Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXIV Domingo Ordinario - 2022

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XXIV Domingo Ordinario - 2022

12 de Septiembre del 2022
por Benedictinos

XXIV Domingo Ordinario

 

Evangelio:

Lc 15, 1-10

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: "Éste recibe a los pecadores y come con ellos".

Jesús les dijo entonces esta parábola: "¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: 'Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido'. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse.

¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: 'Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido'. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente".

Palabra del Señor

 

 

Homilía:

 

Lucas 15,1-32’22 (se alegran)

            «…se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepienta» –es el elogio que puntualiza la parábola de una oveja extraviada y luego reintegrada al rebaño. Es el elogio de una mujer quien, después de iluminar la casa y buscar por todas partes, celebra el hallazgo de lo perdido. Luego, por un tiempo un hijo se aleja de la casa familiar. Lo conocemos por querer vivir según su antojo; pone a luz sus deseos, tanto cuando sale de la casa como cuando se arrepienta y vuelve. También conocemos al padre de esta familia, su amor paciente, y cómo recibe a su hijo con abrazos alegres y lo restaura en la familia. A quien no conocemos es a su hermano quien, resentido, como sombra en la familia, no entra en la fiesta de bienvenida. Él se queja de su hermano y reprocha a su padre. Al final, el mayor, quien nunca se alejó, no entra en la fiesta.  Si hay alegría en el hogar, no alcanza al hermano, porque en aquella casa, según los informes de un criado, encontrará no sólo a un hermano vuelto a casa, sino sobre todo a un padre misericordioso. El hermano mayor se queda en la oscuridad; no aguanta al padre que se alegra por la vuelta de su hijo. Se aferra a su primer instinto: ¿Cómo vivir en una casa donde el corazón rige más que la disciplina, donde la misericordia supera la justicia? ¡Cómo tolerar un régimen donde el pecador es perdonado sin reproche!

            El mayor no se da cuenta de su sombra arrojada en la familia; no comprende que también él tendría que cambiarse de actitud y volver. No tolera el perdón de su hermano, porque ahora le toca a sí mismo perdonar su propia observancia sin falla, su obediencia enfadada, la pretensión de ser el «chico bueno». La parábola enseña: el no aceptar a mi hermano equivale al rechazar al Padre Nuestro. El hermano mayor se queda en el campo donde Caín mató a su hermano Abel, donde Esaú intentó en contra de la vida de su hermano Jacob, donde los hijos de Jacob, en campo abierto, vendieron a su hermano José a la esclavitud.

            El hijo mayor no tolera la transparencia de su hermano y la luz que irradia del corazón del padre de la gracia. Aquel hijo cumplido no se da cuenta de su corazón de piedra. Entonces, ¿cómo perdonar la alegría de la familia, ¿cómo perdonar el perdón de su hermano? La ironía es evidente: quedándose en casa, el hijo técnicamente perfecto, se alejó de su familia y se volvió esclavo. El padre le anima: «Hijo, tú siempre estás conmigo; todo lo mío es tuyo». ¿Es esto lo que le da miedo, hacer suyo el corazón del padre, su amor y gracia sin límites? Si se tratase de medir justicia y enjuiciar, el hijo mayor es experto. Pero aquí no es cuestión de juzgar, sino de «prodigar», de amar y festejar. En fin, el hijo renuncia ser hijo y se queda plantado al umbral de la casa, y la fiesta no le alcanza La historia de los dos hijos con su padre concluye con un hijo alimentándose de enojo y murmuraciones, mientras su hermano, una vez hambriento del alimento de los cerdos, ahora disfrute la carnizada y las tequilitas.

            Queridas hermanas y hermanos, la sombra y la tristeza del hijo mayor nos impacta. No tolera la misericordia y la alegría que había logrado su familia. Una enseñanza es la conversión de un hermano y la alegría que resulta de este logro, gracias a la misericordia del padre.  El hijo mayor no perdonó el amor y la paciencia al padre pródigo en misericordia, y sin su perdón, la familia permanece incompleta.

            ¿Qué nos enseña Jesús? Él ilumina el rostro misericordioso de su Padre del cielo, ensombrecido por el juicio humano. ¿Cómo es Dios? Es el creador de la luz y el arquitecto de la alegría y el bienestar, mientras el mismo ser humano limita la libertad y apaga la luz y desentona la alegría. El hijo mayor cerró los ojos a la luz y no reconoció el rostro humano de Dios. Y si alguna vez el hijo o la hija se aleje de su casa, no duden en volver; siempre serán recibidos en el abrazo y con el beso del amable Padre, autor de nuestra felicidad. ¿Acaso esperamos menos de nosotros, pecadores perdonados, hijos e hijas del mismo padre de la luz?

Queridos Hijos e Hijas, en algunos sectores de la sociedad la alegría y el entusiasmo se han pasado de moda. Hay personas que se sienten ofendidas cuando ven a alguien alegre. Hay personas que se sienten intimidadas cuando ven a alguien entusiasta, y al final esa luz interior que todos tenemos y que se expresa como alegría se arriesga apagarse sencillamente por ser rechazado por otras personas. El hijo mayor juzgó que no había justa razón para celebrar, pero Jesús, con las parábolas, nos muestra que no hay que desacreditar la alegría por la vuelta a casa de las personas perdidas. No es el hijo menor, el pródigo vuelto a casa, el que se ausenta de la fiesta. Son los hermanos mayores, quienes tenemos que examinarnos, con cuáles ojos miramos y juzgamos. Se alegran los ángeles del cielo por un pecador quien se arrepienta. Un hijo mayor no tiene miedo a la oscuridad, pero, sí, tiene miedo a la luz y alegría de su familia reunida. Lucas enseña a su comunidad y a nosotros: si la alegría y la gracia están censurados en la Iglesia, en la sociedad, requiere de nuestra parte la enorme valentía optar a favor de la vida y festejar con los ángeles del cielo y con los ángeles aquí en la tierra.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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