Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXIII Domingo ordinario - 2021

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XXIII Domingo ordinario - 2021

06 de Septiembre del 2021
por Benedictinos

Evangelio

Mc 7, 31-37

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Abrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.

Palabra del Señor.

 

Homilía:

 

Marcos 07,31-37 [Is 35,4-7]’21

Llevan a Jesús al sordomudo para que le imponga las manos. ¿Quién es este, privado de sonido, carente de la Palabra de Dios en el oído y en la boca? El sordo es el pueblo que aún no había recibido el evangelio. En la vida hay quienes requieren atención especial, no escuchan, apenas sostienen una conversación. Quizá se calla por no expresarse bien y le han hecho sentirse mal. La sordera va más allá del oído que no funcione. ¡Cuántas veces en el diálogo o en las redes sociales no se logra la comprensión! La elocuencia no alcanza el oído del corazón. Tanto la sensibilidad como la inteligencia tienen sus filtros, y a veces de la boca salen cosas que no queremos decir; en este sentido, somos tartamudos, sordos.

En el evangelio, como médico discreto, Jesús aparta al afligido de la multitud. Ni siquiera cruza una sola palabra con el sordo, pero sus gestos son elocuentes. Se pone los dedos en las orejas, toca la parte vulnerable para que el afligido se contacta con su herida. Le tapa los oídos para filtrar los ruidos y para que escuche la voz interior. Toca la parte sensible, y más allá de las palabras, crea una relación. Ahora –algún detalle que no nos guste– con saliva toca la lengua, un contacto personal e íntimo, como un beso. Recuerdo al niño que va con su mami cuando le duele, y la mamá toca su dolor –¡ouchi!– y lo besa y se quita el dolor. Jesús crea un clima de confianza.

Otra atención: «levantó los ojos al cielo», gesto que muestra lo que se pretende en las conversaciones. Cuando escuchamos a otra persona –no me refiero a las palabras sino la escucha del corazón– compartimos lo que está en el interior, y nace la comunión. Jesús ofrece algo trascendente y, en el suspiro, trasfiere su Espíritu al sordomudo. Con los gestos Jesús crea la confianza con la persona y le abre la puerta para conversar y escuchar; le dice: «Effata», «ábrete».

El profeta Isaías anuncia una admirable transformación, la curación de la sociedad afligida. Habla de un desierto donde abundan torrentes de agua que transforman la vida; anuncia la luz a los ojos y fuerzas atléticas a quien no camina seguro, música a los oídos tupidos y canciones a la boca muda. Despliega la transformación del mundo estancado, resistente al cambio. La profecía anticipa lo que hace Jesús. Él y sus discípulos recorren Galilea, región que no presenta obstáculo al evangelio. Pero en una ocasión Jesús se apartó de su país natal y penetró zonas remotas. Hasta los nombres propios indican un territorio sordo al evangelio. Atravesó la región de Tiro, pasó por Sidón, llegó hasta el Decápolis –regiones donde florece la cultura y la idolatría–. En aquella comarca adversa Jesús encontró al sordo mudo.

            ¿Quién es el sordo? Es la persona que no tiene oídos para la Palabra de Dios, ni la boca para pronunciarla. No se presenta a Jesús por sus propios esfuerzos; requiere que otras personas lo lleven y le supliquen imponer las manos. ¿Y qué hace Jesús? Lo aparta de la gente. Abre sus oídos y le suelta el freno de la lengua. Aquel día la gracia llegó hasta la región más lejos. Puede ser un lugar en la sociedad actual impermeable al evangelio de la Paz y la reconciliación.

            También existe una región en mi corazón que resiste la gracia y tarda en llegar a la conversión. Los síntomas son la sordera, la ceguera, la parálisis espiritual –evidencia que la luz del evangelio aun no ilumina aquella tierra de sombras–. La gracia de Dios entra hasta las regiones escabrosas, abre el oído tupido del corazón, suelta la lengua torpe. Para acercarnos a Dios y la salud, queremos abrir aquellos espacios difíciles de acceder, para que la gracia entre hasta en las áreas resistentes a la conversión.

            Para realizar este cambio en la vida, conviene imitar la acción de Jesús: entrar en contacto con una comunidad de fe –fue ella que presentó al afligido a Jesús–. Conviene permitir que el mismo Jesús nos aparte de la gente, y ahí nos restaure con gestos reminiscentes de la creación. Así como Dios formó a la mujer y al hombre con su tacto, Jesús mete su dedo en el oído, besa nuestro dolor con su Espíritu; así como Dios Creador se comunicó con la creatura de barro, Jesús alza la vista para interceder por nosotros. La curación de la sordera es una réplica de la primera creación. Es la curación de las regiones de nuestra persona difíciles de acceder con la gracia. Cada persona, cada mujer, hombre, cada monje se da cuenta de lo resistente del propio carácter; pero Dios paciente invita al encuentro y realiza la curación, la transformación de su amada criatura a su imagen y semejanza.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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