Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XVIII Domingo Ordinario - 2022

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XVIII Domingo Ordinario - 2022

02 de Agosto del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Lc 12, 13-21

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Lucas 12,13-21’22 (Ecl 1,2; 2,21-23; Col 3,1-5.9-11)

La parábola del hombre en busca de la felicidad nos cuestiona acerca del sentido de la vida, del objetivo de nuestro deseo en la vida. Según la parábola, después de todo su empeño para lograr la «buena vida», la jubilación, para descansar, comer y beber y sentirse satisfecho, le llega la noticia a la persona realizada: «¡Qué insensato! Esta misma noche vas a morir». Su necedad es bien conocida. Queridos hermanos/as, a lo largo de la vida, ¿no nos atraen, no nos apasionan tantas cosas y comodidades que se nos ofrecen? ¿No conseguimos cosas nuevas, avances en el camino, que luego dejamos por adquirir otras cosas más nuevas y el último modelo? Hay algo dentro del corazón que siempre quiere algo más o algo diferente. El hombre de la parábola amasaba para sí mismo muchas cosas, construía bodegas donde guardar todo lo que tenía. Pero, ¡ojo! Para examinar el deseo, no se trata de que alguien esté rico en lo material; basta ser humano. Porque la insensatez del hombre de la parábola no era más que dejarse llevar por el constante y creciente deseo de poseer, mejorar, superarse y llenar ese vacío que nos sentimos en el alma, tener la vida cada vez más en las propias manos. Esta sensación es una marca de la existencia humana; siempre nos falta algo, siempre queremos algo más.

Frente a este deseo que desgasta el corazón, nos inquieta, y no podemos descansar de él, ¿cómo desatar el nudo de esta inquietud endémica en el corazón? Por un lado, una opción para alcanzar la felicidad es eliminar o frenar el deseo. Otra opción es dejarse llevar por el deseo a cualquier precio, acumular cosas, siempre más nuevas, tragar y beber la vida al máximo y sin restricciones. Son distintas respuestas al manejo del deseo para logar una vida feliz, dos caminos ilusorios frente al simple motor de desear, de querer, que es un motor innato en el ser humano. El niño, la niña, nacemos con hambre, y uno de los primeros actos es comer, y querer más, y así aprendemos rápido a querer vivir, querer sostener la vida, pues, si la niña o el niño rechazan la lecha ofrecida, se muere.

Entre dos posturas, refrenar el deseo, o bien, consentir y dejarse llevar por el antojo, Jesús ofrece una alternativa, que consiste en reconocer el deseo y orientarlo hacia su objeto. Lo que transforma la vida, lo que nos vuelve más humanos e íntegros no es el impulso del deseo, sino hacia dónde él nos conduce. Tenemos un amigo que lo expresa bien. El sabio Qohelet (1ª lectura) es una voz en nuestra interior: «Todas las cosas … son vana ilusión. Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no trabajó. ¡Qué vana ilusión!» Una voz pariente de Qohélet escuchamos en el salmista, quien canta (Sal 89): «Nuestra vida es tan breve como un sueño, semejante a la hierba, que despunta y florece en la mañana y por la tarde se marchita y se seca».

San Pablo reflexiona sobre el desarrollo en la vida: Él habla del «yo»: el «viejo yo» y el «nuevo yo» (Col 3,9-10, 2ª lectura): el paso del «viejo yo» al «nuevo yo» es cuestión de orientar el deseo. Y Pablo nos anima: «despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va conociendo a Dios, que lo creó a su propia imagen». Al igual que un ladrón, que se motiva por la codicia, o un mentiroso que miente para conservar intactas las apariencias, las amigas y amigos de Dios también se motivan por el deseo. Pero lo que distingue el amigo de Dios del ladrón o del mentiroso es el objetivo de su deseo. Hay apetitos que no llevan a ninguna parte, que se reducen en la «vana ilusión» de Qohélet, o bien, existen anhelos o deseos que contribuyen a la calidad de vida. San Pablo nos anima cuando recuerda nuestra dignidad como hijas e hijos nacidos en el bautismo: «Puesto que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo … pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los que se caducan en la tierra, porque … porque … ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo con Dios»

El desafío del ser humano no es el deseo, sino hacia dónde nuestro querer nos conduce. En cuanto al deseo, depende de cada persona distinguir entre lo que nos ofrece una vida feliz o bien lo que nos deja con hambre de algo más. Es el reto de nuestra libertad, apoyada por la gracia. ¿Qué hacemos con esta fuerza vital que Dios puso en nuestro ser? En la parábola, nos espanta el aviso a quien se dejaba llevar por un deseo temporal toda su vida: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» Esto pasa a quien se deja llevar por el deseo sin discreción, sin medir hacia donde el deseo nos conduce.

Amados Hijas e Hijos, Pongamos aparte las opciones de todo o nada, el buscar el sentido de la vida en privarnos de todo deseo o, al contrario, la obsesión de tener y adquirir sobremanera las cosas que se nos ofrecen en el siglo presente. Jesús nos aconseja la discreción respecto a la vida. La cuestión ya no es cómo vivir el incansable querer tener, sino nos interesa el deseo del bien, el hacernos ricos de lo que nos conviene para la eternidad. Para Jesús, es cuestión de orientar el deseo a favor a la vida, y volvernos ricos en lo que sirve para la felicidad duradera. Como san Pablo afirma, es asunto de volvernos este «nuevo yo», aquel a quien el Creador siempre se renueva conforme a nuestra amistad con Dios, quien nos creó a su propia imagen (cf. Col 3,10). Nuestro proyecto, entonces, es discernir lo que es bueno, lo que es de provecho más allá del día de hoy, lo que nos conviene para una amistad eterna con Dios. O bien, en la sabiduría de san Benito: «Hagamos lo que nos conviene para toda la eternidad», la amistad perpetua con amable Dios.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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