Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Jueves Santo - Misa vespertina de la Cena del Señor - 2022

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Jueves Santo - Misa vespertina de la Cena del Señor - 2022

15 de Abril del 2022
por Benedictinos

Evangelio

Jn 13, 1-15

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.

Palabra del Señor

Homilía:

Jueves santo’22 (Jn 13,1-15)

Jesús cena con «los suyos». Somos nosotros. El cenáculo se impregna de luz e intimidad, mientras a la puerta golpean las tinieblas. Nuestra vida espiritual es así, con las más nobles aspiraciones, mientras las tinieblas golpean la puerta. En el evangelio Jesús se introduce en el mundo, pero el mundo lo rechaza. Ahora Jesús revela a los suyos –somos nosotros– su amor «hasta el extremo».

El Evangelio narra tres pascuas, que hunden sus raíces en la liberación de la esclavitud de Egipto. En la primera Pascua Jesús revolcó las mesas de los comerciantes en el templo. La pasión, muerte y resurrección de Jesús purifica el pueblo y crea un nuevo santuario, el corazón humano. La segunda Pascua es la multiplicación de los panes al aire libre, en plena luz del día, cuando Jesús da el maná el viático para el viaje. Pero presentimos la sombra en la puerta: «El que compartía mi pan me ha traicionado» (cf. 13,18).

Ahora en la tercera pascua le llegó su hora de dejar este mundo para ir al Padre. Pascua significa «paso», el «tránsito» de la vida por la muerte para alcanzar la vida plena. La cruz es el transporte por el cual Jesús llega a la vida, la gloria de Dios. Nosotros acompañamos a Jesús. Todavía estamos en el mundo con sus sombras, pero en Jesús ya disfrutamos de la luz divina levantada en la cruz como un reflector. Parece una contradicción, pero solo ahí, en la luz de la cruz, preámbulo de la resurrección, nos sentimos comprendidos, liberados, amados, mirados, salvados.

El evangelista resume toda la obra de Jesús. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (v. 1). Este amor «hasta el extremo» no sólo consiste en el lavar los pies a los discípulos, que es la antesala de entregar su vida por ellos. Jesús nos ama hasta las últimas consecuencias, hasta la misma muerte y el triunfo de la resurrección.

Para Juan, el lavatorio de los pies tiene un rico sentido. El símbolo se revela en la descripción: Jesús «se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe» (v. 4). Es la Encarnación de Jesús, cuando el Hijo de Dios deja al lado el manto glorioso de su naturaleza divina y se viste con la toalla de un esclavo. El sentido del lavatorio de los pies también se pone de manifiesto en la conversación con Pedro, que no se quería dejar lavar los pies y lo rechaza como un servicio de esclavos. Jesús le dice: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo; lo comprenderás después» (v. 7).

Pero, ¿cuándo, este después? El lavatorio de los pies remite a la muerte de Jesús, la última entrega que Jesús hará a favor de sus discípulos. Quien rechaza este servicio no tiene parte en la gloria de Jesús quien contestó a Pedro: «Si no te lavo los pies, no tienes parte conmigo» (v. 8). Nuevamente Simón Pedro no comprende. Sólo intuye que lavarle los pies significa tomar parte con Cristo, por lo cual le suplica a Jesús que le dé un baño completo. Jesús le aclara su pensamiento: «El que se ha bañado solo necesita lavarse los pies, porque todo él está limpio» (v. 10). Los discípulos se han bañado en las palabras de Jesús y en sus obras, pero todavía les falta pasar por el misterio pascual –su propio fracaso, la fuga, la negación, el miedo frente a la muerte, para llegar al triunfo del sepulcro vacío–.

El lavatorio de los pies anticipa su muerte en la cruz donde su amor alcanza «el extremo». Ilumina la muerte en la cruz donde Jesús entra por completo en la condición humana. Él se baja hasta el polvo de la muerte. En la cruz, él toca nuestros pies de barro y nos lava. ¿Los pies? Son imagen de nuestra relación con el mundo. Con los pies pisamos la tierra, caminamos en el mundo y nos ensuciamos, nos “enmundizamos”. Los pies son la extensión del cuerpo más extraña. El protocolo de lavar los pies no responde sólo a la higiene sino a la curación. Cuando una persona no lleva zapatos o sandalias, los pies se lastiman. En el tiempo de Jesús el esclavo quien lavaba los pies lastimados de los huéspedes palpaba, acariciaba, examinaba y trataba las heridas y las frotada con aceite para curarlas.

Hoy, esclavo Jesús, podólogo admirable, trata nuestros pies, dañados por el caminar por el mundo. Mañana, Jesús, médico y cardiólogo excelente, nos toca en el ser más íntimo y cura la enfermedad crónica del corazón. Con su muerte en la cruz Jesús toca la herida de nuestro pecado. El más terrible tránsito para el ser humano es la muerte. Con su muerte en la cruz Jesús nos cura de la herida mortal, y nos limpia de todo lo que nos ensucia. Con el lavatorio de los pies, san Juan interpreta la muerte en cruz como una purificación y una sanación; es el gesto del amor perfecto. Es el amor divino que nos limpia, que nos libera de los arraigos en el mundo, que nos sana nuestras heridas.

Nos falta una palabra moral sobre el lavatorio de los pies (vv. 12-17). Jesús nos da la receta: «Si yo, el maestro y el señor, les he lavado los pies, ustedes deben lavar los pies unos a otros» (v. 14). El gesto de Jesús es el ejemplo para nosotros, monjes y cristianos. Lavar los pies significa algo más que servir a los demás. Nos invita a agacharnos ante nuestros hermanos y hermanas allí donde están sucios, donde ellos mismos no pueden tolerarse a sí mismos. Queremos limpiarles con nuestro amor. Quien se sabe amado se vuelve limpio y transparente. Se despide de la vergüenza o de haber fallado. El amor puro le libera de su desprecio y desdeño de sí mismo. Nosotros podemos curarnos las heridas unos a otros. Se necesita un amor total y un contacto amable tierno, una unción con el aceite del amor, para que las heridas sanen. Jesús propone este amor a nosotros, una actitud nueva. Quiere una comunidad de hermanos/as donde se ofrezcan unos a otros en servicio amable de lavarse los pies. Quiere una comunidad de hermanos y hermanas que se acojan, se perdonen y se amen sin condiciones, para que cada uno se sienta, en esta comunidad, limpio y transparente, como si estuviera recién salido del baño, refrescado, perfumado, consciente de su belleza y despidiendo el valioso perfume del amor más fuerte que la muerte.

Un último detalle. Antes del lavatorio de los pies Jesús quitó su manto y se ciñó con la toalla de un servidor. Después de lavarles los pies de sus discípulos, se reviste de su manto, pero no quita la toalla que lo identifica como siervo.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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