Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía de la misa de exequias de nuestro P. Jeronimo Guillén González O.S.B.

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Homilía de la misa de exequias de nuestro P. Jeronimo Guillén González O.S.B.

02 de Diciembre del 2020
por Benedictinos

Jerónimo (Carlos Leopoldo) Guillén González (RIP 20.xi.2020; sepelio 2.xii.2020)

Nos inquietan, hasta nos preocupan la circunstancias de esta pandemia, porque deja a la persona aislada, sola. No tienes a nadie de los tuyos cerca de ti –la familia, los padres, la abuelita, los amigos– esa soledad nos preocupa más que el dolor físico. Físicamente, nuestro hermano monje, Padre Jerónimo, sufrió 9 días de aislamiento, por un hermano que disfrutaba estar con la gente. Pero 9 días con densa población de incesante amor expresado en oración y ahora él nos acompaña, no sólos, nos acompaña en nuestro dolor y soledad. Tenemos un gran intercesor en el cielo.

En los nueve pasados días, nuestra más sentida oración fue por la salud del P. Jerónimo. Yo intenté decir “Hágase, Señor, tu voluntad”, muchas veces, aunque me costó aceptarlo cuando pienso si su voluntad no coincide con la mía, y cuando llego a esta petición del Padre Nuestro me detengo pensando si estoy seguro de querer pronunciarlo, de que debo decirlo convencido, y no por mera costumbre,

Después continúo pidiéndole a Dios me ayude a entender su voluntad y aceptarla, aunque no es lo que espero. La oración no es una lucha entre dos voluntades encontradas, la mía y la de Dios. La oración, más bien, es una abertura en mi voluntad hacia la de Dios.

En la misa presidida en el panteón el 2 de noviembre de 2020, P. Jerónimo compartió la homilía y comentó respecto a la conmemoración de nuestros fieles difuntos:

“Es una memoria agradecida. La relación con nuestros difuntos, de los que nos acordamos, fue una relación de cariño. Hasta podríamos decir que esa relación no solo fue, sino que es. Está presente en nuestros corazones y en nuestras mentes. Nos acordamos de ellos. No se trata sólo de que tengamos su foto … [Nuestros queridos difuntos] están con nosotros. Es otra forma de presencia.”

Comentó el monje, nuestro Padre Jerónimo:

“Es una memoria dolorosa. Porque su partida nos dejó marcados. Un trozo de nuestra propia y personal historia se fue con ellos. Alguien que formaba parte de nosotros, de nuestro yo, se fue y nos dejó más solos. Desde entonces experimentamos con más fuerza esa soledad que forma parte importante de la vida de toda persona. Nos sentimos huérfanos porque ellos cuidaban de nosotros, su amistad y su cariño nos mantenía firmes y nos ayudaba a vencer las dificultades de la vida. Nos hemos quedados más solos y lo sentimos.”

Las palabras del Padre Jerónimo nos anima respecto a un ser querido que ha pasado al otro lado de la muerte:

“Es una memoria esperanzada. Porque desde la fe creemos que esta vida no termina en estos límites que impone la duración de nuestro cuerpo. La fe en Jesús nos invita a mirar más allá del horizonte de la muerte. No sabemos bien cómo, pero creemos que hay vida más allá de la muerte. Estamos convencidos de que tanto amor, tanta amistad, tanto cariño, no puede desaparecer de golpe. Que Jesús resucitó es la afirmación más importante de nuestra fe. Desde ella todo el Evangelio cobra sentido. Amar, servir, entregarse por los demás, tiene un sentido nuevo. Nada es en vano. Nos encontraremos más allá –no sabemos de qué manera– y ese amor, esa amistad, ese cariño llegará a su plenitud”.

En el rito de profesión monástica, en la llamada y petición, el celebrante hizo una pregunta a los novicios: “Querido hijo, ¿qué pides a Dios y a su Santa Iglesia?”, a la cual el novicio Jerónimo respondió: “La misericordia de Dios y la gracia de servirle con mayor perfeccion en la vida monastica”.

En la profesión solemne, el prior pregunta al profeso temporal: “Querido hijo, ¿Qué pides a Dios y a su Santa Iglesia?”, y el monje Jerónimo respondió: “Deseo compartir los sufrimientos de Cristo en ese monasterio hasta la muerte, a fin de participar también en su Reino”.

En aquella misma ceremonia de profesión monástica, en la presentación de los dones, se realiza la dramática sepultura mística del profeso delante del altar, y después de la plegaria eucarística, se resucita con Cristo, con las palabras: “Tú que duermes, despiértate”, a que todos responden: “Despiértate, resucita de entre los muertos. Porque Cristo ha resucitado”.

Si hay algún dolor y tristeza en torno a la muerte terrenal y el nacimiento a la vida eterna, está relacionado con el reloj. La convalecencia requiere tiempo. Pero en la eternidad no hay tiempo. Aquí calculamos y negociamos tiempos, horas, días y años. 37 años de vida en la tierra, 6 años en el monasterio, 2 años desde su ordenación sacerdotal. El 30 de noviembre, cuando nació a la vida eterna. Ahora bien, ¿cuánto tiempo debemos esperar para una reunión familiar en el cielo? Pues, nada … en el cielo, en la eternidad, no hay tiempo, no llevamos reloj.

Allá, al otro lado, en la vida eterna, nadie tiene que esperar, porque el tiempo simplemente no es. En la tierra, tenemos salas de espera para sufrir el tiempo que pasa despacito, los relojes para marcar nuestro tiempo de espera. Cuando oramos, a veces nos sorprende lo lento que es Dios para darnos una respuesta. Pero Dios vive fuera del tiempo, así que lo que a nosotros nos es urgente y nos importa, Dios responde de inmediato, pero el "inmediato" de Dios parece mucho tiempo para nosotros, que estamos atascados en el tiempo y mientras esperamos. Pero en la eternidad, no hay hoy ni mañana ni el próximo año. Todo es ahora. Ahora mismo, P. Jerónimo está con su mamá-abuelita, y con todos sus seres queridos. Y están con nosotros.

Ahora, la separación de nuestros seres queridos duele. Pero en la vida eterna los nuevos resucitados no sienten la separación, no hay paredes de espacio y tiempo. Cuando el Padre Jerónimo reza por ti, cuando te mira, cuando te abraza, es ahora. Porque no tiene reloj y donde él está no hay relojes. La espera nos duele ahora; pero para P. Jerónimo todo es ahora, y no hay esperas. Si el Padre Jerónimo ora y pide tu salud y una feliz muerte para ti o para mí, no tiene que esperar a que su oración sea respondida. Él nos saluda ahora, en la vida eterna. Si hay alguna pena o dolor por la separación temporal, nos toca a nosotros. Estamos aquí ahora, con nuestros relojes y urgencias, marcando el paso del tiempo, sufriendo la espera, sintiendo el dolor de la separación y la soledad, esperando el abrazo eterno, que está más allá de los límites del tiempo.

El afecto que le tenemos al Padre Jero, como nuestro hermano monje, padre y amigo, hace que nos duele su pascua, pero la esperanza cristiana nos da la certeza de que nuestro hermano monje y el buen padre participa ya del inefable amor del Padre Dios, y se funde en el corazón sacerdotal de Jesús.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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