Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXII Domingo ordinario - 2021

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XXII Domingo ordinario - 2021

30 de Agosto del 2021
por Benedictinos

 

Evangelio:

 

Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?” (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos! Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Después, Jesús llamó a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

 

Marcos 7,1-21 ’21. tú estabas dentro de mí y yo afuera”

            Los fariseos critican a los discípulos de Jesús porque no se lavan las manos antes de comer. El fariseo se conforma con las apariencias en el cumplimiento de los usos y costumbres. Frente a su crítica, Jesús cita al profeta Isaías frente a los hipócritas, «Que honran a Dios con sus labios, pero su corazón se queda lejos de Dios». Descubre el desacuerdo entre las apariencias y lo que llevamos en el corazón, que a menudo experimentamos como un enredo de deseos e impulsos contrarios que nos hacen sentir mal y que, cuando seguimos estos ladrones impulsos, nos dejan con aun más hambre.

            Ayer,  la fiesta de san Agustín, una vez más me conmueve su confesión: «¿Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera yo te buscaba; y, yo deforme, me lanzaba sobre las cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo» (Conf. 10,27).

            Ah, el corazón, cuánto nos duelen sus contrariedades! Quisiera no volverme víctima de sus impulsos; quisiera hacer el bien que pretendo, y evitar el mal; quisiera ser coherente en intención y obra. Pero ¡qué difícil! Ahora, frente al fariseo, Jesús, médico del alma, diagnostica el malestar: la llama «hipócrita», palabra que se refiere a la máscara que asumen los actores en el teatro, las máscaras que disfrazan la identidad de la persona. ¡Cómo vivir en paz con este embrollo del propio corazón, donde lo que quiero está en pugna con lo que hago o no hago! «¿Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera yo te buscaba; y, deforme como era me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo».

            Una manera de blindarnos del «corazón» inconforme, es lo que Jesús denuncia de los fariseos –los «farsantes»– quienes ostentan su religiosidad a la vista. Nos satisfacemos con el intento de salvar las apariencias. Si la olla del corazón hierve y borbotea, se la tapa con gestos, reglas y justificaciones que disfrazan el embrollo interior; el cuidado de la fachada nos distrae del remolino de juicios y malos pensamientos y que, si fueran revelados, nos quemarían el rostro. En una ocasión Jesús comenta que cuidar el exterior es como pintar de blanco los sepulcros, mientras por dentro llevan muerte y corrupción (cf. Mt 23,27). De las máscaras farisaicas Jesús comenta: «me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».

            ¿Cómo sanar algo tan impredecible como el propio corazón, de donde «salen las malas intenciones… los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, las envidias, los chismes … la frivolidad» (v. 21). No hay otra receta que … mirar de frente la fragilidad del propio ser. Con nuevos ojos limpios hay que considerar la condición humana; veamos la propia vida con los ojos de Dios, que nos conoce íntimamente. Una sola mirada del amor de Jesús quien no se desalienta por la doblez, sino se la desdobla, así como él sana lo herido, levanta lo caído, desata lo enmarañado y con amable delicadeza ordena lo desordenado. Porque Jesús es el rostro, los ojos limpios y el corazón del amable Padre.

            La conversión y el rescate del corazón complejo comienza así de sencillo: dejarnos ver con la mirada de Jesús. ¡Qué admirable el encuentro entre el insondable corazón de nuestra libertad y el corazón todavía más insondable de Dios! Pero, nada más sencillo que la mirada amable de Dios en nuestra carne: Jesús mira con compasión al leproso marginado (Mc 1,42); con su mirada Jesús levanta al pecador paralizado en sus pecados (Mc 2,5), ilumina al ciego mendigando al borde del camino (Mc 10,48), perdona a Simón Pedro quien acaba de negarlo (Lc 22,61). Su amable mirada conoce bien nuestro corazón herido y lo restaura desde adentro. Su mirada tierna que cura y salva, confiada a la Iglesia para cada uno de nosotros. Y cada bautizado, a su turno, se hace ministro de la amable mirada de Dios. Una sola mirada de amor limpio es capaz de restaurar la vida íntegra. O bien, de lo contrario, con una sola mirada, como la del fariseo, somos capaces de extinguir la esperanza, la felicidad y el amor de Dios en el prójimo.

            Jesús aclara: no todos que nos acercamos a la mesa con manos lavadas tenemos puro el corazón o limpias las intenciones. Pero él se fija en cada persona con amable mirada, para restaurarnos –él nos lava con su sangre–; su amable mirada alcanza lo bueno que somos en el interior, a pesar de las máscaras. Jesús nos ve por lo que somos y por lo que logramos en su gracia, y no se intimida por lo sucio de las manos. Sobre todo, Jesús considera si se ensucian en el servicio de quien le hace falta nuestra mirada salvadora.

«¿Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera … [Pero tú] me llamaste … y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de ti» (Agustín, Confesiones).

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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