Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XX Domingo Ordinario - 2022

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XX Domingo Ordinario - 2022

17 de Agosto del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Lc 12, 49-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega!

¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra''.

Palabra del Señor

 

Homilía:

Lucas 12,49-53’22

Jesús, el Príncipe de la paz, anuncia la división que su presencia suscita en la vida: «¿Les parece que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, sino más bien división» (12,51). En su nacimiento los ángeles elogian: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz …!» (Lc 2,14). Es el mismo Jesús que, la noche antes de morir, anunció a sus discípulos: «Les dejo la paz, mi paz les doy» (Jn 14,27). Lejos de la división, aquella noche de su última cena Jesús pidió la unidad: «que todos sean uno lo mismo que somos tú y yo, Padre. Que ellos vivan unidos a nosotros…  que puedan ser uno, como lo somos nosotros … la unión perfecta…» (Jn 17,21-23). Luego de su muerte, ¡cuántas veces el resucitado saludó a sus discípulos: «La paz con ustedes!». Y nosotros en familia, en comunidad, en la Iglesia y la sociedad, ¿no anhelamos la paz y la unidad? La violencia en Cd. Juárez, en Guanajuato, en Michoacán, en Matagalpa, la semana pasada, nos tienen pasmados por la división que se vuelve el pan cotidiano en algunas regiones. ¿En qué sentido el Príncipe de la paz aseveró que vino a traer la división y no la paz?

            Para entender, escuchemos a Jesús: «He venido a arrojar fuego a la tierra; y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!». Enciende el fuego del Pentecostés, el don del Espíritu que nos fortalece en la vida interior. La factura de pagar para el fuego de su Espíritu fue su muerte y resurrección, cosa que alude en el evangelio: «Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustia mientras llega!».

La imagen del fuego, nos trae muchos recuerdos. Se siente quemado por una traición, o nos quema una molestia. Algunas personas que se esfuerzan demasiado y no cuidan la moderación se arriesgan «quemarse». En el éxodo Dios se presenta como una columna de fuego. En el monte Horeb la zarza ardiente no consumida por el fuego movió a Moisés a convertirse en pastor de un pueblo. El desanimado profeta Jeremías pensaba renunciar su misión y callar la palabra de Dios que prendió como fuego en su interior. El profeta Elías fue arrebatado por caballos de fuego y un carro encendido. San Pablo refiere al sexo como una pasión que arde y arriesga quemar al sujeto (1 Cor 7,9). Isaías proyectó el exilio del pueblo de Dios en Babilonia, como el crisol (Isa 48,10), lugar donde se purifica el oro de toda su imperfección. Pasando por el fuego, las llamas se vuelven el símbolo del amor triunfante. Salomón canta en el Cantar: «El amor es una llama del Señor, las grandes aguas no pueden extinguirlo» (Ct 8,6-7). Con todo, hay un fuego que queremos evitar: el castigo sin remedio, el fuego de la eternidad sin contacto con Dios. Lo llamamos el infierno. Dante Alighieri pinta el corazón del fuego inextinguible en el mero centro del infierno como el lugar más frío en el universo, donde el ardor del amor de Dios no alcanza.

            Cuando Jesús dice «He venido a arrojar fuego en la tierra y, luego, «he venido a traer…  la división», sabe que, frente a su palabra de amor, la gente se divide. Su presencia pacífica en el mundo penetra y divide como una espada. Nos mueve a favorecer la paz, decisión que nos separa de toda inclinación hacia la violencia, la corrupción o el egoísmo. Pero a la vez nos divide, porque, aun siendo hombre y mujeres promotores de paz, nos encontramos en una «michelada» de violencia y conflicto, siempre con el reto de vivir y poner en práctica la fe.

            Nuestra realidad sugiere otra manera en que Jesús causa división, y eso dentro de cada persona: con su llegada al mundo, la conciencia se divide en dos, una parte es la amistad con Dios, el anhelo por las cosas de Dios y la propia integridad; la otra parte es la que resiste al plan de Dios, es el apego a cosas superfluas, la inclinación a amar a uno mismo sobre todas las cosas y colocar a Dios en segundo lugar, y la división se sufre en la vida espiritual. ¿Quién no siente la tensión o una guerra entre la entrega a Dios y la propia indiferencia o flojera respecto a su plan de la salud y la santidad? La misma conciencia se vuelve dividida. En el plan espiritual, nos volvemos primos hermanos de san Pablo, quien confesó: «no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco» (Rm 7,19).

Queridas Hijas, amados Hijos, El fuego que Jesús enciende en el mundo y en la conciencia es el fuego del amor divino. Arde a partir de su muerte en la cruz, su tremendo bautismo, de donde surge la resurrección a la vida nueva. Pero no todos se dejan purificar por el fuego, de modo que la visita de Cristo, que nos conduce a la unidad, a la vez nos divide a causa de cierta resistencia. Con su llegada en carne humana, la humanidad y el propio corazón recibe dos ciudadanías, lo que san Agustín nombra, por una parte, la «ciudad de Dios», gobernada por el amor de Dios y la búsqueda de su santidad, y, por otra, la «ciudad del mundo limitado, terrenal», dominada por el interés propio. Según el evangelio Jesús, el Príncipe de la paz, nace en el mundo, nos pone sobre aviso sobre la división que causa su llegada en el alma, y enciende en nosotros un fuego que no se apaga hasta que consuma nuestras vidas en sacrificio agradable a Dios.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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