Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 2º del Tiempo Ordinario - Ciclo B - 2021

Volver

Domingo 2º del Tiempo Ordinario - Ciclo B - 2021

17 de Enero del 2021
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,35-42):

 

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?»

Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).»

Y lo llevó a Jesús.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

 

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

Juan 1,35-42’21

El niño Samuel, durmiendo en el templo, aún no conocía a Dios a quién él era consagrado desde su nacimiento. Tres veces la voz del Señor le llama, y él responde, “Aquí estoy”, sin saber a quién dirigirse; la tercera vez Elí, su tutor, le instruye cómo responder, “Habla, Señor, tu siervo te escucha”, respuesta que lo llevó a una vida plena.

A los discípulos de Juan Bautista quienes acudían a Jesús, él les pregunta: “¿Qué buscan?” ¿A qué hora sucedió este encuentro? Era “las cuatro de la tarde. Respecto a la hora, el texto griego es preciso y sugestivo. El reloj a la cual se refiere empieza a las 6 a.m., y el evangelista informa –literal– “era la décima hora” (v. 39). (El reloj monástico marca el día por divisiones de tres: laudes, hora tercia, hora sexta, hora nona, vísperas.) En la Biblia, los números nos remiten a la teología. El diez es el número de la plenitud humana, el cumplimiento; es la calificación perfect al que queremos llegar. La hora décima, con su número “diez”, señala la compostura, la reparación de una vida fragmentada; es la hora de actualizarse como ser humano. Al final del evangelio, ¿qué pasaba alrededor de las cuatro por la tarde, la décima hora? Llegamos a Gólgota, a la crucifixión del Cordero de Dios que repara el pecado del mundo con su sacrificio, el baño de su sangre y del agua viva que brota como de una fuente de su costado traspasado.

La pregunta de Jesús es básica, “¿Qué buscan? “¿Qué quieren?”. Es como Jesús pregunta a su discípulo y a nosotros: “¿Qué buscas, de verdad? ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Cuál es tu anhelo más profundo?” Jesús invita a cada individuo a aclarar su deseo. Cuando los discípulos del Bautista alcanzaron a Jesús, el señalado Cordero de Dios, él se volvió y, a ver que los seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?”, pregunta que se oye otras veces: en Getsemaní, la noche antes de su muerte, Jesús le pregunta a Judas y a la patrulla de guardias, «¿A quién buscan?» (Jn 19,4), y recibe un saludo de beso – ¡sí, tristemente, somos capaces de traicionar lo que más queremos en la vida! –. Tres días después, el Resucitado junto al sepulcro, vestido de jardinero, le pregunta a Magdalena: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”, pregunta dirigida a nosotros: «¿Qué buscas, a quién buscas?». En la santa Regla, el monje se define como quien se dedica a buscar a Dios (RB 58.7).

A esta pregunta los discípulos contestan: “¿Dónde vives, Rabí?”. ¿Dónde vive? ¿Dónde se encuentra en casa? Recorramos el evangelio. Jesús, el Cordero de Dios, vive en casa de las bodas en Caná, donde la inminente tristeza se convirtió en alegría; luego, Jesús entra la casa de Dios, el templo, donde dijo: “No conviertan la casa de mi Padre en un mercado” (2,16). De noche, el Cordero se entrevista con Nicodemo, cuya duda sobre el sentido de la vida se resolvió en un nuevo nacer; a mediodía el Cordero charla con una samaritana junto al pozo, y ofrece agua viva que brota del pozo interior; el Cordero entra en el corazón de un hombre paralizado en su pecado y le dice, “No vuelvas a pecar”; el Cordero enciende la luz en los ojos ciegos; en su casa en Betania el Cordero restaura la vida familiar de Marta y María con la resurrección de su hermano Lázaro. En su casa desértica el Cordero pone la mesa y prepara el pan para cinco mil comensales. En su última cena el Cordero de Dios, ceñido de una toalla, se agacha para lavarnos los pies. ¿Dónde vive Jesús? El próximo viernes lo encontramos en casa en la cruz.

Queridos hijos, nuestra vocación consiste en alojarnos con Jesús, estar con él en su casa. Jesús nos invita: “Vengan a ver”. En su prólogo san Juan nos informó: “Y la Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros” (1,14). En Jesús, Dios ha levantado su tienda, construido su casa, entre nosotros.

Los discípulos preguntaron a Jesús, el Cordero de Dios, ¿dónde vives?, y nosotros preguntamos, ¿dónde está Jesús en tiempos de la pandemia –el contagio, los funerarios, las casas donde se ansían por la contingencia–? La respuesta: Jesús está con los contagiados, está confinado en sus casas, el Cordero de Dios está entubado en terapia intensiva; Jesús está en las urnas, vuelto cenizas y su resurrección a la vida eterna. Jesús, el Cordero de Dios, está con cada persona que sufre. ¿Para qué? Para liberar a cada persona, para pagar la cuenta de nuestros pecados, para acompañarnos a la salida del sepulcro hacia la vida plena, resucitada. ¿Dónde vive el Cordero de Dios? En todo lugar de fiesta, de duda, de hambre y sed y comunión, de ansiedad y alivio, de pecado y ceguera, de contagio y convalecencia. Jesús está en casa donde hay dolor, muerte y resurrección. A la pregunta de los discípulos, “¿Dónde vives, Rabí?”, Jesús contestó, “Vengan y verán”, y nos invita a abrir los ojos para ver más allá de la superficie de las cosas.

Queridas Hijas e Hijos, a la pregunta, “Rabí, ¿dónde vives?”, san Pablo responde en la segunda lectura: “¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y habita en ustedes?” Afirma que el Espíritu de Jesús vive en nuestro cuerpo, que es nuestra comunidad; ahí está en casa; somos nosotros el templo que recuerda la primera lectura, donde el niño Samuel dormía, donde encontró a Dios de su vida.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver