Monasterio Benedictinos Cuernavaca

II Domingo de Pascua - 2022

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II Domingo de Pascua - 2022

29 de Abril del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 20, 19-31

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

 

Homilía:

 

Juan 20,19-31’22

Es el primer día de la semana –detalle que recuerda la creación en el Génesis; ahora la nueva creación en la Resurrección del Señor–. Los discípulos y discípulas de Jesús, espantados por lo del Viernes pasado en Gólgota, están clausurados en el Cenáculo, donde hace poco celebraron la última cena, donde pronto recibirán el don del Espíritu Santo. Cerraron las puertas «por miedo». ¿Miedo de qué, de quién? Es miedo a lo que les espera de afuera, pero sobre todo es miedo de sí mismos, de lo que somos capaces de hacer: Seguimos al maestro, caminamos con él, escuchamos su enseñanza, somos curados por su saludo šālôm, él nos lava los pies, recibimos la primera comunión a su mano, y luego, lo abandonamos en Getsemaní.

A pesar de todo, Jesús penetra las paredes de nuestro miedo. Se nos presenta «de pie», vivo, resucitado, contra toda esperanza. Se hace presente entre nosotros a pesar del miedo y la ansiedad que cierran nuestras puertas. Con toda la libertad de Dios el primer día de la creación, Jesús se nos presenta aquí y ahora, como nos encontramos, en condiciones poco nobles.

Nos saluda con la «paz-šālôm», bendición que va más allá de lo que conocemos como la paz. El šālôm es el bienestar, la vida íntegra, la salud del alma y del cuerpo, y la salvación, tal como había dicho Jesús en la última cena: «El šālôm les dejo, mi šālôm les doy; no se lo doy como el del mundo» (Jn 14,27). Jesús infunde el šālôm en nuestra vida interior, justo cuando… «Les mostró las manos y el costado», el estigma de su pasión: Jesús, el Cordero de Dios degollado por nuestros pecados, ahora vive. Nos muestra sus manos: son las manos del Dios-hombre que una vez tomaron polvo del suelo, añadió el agua del Espíritu Santo e hizo barro; con la destreza y delicadeza de alfarero moldeó al ser humano. Ahora Jesús resucitado, el antiguo artesano del Génesis, nos muestra las manos con las cuales había formado y modelado tu persona, tu figura, y a este nuestro barro lo inspiró con su propio Espíritu –el salmista (Sal 139) nos dice que son las manos con las cuales él tejió tu ser, tus huesitos, músculos y carne, dentro del seno de tu madre–. En otro evangelio, Jesús resucitado, además de sus manos, muestra sus pies, pies que caminaba adelante y acompañaba a su pueblo por el desierto hacia la tierra prometida, que caminan sobre las aguas de nuestros tiempos tormentosos. En el evangelio hoy, Jesús muestra su costado, el pecho del Cordero degollado que pone de pie en la resurrección; de su pecho brota la fuente de misericordia y perdón.

Jesús sopla sobre sus discípulos y sobre nosotros. Hace tres días, desde la Cruz, en el momento del sacrificio del Cordero, Jesús inclinó su cabeza y sopló, «entregó su espíritu». Ahora en la resurrección, al igual que el primer hombre en el paraíso, artefacto de barro, se volvió un ser viviente por el soplo del Creador (Gn 2,7). En la Pascua se trata de una nueva creación. Amable Dios resucitado nos comunica su Espíritu Santo. «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados». De esta manera Dios restaura nuestra dignidad y nos confía la misión de la nueva creación: perdonar las ofensas. Así la Iglesia da testimonio de la resurrección de Jesús: por el perdón de los pecados. Sin el perdón, sin la misericordia, no habría nueva creación, un mundo nuevo.

Ocho días después, en otra visita al Cenáculo, el incrédulo Tomás se rinde; reconoce el amor que ha sido grabado en el cuerpo de Jesús en sus heridas indelebles, como es imborrable su amor por nosotros. No disfraza las heridas, es más, las ostenta: el agujero de los clavos, el costado traspasado. Llagas que ya no esperábamos ver, pues pensábamos que la resurrección hubiera cancelado las llagas de la cruz. ¡De ninguna manera! La Pascua no es cancelación de la cruz, sino su cumplimiento, su fruto maduro en el cuerpo Resucitado; las llagas estarán siempre presentes en el cuerpo glorioso de Cristo. Hasta hoy y para siempre son y serán la gramática, el lenguaje elocuente de la misericordia y el amor de nuestro Amable Dios para con nosotros. ¿Y la misión? «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se perdonen, les quedarán sin perdonar». Perdonar es la receta para vivir la resurrección; no perdonar es la opción a favor de la muerte en vida.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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