Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XIX Domingo ordinario - 2021

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XIX Domingo ordinario - 2021

08 de Agosto del 2021
por Benedictinos

Evangelio

En aquel tiempo, los judíos murmuraban contra Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y decían: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”

Jesús les respondió: “No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida’’.

Palabra del Señor.

 

Homilía:

 

Juan 06,41-51’21

            Una mano serpentea entre el gentío hasta la canasta, dedos buscando un bocadillo, la mano desgastada de años del trabajo pesado –lavar trastos, moler el grano, lavar la ropa, descascarar maíz–. Los dedos agarran un pan y la mano se retira. Otra se extiende, mano velluda, bronceada, buscando pan, la mano curtida del pescador; los dedos gordos como pepinos arrebatan un trozo. Otra mano, regordeta, dedos ataviados de anillos, mano blanda como mantequilla, se mete en la canasta y saca su rebanada. Otra, manchada de la lepra, con solo tres dedos, busca a tientas en la panera y coge su “lonche”. Manos muchas, multiplicándose por cuántas más, reemplazan las ya retiradas –estiran, aprietan, agarran; manos tímidas, ansiosas, sorprendidas, alegres, ágiles; manos de hombre y de mujer, de albañil y de judicial, de sacerdote y de ama de casa, de profesor y de prostituta, de ancianito y de niño, de santos y de pecadores–. Manos de todo tipo se extienden, se deslizan –pulcras y deformadas, peludas y lampiñas, morenitas y blancas– todas hacia de la panera que se ofrecía el discípulo, una canasta rebosante de cinco panes para llenar las ganas de la humanidad.

            En aquella ocasión de la alimentación de los cinco mil, Jesús pronunció, “Yo soy” –¡YO SOY, que nos remite a Dios en la zarza ardiente en el desierto¡ … Jesús, el Hijo de su Padre, dijo tres veces– “Yo Soy el pan de la vida que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre”, y afirma, “La voluntad de mi Padre es que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna” (6,40). Su “todos”, no excluye a nadie; nosotros sí hacemos distinciones. Él invita a todos, por el contrario, somos nosotros solemos excluir al otro del milagro del pan de la vida. Es curioso que, mientras nuestra mano cierra sus dedos en torno al don de Dios, surge el riesgo de que la mente se encierre a entorno al don, y excluya al prójimo de su gracia. Pero cuando Jesús alimenta al pueblo, no es así. Se nos ofrece a todos el pan del cielo que alimenta para la vida eterna. Por nuestra parte, nos fijamos en el pan que tiene caducidad. Jesús no distingue entre los merecedores de su pan; se nos ofrece a todos el pan de la vida. Desde entonces, nos toca hacernos pan de vida para los demás. Si Jesús ofrece pan y vida a todos, ¿quiénes somos nosotros para limitar un don expansivo? Acaso no dijo, “Hagan esto en memoria mía”?

            Jesús es el pan vivo que baja del cielo. Así como los padres se vuelven pan para sus hijos en forma de su empeño, su sacrificio, el ejemplo y la fatiga, cuanto más Jesús nos alimenta con su cuerpo, molido como trigo en la cruz, horneado, resucitado, sacado del horno de la muerte. Y la enseñanza de Jesús es clara: el asunto no es sólo recibir pan, sino hacernos pan que alimenta y consuela al prójimo. Por la caridad consciente el don de Dios se multiplica y, como en la multiplicación en la panera, la caridad que rebosa del corazón alcanza para la multitud, e incluso sobra.

            Vaciaríamos la eucaristía de significado si la redujéramos a nuestro estado emocional, de cómo nos sentimos o cuánto gordo me cae el prójimo que se extiende la mano para recibir el pan. Nuestra comunión es vida compartida, injerto vital en Jesús de Nazaret: con su persona y su enseñanza, su camino, su esperanza y el triunfo que es suya. El mismo Jesús es viático que nos sostiene para la vida eterna; nos da fuerzas para seguir y reproducir el milagro que él nos dio. Y en su última cena, nos instruye: “Hagan esto en conmemoración mía”, y con este mandato, como él, nos volvemos el pan, el uno para el otro. El milagro del pan multiplicado sucede cada vez que ofrecemos el perdón, cada vez que nos desprendemos del egoísmo y reconocemos la presencia de Cristo en el prójimo. Nos volvemos pan de vida, como Jesús, en cada obra de caridad.

            El pan vivificante crea en nosotros una vida nueva, como el viático que alimentó al profeta Elías en su recorrido hasta el monte de su encuentro con Dios (1 R 19,4-8). Ahora somos nosotros llamados a alimentarnos unos a otros; lo realizamos por medio de un cambio de perspectiva, la acción y palabra, y la misericordia con que tratamos al prójimo. Así como nadie es excluido del milagro de los panes, tampoco nadie es excluido de nuestra caridad y perdón.

            Respecto de la vida nueva en Cristo Jesús, el pan de vida, el sacramento de nuestra comunión, san Pablo nos anima a desechar todo lo que la pueda estropear, cuando escribe a los efesios: “No le causen tristeza al Espíritu Santo … Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, los chismes y toda clase de maldad”. Imitemos la misma vida de Jesús: “Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y víctima de fragancia agradable a Dios”.

Parábola. Recuerdo el día cuando Dios, omnipotente y eterno, se transformó en una tortilla hecha a mano. Era el mediodía, el sol abrasaba la tierra y recortaba la paciencia de los monjes; se sentía la tensión en el aire, el roce entre dos hermanos, la ansiedad del covid, las preocupaciones y los antojos tocando la puerta, piques y envidias palpables en el aire. El cocinero puso la harina en una bandeja, añadió agua, amasó la harina hasta que la masa se puso suavecita; agarró de la masa blandita e hizo bolitas, dándolas palmaditas, hasta que salía una tortilla tras otra, que las acostaba en el comal, las volteaba una y otra vez para que se cuezan bien los dos lados. Antes de levantárselas del comal, algunas se inflaban como globos alegres. En nuestros corazones sucedió el humilde milagro de lo ordinario, cuando se levantaron las primeras tortillas del comal y, por el rico olor adelante, la tortilla calientita en la mano, todo el ambiente se iba transformando, con sal, poquita salsita o frijol frito en la mordida de tortilla calientita. Recuerdo bien aquel día cuando Dios, omnipotente y eterno, se volvió una tortilla hecha a mano, y con su sencillez convirtió todo el complejo humano en limpia alegría. Y, ¿qué dijo Jesús? “Hagan esto en memora mía”.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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