa de Caifás, cuando Pedro, quien había seguido a Jesús, pero de lejos, en la noche fría, se acercó a la fogata, y cantó el gallo, en la madrugada del noche-día más oscuro para Pedro y los discípulos.

¿Quiénes son aquellos que volvieron a Galilea, a su rutina cotidiana después de la resurrección, ahora reunidos alrededor de las brazas con Jesús para desayunar? Son aquellos a quiénes cuestionaba Jesús, no una vez, sino tres veces, insistiendo: «¿Me amas más que estos? … ¿Me quieres? … ¿Me quieres?», y con esta pregunta pone su dedo en nuestra llaga, meta su mano en nuestro pecho para tocar el corazón herido del discípulo decepcionado consigo mismo.

¿Quiénes son los que pescaron en la noche del espíritu con Simón Pedro: Tomás, el pesimista, quien había dicho, con ácida ironía, «Vamos también nosotros a morir con él» (11,16), y quien resistió creer en Jesús resucitado a la vida, hasta palpar las heridas abiertas de la cruz; Natanael, quien había cuestionado desde el inicio: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?» (1,46); los hijos de Zebedeo, conocidos por desear castigar a los samaritanos con la misma destrucción de Sodoma y Gomorra. Y el mismo Simón Pedro, quien había dicho, en un momento de celo ardiente: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna?» (6,68); Simón Pedro, quien resistió el lavatorio de los pies, «No me lavarás los pies jamás» (13,8), a quien Jesús respondió, «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo»; Simón, torpe con sus respuestas, pidió un baño completo. Luego, junto a las brasas en el atrio de la casa de Caifás, negó su relación con Jesús ­–la «desnudez en que lo encontramos en la barca en la noche–; se había quitado su ropa durante la pesca, y ahora, en el nacimiento del nuevo día, Jesús lo reviste con dignidad y le ofrece el desayuno. Después de nuestra falla, Jesús restaura nuestra identidad, pero no nos permite olvidar la caída, la debilidad, algo que nos entristece, cuando Jesús pregunta tres veces: «¿Me amas? … ¿Me quieres?» y respondemos, con dolor del recuerdo y de la aprensión frente a otra posible traición: «Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero».

Es verdad, nos sentimos aprensivos frente a su pegunta «¿Me quieres, me amas?». Jesús resucitado sabe de qué somos hechos. Conoce las luces y las sombras del ser humano y lo titubeante de nuestro amor y compromiso. Y nos responde, porque también sabe que, a pesar de nuestra debilidad, siempre nos espera en la orilla entre la vida terrenal y vida divina que nos ofrece, y ahí, junto a las brasas donde cuece el pan y el pescado, nos restaura e instruye: «Apacienta mis corderos … Pastorea mis ovejas».

R.P. Konrad Schaefer OSB

Volver