Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXV Domingo ordinario - 2021

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XXV Domingo ordinario - 2021

20 de Septiembre del 2021
por Benedictinos

Evangelio

Mc 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante. Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”.

Palabra del Señor.

 

Homilía:

Marcos 09,30-37’21

Instruirse en el evangelio es una tarea tan sencilla como colocar libros en los estantes. Conozco a un muchacho quien guardaba sus libros, libros de cuentos que su madre le había leído para adormecer al chiquillo, los primeros libritos desde la primaria y unos cuantos que le habían regalado. Contemplaba sus preciosos libros y pensaba, si podría hacerse grande e inmortal en la vida, tendría que convertirse en un libro. Ya sabía de la muerte, que hoy alguien está aquí y mañana se nos va tan pronto como una hormiga; él niño quería volverse un libro, porque un libro es difícil hacer desaparecer. En algún rincón del mundo, de una biblioteca o una casa, el libro se guarda y sigue con vida.

Un día se le ocurrió arreglar su biblioteca, pero ¿cómo? Los colocó en orden del tamaño de cada libro. En primer lugar en la repisa puso los más delgados y altos de su infancia; segundo, en declive, los más bajos y gruesos, y luego los demás, como soldaditos ordenados en la cola del desfile. Contento estaba con su pequeña biblioteca. De vez en cuando, la revisando, pensaba en otro orden: según los colores –libros nuevos de color mas llamativo en el centro, los de diversos colores a los dos lados, como reclutas en abanico–.

Un maestro llegó a la casa, admiró la biblioteca, y le instruyó sobre otras maneras de organizar sus libros, en orden alfabético, según los autores o títulos, o bien de acuerdo con los temas o la fecha de publicación. En este momento el niño aprendió algo muy importante, que la vida no es tan simple como él había concebido, sino mucho más compleja. La vida es bella pero impredecible, frágil y cruel, a la vez, más admirable que sus libros colocados como soldaditos en el estante.

Queridas hijas e hijos, Es lo que hace Jesús en el evangelio. Viene a reordenar nuestra vida y nuestro sistema de valores. Él aplica tres rúbricas: Primero, el Hijo de Dios y del hombre, el Mesías, tiene que sufrir, morir y resucitar para darnos la vida; segundo, ¿quién de las personas es la más importante? Y tercero, hay que volverse niña o niño para lograr la vida plena.

Mientras Jesús hablaba de la necesidad de que el Hijo de Dios y del hombre, el Salvador, tenía que ser traicionado, entregado a la muerte y resucitar, los discípulos discutían sobre quién de entre ellos era el más importante. Clasificaron a las personas en el armario de su cabeza como soldaditos en el zócalo para el desfile, los más grandes y vistosos primero, y luego, los reclutas y, al final, los menos valorados. Cuando el maestro les pasó de revisión, los mismos discípulos se avergonzaban porque tenían otra idea de quienes eran los más importantes, los más valiosos en el colegio. Pero Jesús aplica un nuevo orden a nuestra clasificación: «Si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Luego, tomando a una niña, lo puso en medio de ellos, lo abrazó, y les dijo: «El que recibe en mi nombre a una de estas niñas, a mi me recibe. El que recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquel quien me ha enviado».

Concluyo con una foto. Es Jesús con un niño a quien abraza. Cuando miramos la foto, vemos a Jesús. El niño y Jesús se vuelven una sola persona. Así sucede con cualquier gesto de caridad. No son las caras de las niñas, de los marginados, de los migrantes haitianos, de los enfermos, los débiles y las ancianitas que resaltan en la foto, sino cada uno con rostro de Jesús que luce en el abrazo de Amable Dios. El mismo Jesús recalca esta verdad: «el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado».

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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