Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad - 2022

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Homilía de la Solemnidad de la Santísima Trinidad - 2022

13 de Junio del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 16, 12-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.

 

Homilía:

 

Juan 16,12-15’22

La Santísima Trinidad está a la vez muy cerca y muy lejos de nosotros. En el bautismo fuimos sumergidos, bañados en la santísima Trinidad, en el amor del Padre, la gracia de su Hijo Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo, pero cerramos los ojos y, queriendo estar presentes, pasamos la vida inconsciente, lejos de su misterio. Una vez estábamos íntimamente cerca en las aguas de la nueva creación, pero no comprendemos nada al respecto. El mismo Jesús dijo a sus discípulos en la última cena: “Aun tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender”. Pasaron los años y se suman catequesis, las explicaciones y los sacramentos, el misterio apenas se aclara en la cabeza, buscando razones, pero tan lenta para creer; esta cabeza que requiere mucho tiempo, toda una vida, para poner en orden sus sentimientos, sus razones, y nuestra fe en la morada de la Santísima Trinidad.

A lo largo de la vida, descubrimos que no nos toca ejercitar el cerebro para ordenar el misterio de la Santísima Trinidad. Se trata de librarnos de la idea de que podamos controlar a Dios, quien poco a poco, a lo largo de la experiencia, se nos quita el velo y nos introduce a la densidad del misterio de su amor. En la medida en que nos quedamos abiertos al misterio, la vida de las Tres personas del único Dios nos sigue bañando en las aguas de nuestro nacimiento y nos atrae hacia él, hasta algún día seríamos de algún modo raptados, si Dios quiere, dentro de este misterio.

Las formas de abordar este misterio son variadas, porque nuestras historias y vidas son únicas. Pienso que cada individuo comienza con una amistad con una de las tres Personas, y a través de ésta se abre a las otras dos. En la capilla de la Tercera orden en la catedral, una pintura novohispana me hace reflexionar. Son tres personas sentadas, y las tres –a la derecha, a la izquierda, en el centro–vestidas de la misma túnica, tienen el mismísimo rostro orlado de cabello largo, la idéntica expresión serena, y la mano de cada persona lleva un cetro. La única marca propia: cada persona lleva en el pecho una medalla. La medalla de uno reluce un triángulo con un ojo; la segunda medalla es un cordero, con una herida en el pecho pero está de pie; la tercera una paloma. A parte de la medalla distintiva, cada persona es un espejo de las otras dos.

Me fijo en la medalla, el triángulo con el ojo. Ahí se revelaba la bondad del Padre desde la creación, la elección de Abrahán, el hijo de Sará, José en Egipto, Moisés, el éxodo de la esclavitud –a lo largo de toda la historia sagrada–. Lejos de un Dios frío y desinteresado, es el Padre cuyo amor paciente nunca se ofende, siempre espera su momento y perdona sin cansarse. El rostro de Dios se hace cargo de sus hijas e hijos, dispensa el pan de cada día, perdona nuestras ofensas y nos libra de todo mal. Su mano creadora está siempre detrás y dentro de nuestra historia; tanto en momentos de paz como de angustia, podemos confiar en él como una niña o un niño con su padre.

Para algunas personas, esta figura del padre cercano, atento, es ajena a su experiencia. O no tuvieran una buena experiencia de padre de familia, o le tocaba un padre ausente o indeciso. A algunas personas les cuesta reconocer a Dios como Padre providente, entonces, buscamos otro rostro. ¿Y cuál? Nos fijamos en la medalla del corderito, una vez herido, muerto, ahora de pie y vivo para siempre. Cuando reconocemos a la persona de Dios en el Hijo, nos acercamos al Padre, porque el Hijo es la prueba encarnada del amor del Padre. En la Historia de la salvación el Padre plasmó su rostro humano en su Hijo, quien dijo: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9), y luego, “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

Del misterio inagotable de la Santísima Trinidad Jesús no pronuncio la última palabra, sino que la dejó al Espíritu Santo: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuendo venga el Espíritu de la verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena” (Jn 16,13). Fue el Pentecostés, el sacramento de nuestra “Confirmación”, cuando el Espíritu Santo inauguró esta enseñanza en el corazón de la Iglesia, y cuando invadió a cada uno de nosotros en lo íntimo del corazón. Dios no nos convence por los argumentos y teorías en la cabeza. Nos enseña por un anhelo que despierta en el corazón por el gusto de las cosas eternas. En realidad, sabemos tan poco de Dios, quien sembró la semilla de su presencia en nuestro corazón, para que, a lo largo de la vida y por la experiencia, nos acercamos al corazón de la Santísima Trinidad –“Lo que el ojo nunca vio, ni el oído jamás escuchó, lo por el corazón humano pasó, Dios lo preparó para quienes lo aman” (1 Cor 2,9). Confirma san Pablo en otra carta (2ª lectura): “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado” (Rm 5,5). En fin, en único Dios –Gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo– nos baña en su existencia Trinitaria, la comunidad de personas que trabaja para la única vida plena.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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