Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXVIII Domingo ordinario - 2021

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XXVIII Domingo ordinario - 2021

11 de Octubre del 2021
por Benedictinos

Evangelio:

Mc 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”.

Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”.

 

Homilía:

 

Marcos 10,17-30’21, «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?»

Jesús está de camino a Jerusalén, su muerte y resurrección; alguien se apresuró a preguntarle a Jesús (10,17-30): «¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?», y Jesús no le pidió más que el cumplimiento de la ley. ¿Qué edad tiene el aspirante? En este evangelio su edad no está definida, es «alguien», quién responde a Jesús, «todo eso lo he guardado desde mi juventud». Cuando insiste en hacer más, Jesús lo «quedó mirando con amor y le respondió: Anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme», y, como Jesús está de camino, se entiende, Sígueme hacia Jerusalén, hacia la muerte y resurrección. Le pareció demasiado, porque tenía muchos apegos. Triste, se retiró, y Jesús comenta: «¡Qué difícil les será entrar en el Reino de Dios a los que confían en sus riquezas!». El solicitante pensaba lograr la vida con su esfuerzo, mérito o talento. Cuando Jesús lo invitó a mirar más allá de lo acostumbrado, hasta la riqueza que cotiza en ojos de Dios, el aspirante se desanimó –el texto dice «afligido por estas palabras, se retiró triste», porque no veía más allá del bagaje–. El evangelista recalca la amistad entre el solicitante y Jesús cuando comenta, «lo miró con cariño» (v. 21).

Recuerdo a mi abuelita después de la muerte de mi abuelito, su esposo de 60 años, cuando tenía que mudarse de la casa donde había vivido toda su vida matrimonial. Yo la visitaba antes de su traslado, y ella, con lágrimas en los ojos, miraba las baratijas memorables, acariciaba una lámpara, un bordado, una silla, un vaso, un mantel, la estatua de la Virgen, y comentó, apesadumbrada, «Tanto me duele, dejar los tesoros de toda mi vida; cada cosa conlleva una memoria; esta casa es la acumulación de todos mis cosas monas y valiosas que, cierto es, no tienen ningún valor para nadie más que yo. El nogal que sembré, las flores que cultivaba; nadie sabe más que yo, todo el cariño … Ahora para los jóvenes es tan fácil talar el nogal, arrancar las rosas que ellos no sembraban, pues no saben cuánto había costado, cuanto amor y atención se había invertido, cuánta belleza y solaz había regalado a la familia.

A la repuesta de Jesús, “Qué difícil es para los ricos salvarse», los discípulos reaccionan, «Entonces, ¿quién puede salvarse?», y Jesús les habla del camello que pasa por el ojo de una aguja antes de que un rico entre en el Reino; se asombraron: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Conocían el camello, común en las calles y plazas de Palestina. Habían tocado su cabello, usaban carpas y lonas fabricadas de este material. El niño Jesús en casa había contemplado a su Madre con una tela rota de pelo de camello que reparaba con el hilo de este animal. El cabello es grueso, el ojo de la aguja estrecho, y qué laborioso ensartar el hilo cuya punta se deshebra, se vuelve pelusienta. Hay que mojarla, besarla con saliva, arreglarla para que entre. ¿Así de difícil para quien confía en sus logros y apegos, sus riquezas pasajeras, como los bordes deshilachados de la existencia? Así es con nosotros y con lo grueso y la pelusa de nuestra persona; hay que pedir el beso del Espíritu Santo, para que entre en la puerta del Reino de Dios.

Ante el aviso de Jesús sobre la riqueza, Pedro responde que los discípulos han abandonado todo, y Jesús les asegura que recibirán todo devuelto, multiplicado ciento veces. Abandonaron sus familias y sus posesiones para caminar detrás de Jesús y replicar en su propia vida su muerte y resurrección. Para quienes habían dejado todo para seguir a Jesús, ¿a qué se refiere, la «casa, hermanos y hermanas, padre o madre, niños y campos»?

Para mí, el abandono de la «casa» significa abandonar el lugar donde me instalo para mi propio bien, el nido cómodo en mi vida. Jesús advierte que no nos corresponde crear aquí un predio definitivo. Sólo cuando abandone la casa construida por mi mismo, podré encontrarme en el hogar de Dios y entonces sentirme en casa en cualquier parte. Abandonar a « hermanos y hermanas», a las personas cercanos, es la condición para disfrutar de la comunidad de la que formo parte. Sólo quien abandona a «su padre y a su madre», quien se distancia de las voces interiores maternales y paternales, puede vivir la propia vida con Dios y su prójimo y reconocer los valores que le ofrecen su padre y su madre.

Al final de la lista de lo que hay que dejar atrás para el evangelio, Jesús nombra a los niños, símbolo de lo que crece. Para que crezca y madure, el discípulo busca abandonar el egoísmo que es propio de la niñez, dejar atrás lo que está truncado en el propio desarrollo, la parte de la persona que resiste crecer. Para nosotros monjes con el voto de la conversión de costumbres, la niñez es algo que el monje no quiere cambiar en su propia vida, y se vuelve el apego al pasado no nos permite ser libre.

En el evangelio, a primera vista, el aspirante a la vida eterna está contento consigo mismo, porque todos los mandamientos los había cumplido desde joven; pero luego, se mortifica y se aparta de Jesús, «porque tenía muchos bienes». Al oír de lo difícil que es la entrada al Reino para los que confían en sus riquezas, los discípulos se asombraron: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Al final de mi visita le pregunté a mi abuelita si quería quedarse en su casa de toda la vida. Ella pensaba un momento y respondió: «No, Rony, no necesito quedarme, porque … yo soy el nogal con su columpio, y yo soy los chicos que se caían del árbol una y otra vez, se rasguñaban y corrían llorando a mi lado para que bese su herida; yo soy el rosal, con su perfume, sus aguijones y su belleza grabada en la memoria; yo soy toda la historia del amor de esta casa, y es lo que puedo ofrecer a la vida que me espera. No, Rony, no me detengo más aquí; cambio los tesoros de esta casa por la riqueza en el corazón de Dios».

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

 

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