Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Feliz Navidad 2020

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Feliz Navidad 2020

26 de Diciembre del 2020
por Benedictinos

Navidad’20

 

Feliz Navidad. Doblemente, feliz Navidad. Celebramos un nacimiento —no, dos nacimientos — el nacimiento del Niño Dios en Belén en el seno de la Sagrada Familia, y el propio nacimiento, cuando el Niño Dios hace ver la luz en nuestra vida. Conmemoramos un cumpleaños y celebramos al festejado; pero en la Navidad, me impresiona cómo las antífonas y las lecturas señalan, no solo a Jesús, sino los beneficios a nosotros, como si fuera el nacimiento de la nueva humanidad. En esta fiesta, junto con Jesús nacido en Belén, también somos nosotros los festejados.

El nacimiento de un niño es motivo de admiración, el milagro de una criatura poco más grande que tus manos. ¡Qué será de este ser humano en miniatura! ¿Cómo llegó a ser, cuáles obstáculos tenía que recorrer en la concepción y en el vientre de su madre para llegar a ver la luz? Hablamos de la maternidad de la virgen María; me refiero también a nuestra propia maternidad, en el nacimiento continuo de nuestra persona.

Elementos propios del embarazo son la soledad, lo desconocido, los malestares, la noche, los dolores, lo repentino del parto. Cuando nace, se experimenta dolor. Imagino que el niño en el vientre se acostumbra a vivir seguro y, si lo preguntamos, diría que quisiera seguir viviendo como esté, pero, al mismo tiempo, se ilusiona la novedad que lo espera después de nacer a la luz. Nosotros, también, nos damos cuenta de que estamos «embarazados» –impedidos o frente a un obstáculo– que algo nuevo está a la puerta, pero se siente inseguro, incómodo frente a lo desconocido que nos espera. ¿Tenemos miedo de que lo nuevo no se lleve a cabo? ¿O que las personas con las convivimos no vayan a aceptar y compartir nuestra alegría de la conversión que experimenta como un nuevo nacimiento, como los ciudadanos de Belén entre los cuales la Sagrada Familia no encontraba sitio en el albergue? De verdad, frente al nacimiento, no sabemos cómo será lo nuevo; sólo sabemos que las viejas costumbres ya no seguirán como antes. Pero al mismo tiempo en la nueva vida tenemos la seguridad de que todo se hará nuevo. Con el nuevo nacido, no estaremos atados al pasado, las heridas y dolores de la propia historia se abren a una nueva vida. Eres una sagrada familia que se traslada de Nazaret a Belén y busca albergue, sin la seguridad de que la nueva vida sea la bienvenida. Entorno al nacimiento todo parece frágil, amenazado. La nueva vida nace a la luz y encontramos lugar para la criatura, no en una cuna, sino en un lugar inesperado para un recién nacido, un pesebre, un cajón en donde se da comida a los animales en una granja.

En cuanto al nacimiento, algunas mujeres viven el alumbramiento sin grandes dolores. A veces tenemos la misma experiencia, y la nueva vida en nosotros nace sin dolores de parto. Pero la historia de la salvación enseña que el ser humano resulta de una serie de alumbramientos a lo largo de su vida, acompañados por procesos tanto dolorosos como placenteros, hasta que con la muerte al mundo terrenal, nazcamos a Dios para siempre.

Una vez en una conversación con Nicodemo, Jesús le dijo: «Quien no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5). Sin el nuevo nacimiento no alcanzamos lo que Dios ha preparado para nosotros; sin el nuevo nacimiento no contemplamos el reino de Dios, que es cuando Dios reina en nuestro ser, cuando estamos libres de los «embarazos», los impedimentos y obstáculos que no nos permiten realizarnos como personas, hijos de Dios. En el camino espiritual es necesario el nuevo nacimiento, con el cual se rompen las viejas costumbres y reflejamos con más claridad la imagen pura de Dios. En el nacimiento con el Niño Dios en Belén en nuestra conciencia y en nuestra vida real, no seguimos empañados por las imágenes y expectativas con las cuales los demás nos abruman. En nuestro nacimiento en Jesús –más bien en la natividad de Jesús en cada uno de nosotros– de una manera se logra la imagen limpia que Dios ha concebido en nosotros, que no se detiene con una historia de oscuridad, pecado y de inseguridad, sino el nacimiento a la gracia de Dios, al perdón del pecado, a la reconciliación con nosotros mismos y nuestro pasado, a la gracia, la gracia, la gracia. Toda Navidad es gracia.

Querida familia monástica, en Navidad, con el nacimiento del salvador, celebramos el nacimiento de Dios en el corazón, y si no nace en nosotros, permanecemos extranjeros a nosotros mismos. Nosotros, nuestras familias y seres queridos, gente en todas partes del mundo celebramos el cumpleaños de Jesús cada año, pero, además que el Niño Dios en Belén, si no nace en mí, si no nace en ti, en nosotros, nos quedamos fuera de la fiesta. Queridos hijos y hermanos monjes, el nacimiento de Dios rompe con el embarazo, el obstáculo de nuestro pasado; el nacimiento del Niño Dios acontece en lo íntimo de la vida. Si así sucede, si así nace, es lo más puro, lo mas noble y lo más delicado que el alma puede experimentar, el Reino de Dios en nuestra vida.

Existe en cada persona un rincón de silencio puro al que no afecta el ruido del mundo ni los encontrados pensamientos y sentimientos que nos inquietan constantemente. En ese ámbito de silencio quiere Dios nacer en ti, y cuando nace, entrarás en contacto con quien eres de verdad, con la imagen intacta y auténtica de Dios en ti. Entonces tu vida se volverá nueva, íntegra y luminosa, tan luminosa como la estrella de Belén. El Niño Dios nacerá en tu corazón como la fuente de nueva luz, de la que podrás iluminar el mundo pequeño y grande con la gracia.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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