Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Epifanía del Señor - 2021

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Epifanía del Señor - 2021

05 de Enero del 2021
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,1-12):

 

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:

«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».

Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:

“Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las poblaciones de Judá,

pues de ti saldrá un jefe

que pastoreará a mi pueblo Israel”».

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:

«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.

Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 02,1-12’21

¡Una estrella! ¿Hay algo más tenue, menos convincente, más elusivo que el testimonio de una estrella? Unos magos que llegaron a Jerusalén habían visto surgir una estrella nueva y salieron de su país natal en búsqueda de su significado. Este evangelio evocativo, con pocos detalles y sin pruebas maravillosos, ilustra la pedagogía de Dios, que tiene mucho que ver con nosotros, los monjes, que profesamos buscar a Dios en la sencillez de la vida alejada de las carreteras transitadas del siglo, nosotros que también pretendemos seguir algo tan tenue, tan inseguro como una estrella fugaz. Motivados por la estrella de una inquietud o la inclinación en el corazón, intentamos mover toda la carga la propia historia, de la carne, de las razones y sentimientos que tantas veces nos estorban, para vislumbrar la estrella que nos movió en algún momento de la vida.

Cuando Dios se dirige a nosotros, siempre se muestra respetuoso de nuestra libertad. Los signos que envía nos inquietan, tienen un carácter de claridad, pero también son discretos; nos llegan en el silencio y en momentos de quietud. Dios no se impone, no nos convence con argumentos y evidencia brutal, como solemos justificar a nosotros. Siempre hay lugar para la duda, la incertidumbre y lo tentativo de la fe desde el misterio de la Anunciación hasta la Resurrección. Si Dios se presenta así, nos conformamos con sus condiciones. Pero –una confesión franca– recorremos el camino, siguiendo algo tan convincente como una estrella, con inseguridad, duda, y siempre con el recuerdo de que hay algo de mi pasado que me jala hacia atrás, que hay algo indefinido en mi futuro que me atrae y me distrae más que una estrella en la noche oscura.

En este sentido, el relato de los magos enseña sobre nuestro caminar en la fe. ¿Cómo es posible que estas extrañas personas salieran de su país, de su rutina y comodidad, abandonaran todo, pusieron su confianza en algo tan confiable como una estrella; se marcharon de su casa y corrieron indecibles riesgos, a la vista de un diminuto agujero de luz en el cielo? Esta pregunta ya presupone otra, igualmente punzante. ¿Cómo pudieron estas personas ver y distinguir un solo astro, entre los miles que parpadean en el cielo, mientras tantas otras personas no lo distinguían? ¿Cómo pudieron ver lo que a tantas otras se les había pasado por alto? ¿Por qué a unos y no a otros? O bien, ¿cómo es qué, hermano/hermana, viste tú la estrella, y la ves todavía, y tus padres, tus hermanos o tus compañeros no lo ven, con el resultado que ellos no se dejan convencer?Una propiedad de los signos de Dios: son visibles en la noche y audibles en el silencio. La estrella se revela cuando el ruido de las palabras se calma, cuando las falsas certezas se desvanecen, cuando el brillo artificial del día descansa –es cuando Dios alcanza el corazón. Los profetas lo señalaban: Dios se comunica en la soledad del desierto, en el crepitar de la zarza ardiente, en el tenue soplo de una suave brisa. Para escucharlo, conviene adentrarnos en la noche, abrir los oídos del corazón al silencio.El evangelio de unos magos tras una estrella es un tomo magistral de la vida espiritual y la búsqueda monástica. San Mateo enseña, a través de esta historia, que Dios no se deja encontrar o conquistar sin largos rodeos. ¿Qué les sucedió a los magos? Después de un prolongado viaje, por fin, cuando creyeron estar cerca, de repente se les perdió de vista la estrella guía. Tenían que seguir de noche, sin darse cuenta de lo cercano que habían llegado. Lejos de convertirlas en personas seguras de sí mismas, la búsqueda de los magos y de los monjes nos convierte en personas que, aun cercanos, todavía no habíamos llegado; nos volvemos pequeños y pobres ante el misterio de Dios cercano pero todavía fuera de nuestro alcance. Se nos apaga la estrella y, por ratos, tenemos que consultar a los profetas y los libros.¡Y todavía es de noche, cuando todo está en silencio, cuando descubrimos al niño con María, su madre! Es porque nos dejamos guiar por la estrella quien, al final de la búsqueda nos presenta el Niño Dios en la vida. Así ocurre con los signos de Dios, tan convincentes como una estrella: ¡sólo hablan a quienes poco a poco nos dejamos transformar a lo largo del camino! 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

 

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