Monasterio Benedictinos Cuernavaca

VI Domingo Ordinario - 2021

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VI Domingo Ordinario - 2021

15 de Febrero del 2021
por Benedictinos

Evangelio:

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: ¡Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

 

Homilía:

 

Marcos 01,40-45’21

 

El leproso vive apartado, en la periferia. En cierto modo, es alguien que se incomoda por su propia vida. Le es difícil aceptar a sí mismo, se siente rechazado, discriminado por los demás. No se siente a gusto con otras personas ni consigo mismo. La piel dice todo, infestada por algo que se está comiendo, pudriendo su belleza, cosa que se comprueba por las partes que no están en su lugar, algo que nos incomodan de nosotros mismos, y lo que no aceptamos aparece como de brotes o granos y desfiguración. ¡Qué incomoda, una persona que no se encuentra en casa en su propio cuerpo! ¡Qué difícil amarse a sí mismo, aceptarse a sí mismo, bajo esta condición!

Un día una persona así, que no ama a sí misma y se siente rechazada, se acerca a Jesús. No quiere vivir así sin vida, relegada al margen, pues nadie, sintiéndose feo, puede vivir feliz. El leproso reconoce su impotencia para romper el círculo vicioso del rechazo. Se acerca a Jesús y le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Suena como si echara la responsabilidad por su purificación a Jesús, como si de por sí solo no puede hacer nada para quitar el estigma y entrar en comunión.

Jesús tumba el muro de la separación. El primer paso de la terapia consiste en el reconocimiento. La palabra griega, traducida “compadecerse”, significa “se conmovió en sus entrañas”. Las entrañas o el vientre es la sede maternal de los sentimientos delicados. Jesús introduce al enfermo en su persona; siente su amargura, sus dudas, su desprecio de sí mismo. ¿Hay algo hermoso en un leproso? Más allá de la enfermedad, Jesús encuentra a una amiga o a un amigo, digno de amor y consideración. “Se compadeció de él, extendió la mano”. El segundo paso hacia la curación es tenderle la mano: Jesús se comunica con el leproso y lo tocó. Si alguien no se acepta a sí mismo y se mantiene distante, nosotros, a menudo tenemos miedo acercarnos y tocar todo lo revuelto de la otra persona, que de una manera pueda contagiarnos. Jesús no conoce este miedo. Su persona no puede ser contaminada, su interior es limpio y puro. El extender la mano y tocar al leproso significa … te acepto como eres. Sus sentimientos se mezclan con los del enfermo; Jesús trasmite su paz interior al enfermo y entonces le dice: “Quiero curarte. Quédate limpio”. Para mí, es como si Jesús le dijera: “Aquí estoy. Te acepto. Te ofrezco la salud y la comunión en el amor de mi Padre. Entres en la comunión, hazte parte de mi cuerpo”. En ese momento, desaparece la lepra. El enfermo se encuentra limpio de su pasado, en armonía consigo mismo, reintegrado en la comunidad. Sin embargo, todavía le falta algo.

Jesús lo despide y le advierte con severidad: “No se lo digas a nadie; vete, preséntate al sacerdote y ofrece como acción de gracias lo que mandó Moisés”. (Les comparto un secreto. El texto griego es difícil. Literalmente, es fuerte, advierte al enojo. Es la misma expresión con la que san Juan describe la voz fuerte de Jesús frente al sepulcro del difunto Lázaro –una voz de irritación, de enojo, de impaciencia–. Hay varias interpretaciones, y yo no tengo la respuesta. Jesús se encuentra ante un leproso curado, y ¿le advierte de no volver a su condición? O, ¿Jesús sabe que ahora su ministerio se hará público, y no tendría la calma de antes? O, ¿la lepra, como la muerte, es un asunto del demonio, y Jesús rechaza a todo lo que no es vida plena? No sé. No tengo respuesta.)

A pesar del aviso de Jesús, el antes leproso va contando por todas partes lo que le sucedió. De esta forma, perjudica a Jesús, quien ya no puede entrar en la ciudad, sino que tiene que moverse en lugares despoblados. Ahora se invierten las circunstancias. La curación del leproso, su integración en comunidad, tacha a Jesús y le obliga a permanecer fuera.

Para mí, esto es un aviso de la muerte de Jesús en la cruz. Para realizar nuestra sanación y salvación, Jesús fue discriminado y expulsado de la comunidad, levantado en la cruz fuera de los muros de la ciudad, sacrificado por nuestros pecados, como prueba de su amor incondicional. En la cruz, Jesús es abandonado para que nuestro abandono se descubra y nos volvemos en comunidad, en las entrañas de Dios. Nuestra curación le cuesta a Jesús, al Hijo de Dios, la vida. Así, como Jesús comulga con nosotros en el sufrimiento y la muerte, luego viene otro misterio: Jesús resucita, y lleva consigo a nosotros a la vida plena.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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