Monasterio Benedictinos Cuernavaca

IV Domingo de Cuaresma - Año B - 2021

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IV Domingo de Cuaresma -  Año B - 2021

16 de Marzo del 2021
por Benedictinos

 

Evangelio

Jn 3, 14-21

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’’.

 

Palabra del Señor.

 

Homilía:

 

Juan 3,14-21’21 (2 Cro 36,14-16.19-23; Ef 2,4-10)

Hace dos semanas el santo padre, Papa Francisco, visitó Babilonia, hoy Iraq, y me impresionó el desierto, de lo que una vez fue una de las siete maravillas del mundo antiguo, los jardines flotantes, colgantes de la ciudad de Babilonia, ahora reducido a un desierto. Me impresionó la visita, lloré más que una lágrima por la pérdida de la ciudad bíblica que tiene mucho realce en el corazón humano, atraído, dividido entre lo atractivo de Babilonia y la ciudad donde tenemos ciudadanía, Jerusalén eterna.

Hay temporadas en la vida cuando parece que la oscuridad sea más fuerte que la luz; la percibimos en la sociedad, en la corrupción que brota en violencia, pero también en la propia incongruencia y pecado. Aunque es doloroso, un revés en la vida puede volverse una gracia y una consolación. Vemos el derrumbe de lo que habíamos ilusionado e intentado construir de nuestra vida, que no resultó como queríamos.

Queridos Hijos, amad@s hn@s, revivimos la historia del pueblo de Israel. Por el descuido y el pecado, nos encontramos en Babilonia, en la ansiedad, la fatiga, lejos de la “normalidad” que esperamos, exiliados de la familia, la vida social y económica en que antes confiamos. Babilonia para Israel conllevaba la amenaza de la muerte del pueblo de Dios, pero los mismos profetas de la tragedia anunciaron el nacimiento de la luz y la vida nueva. La contingencia en el mundo vuelto extraño es el lugar donde del fracaso surge la gracia, del contagio surge la purificación de la conciencia, como se nos relata en el segundo libro de Crónicas. De repente, de en medio del desastre y la contingencia, exiliado Israel reconoció signos de atención especial del amor de Dios que no lo abandonó a la locura del pecado y la autodestrucción; aunque el amor pasional del Señor por su pueblo le llegó en forma de castigo por su descuido y su idolatría, los profetas reconocieron en los cambios y en la contingencia signos de infinita ternura.

Para cada uno de nosotros, como para Israel, el anhelo sincero de ser una persona mejor va de la mano con el asombro del amoroso cuidado de Dios. Dios no se aleja, aun en la contingencia. Permanece con nosotros y no permite que nos alejemos de él para siempre. ¿Qué escribe san Pablo a los efesios? “La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por puro amor suyo hemos sido salvados”. No nos deja a la deriva de las ilusiones del corazón estropeado. Debido a su infinito amor, el Hijo de Dios tomó carne de nuestra carne para salvarnos.

Conocemos esta doble experiencia: la propia incapacidad para salvarnos a nosotros mismos y el amor de Dios que nos rescata. Y esta benevolencia, este soplo de bondad que atraviesa las primeras lecturas de la misa, nos lleva a contemplar de otro modo la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto, figura de la cruz de Cristo. Jesús comentó a Nicodemo: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”. Contemplando la serpiente levantada sobre una estaca, vemos nuestra herida causada por el veneno del pecado. Ahora, levantado sobre la cruz, vemos la herida sanada, por Dios herido, muerto y resucitado en carne nuestra.

El asunto ya no es el mal que hemos cometido, el pecado que marca la vida, sino el amor de Dios que cura y nos salva. El evangelio de san Juan recalca la oscuridad que nos habita; se refiere al mal que nos conduce hacia la muerte, pero no es para desanimarnos, sino para ponernos sobre aviso, para recordarnos de cuánto deseamos salir del atasco, liberarnos y ser salvados de la cadena del triste pecado. Somos hechos para la luz, la felicidad, la belleza y la verdad. Finalmente, en la historia personal de muerte tras muerte, falla tras falla, Dios envió a su Hijo, la plenitud de la vida, que es la luz. Por Cristo, con él y en él, nuestro Padre Dios prendió la luz en nuestra casa oscura, y –¡buenas noticias!– la oscuridad no pudo apagar la divina Luz que alumbra nuestra carne: “La luz [que] brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la pudo vencer” (Jn 1,5).

Queridos Hijos y Hermanos, No hay nada morboso o angustioso en la conciencia de ser pecador y sentir la mano pesada de Dios en nuestra historia, como nuestros ancestros en la contingencia de Babilonia. Contemplemos nuestra herida, la serpiente levantado por Moisés en el desierto, y vemos más allá, a nuestro amable Dios que, asumiendo nuestra herida, el pecado, se sacrificó y, pasando por la puerta de la muerte, nos levanta con él a la vida plena con Dios. Cuando nos hayamos dado cuenta, por gracia, de que sin él no podemos hacer nada, por fin, y sin miedo, decidimos entregarle nuestra vida –en las palabras de san Pablo–, “para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos” (Ef 2,10).

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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