Monasterio Benedictinos Cuernavaca

IV Domingo Ordinario - 2021

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IV Domingo Ordinario - 2021

01 de Febrero del 2021
por Benedictinos

Evangelio

Mc 1, 21-28

En aquel tiempo, se hallaba Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

 

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea.

 

Homilía:

 

Marcos 01,21-28’21

Aquí en el monasterio una persona amena es una perrita, una labradora albina; se llama Bianca. Con sus 13 años se está envejeciendo a su ritmo. La una vez ávida cazadora de pájaros y de ardillas, compañera en el futbol y el volibol y anfitriona de los huéspedes, se está retirando de su vida pública y ahora prefiere tomar la siesta en el sol. Bianca gusta asistir a la oración y se acuesta en la puerta de la capilla durante las vísperas. Cuando los monjes salimos, algo se despierta en su corazón y, feliz de saludar al desfile monacal, se anima y nos recibe con alegres aullidos y alaridos. Bianca, ahora obesa y con los achaques de la edad, los monjes la queremos y comprendemos sus debilidades tanto físicas como de carácter. Bianca es una parábola del evangelio.

Comencemos con el final. Fue un viernes. El proceso de Jesús, su sentencia, la crucifixión, fue drama de mucho ruido, insultos, burla, golpes y latigazos, una escena de confusión creciente, que concluyó con su muerte y la franca confesión de un soldado extranjero quien, viendo todo lo acontecido, confesó: “De verdad, este hombre es el Hijo de Dios”. Jesús, a lo largo de este proceso, dueño de sí mismo, tranquilo, pero el blanco de abucheos y un revoltijo tremendo, aun en su muerte era la fuente desde donde emana la paz en medio de un mundo violento. A la interrogación del sumo sacerdote, “Eres tú el Mesías, ¿el Hijo del Bendito?”, resuena su simple respuesta, “Yo Soy”, nombre revelado a Moisés en el desierto, pronunciado desde la zarza que ardía sin consumirse.

            Una tal tensión, el choque entre ruido estrépito y la tranquilidad, salpica el evangelio y encuentra su acústica en nuestra vida. En una ocasión alguien presentó a su hijo a Jesús, y explicó que el demonio lo agarra, lo tira al suelo donde se revuelca, echando espumarajos, rechinando los dientes; lo echa en el agua y luego lo arroja al fuego; lo sacude con violencia, y luego, lo deja rígido como muerto. Jesús, sereno, comenta: “Todo es posible al que tiene fe” y “Esta especie solo sale con oración”. Sentimos el estrés desgarrador, por todos lados el escándalo del endemoniado y, en medio del descontrol, la serenidad de Jesús.

            En otra ocasión, Jesús y sus discípulos en la barca cruzan el mar, les llegó una tempestad, y… Jesús… Jesús… ¿dónde está frente al peligro de ahogarnos?, sino está dormido en popa, durante el ciclón, las olas entrando en la barca. Jesús se levanta como una resurrección de la muerte, se dirige al viento y a las olas que rompían contra la barca: “¡Silencio, enmudece!”; vino una gran calma, y los discípulos llegaron sanos y salvos a la otra orilla. Al desembarcar cerca del panteón se les acercó un loco desnudo, con cadenas rotas en su pies y brazos, gritando, desbocado. “¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús … no me atormentes”? Somos Legión –muchos–; y nadie controla o tranquiliza a este sujeto en perpetuo movimiento, poseído por el ruido y terror. Jesús, la fuente desde donde emana la paz en un mundo estridente y violento, ordena, “Cállate” y despide al pandemonio a una piara, cochinos que corrieron, sobresaltaron, se lanzaron al mar y se ahogaron.

            Amada Hija, querido Hijo, a lo largo del evangelio miramos una galería que comienza en el evangelio este domingo: Jesús en la sinagoga, todo el mundo admira su enseñanza magistral. De repente una persona convulsionada, medio desnuda, desgreñada, ojos salvajes, rostro torcido, se pone a gritar: “¿Qué tienes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Vienes a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”, entre su griterío, su cuerpo lanzándose contra Jesús. Cuando éste le increpó de la misma forma que en otra ocasión se dirigiría a la tempestad, “¡Cállate, y sal de él!”, el poseído dio un alarido y el espíritu malo salió de él. El evangelio presenta a Jesús, al Santo de Dios, la fuente desde donde emana la paz en un mundo estridente.

            Escena tras escena del evangelio me dejan con la pregunta: ¿Dónde estoy yo?, ¿dónde me encuentro, en este mundo y en la sociedad estresada, tensada, entre la confusión, la fatiga, el bombardeo de las noticas a medias y contradictorias, el fantasma encarnada y la amenaza de muerte, la ansiedad y hartazgo de la contingencia y el miedo? Hay un lugar reservado para Jesús, ausente, lejos, dormido, quien a su manera vive, nos acompaña; es el eje desde donde emana la paz en un mundo violento, y aun cuando las horas se hacen días, los días se hacen semanas intolerables, las semanas se vuelven meses, la tensión y la ansiedad nos impacientan y nos contagian. ¿Quiero yo contactar aquella fuente desde donde emana la paz en un mundo estridente?

            Vuelvo a la parábola de la mascota Bianca, a su manera, fiel a la observancia monástica, tumbada en la puerta de la capilla durante vísperas. Todo ser humano, niña o niño, adolescente, joven, hombre o mujer, tiene una mascota parecida que espera a la puerta de su corazón. En el mundo bien ordenado que nosotros anhelamos, no es el lugar para Bianca, pero con la experiencia y la marcha del tiempo, nos acostumbramos a ella, siempre presente, y aprendemos a tolerar los viejos hábitos y comprender las inconsistencias plantados en la puerta del corazón. No son demonios que nos acechan a toda hora, pero sí son viejas manías y rasgos de carácter –alguna tristeza, el desinterés, la envidia, una adicción, el enojo– que salen de por sí mismos y nos incomodan, aun en los lugares sagradas de la persona. Lo interesante es que estas inclinaciones de carácter se enfrentan con la santidad y el amor de Jesús; lo admirable es que cada persona conoce bien y anhela volver a la fuente desde donde emana la paz en un mundo estridente y violento, Jesús, en Santo de Dios, nuestro hermano, estampado en el corazón del ser humano por amable Dios.

 R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

 

 

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