Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 1º de Adviento - Ciclo B - 2020

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Domingo 1º de Adviento - Ciclo B - 2020

30 de Noviembre del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Marcos (13,33-37):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Marcos 13, 33-37’20

 

Al umbral de Adviento, la Iglesia anhela la Salud del mundo y del corazón; al mismo tiempo, Jesús está sperando a nosotros. ¿Puede una persona o una comunidad existir sin esperanza, sin ilusión de un mañana? Sería una vida plana, sin vida. Pero nosotros nacimos y vivimos de esperanza de algo o alguien más; apenas nos conformamos con las cosas cómo están; nuestra naturaleza se inclina hacia algo más. Queremos ser mejores, superarnos, alcanzar o tener algo más. Desde niño aprendemos a esperar algo nuevo, algo más. Sin el deseo, sin la esperanza, ¿en qué consistiría la vida? Para salir del fastidio de todos los días, imaginamos sorpresas, experiencias, avances –una vida más sana, más santa–, una fiesta que acabe con el covid y la fatiga que causa.

La Iglesia también vive la esperanza, pero con tranquilidad. La Iglesia desea y espera la visita, la llegada definitiva del Niño Dios. Si podríamos apagar el covid y su contagio, nos quedaríamos con la santa espera, que nos permite vivir frente a la próxima llegada de lo que esperamos, confesando que todavía no hemos logrado todo; aún nos queda algo que realizar, alguna tensión en la vida para resolver. Todavía hay un Adviento que nos toca recorrer. Nos damos cuenta de que la palabra Adviento, “venida”, comparte la misma raíz que la palabra aventura. Todavía nos espera una “aventura” en nuestro Adviento.

Las lecturas enseñan que el esperado encuentro con Amable Dios es real. Anhelamos que se tumbe el muro entre tiempo y eternidad, que se rasgue la división entre alma y cuerpo. El profeta Isaías lo expresa bien: ¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia! (Is 63, 19b). Nuestra esperanza se expresa con la misma intensidad: ¡Ojalá se quite la distancia entre lo que quiero y lo que hago; ojalá que mi frágil ser se vuelva íntegro! El profeta nos recuerda: Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro diosito, fuera de ti, hiciera tales cosas a favor de los que esperan en él… ¡Ah!, pero el profeta habla del corazón tensado entre su frágil humanidad y la gracia divina.

¿Es así nuestra esperanza? ¿Un corazón que se siente el estrés, el dolor, entre lo que tiene ahora y lo que quiere? Con el salmista cantamos, Señor, muéstranos tu favor y sálvanos (Sal 80); el salmista hace patente lo esperado con su insistencia: Escúchanos, pastor de Israel…, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos… vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano... Luego, Jesús anuncia el encuentro (el evangelio) y nos anima: Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. El patrón se fue de viaje y esperamos su retorno; no sabemos a qué hora va a regresar … si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o al amanecer (Mc 13, 33.35).

Queridos hijos, Esperar el adviento, la aventura de Jesús nace de la experiencia. Se espera lo que habíamos ya saboreado. Un niño quiere más porque una vez ha probado un bocado del chocolate. Escribe san Pablo, en Cristo Jesús hemos sido enriquecido con toda clase de dones: … no carecen de ningún don, ustedes … que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo (1 Cor 1, 7). Somos como el niño que probó el bocadillo; hemos gustado la gracia de Dios; el gusto de esta probadita se esfuma, pero permanece el recuerdo, que se transforma en añoranza de volver a encontrarnos con Jesús. Una vez más, decimos, una gracia más, un avance más, pero que, esta vez, que nadie me lo quite. Que Jesús venga y repare la vida y el mundo una vez para siempre.

¿Dónde nace la espera? Pues, nace de la pobreza. La joya de la esperanza lo llevamos en vasijas de barro, nuestro ser frágil y ordinario, pero que hace relucir la excelencia del alfarero. El profeta Isaías, la voz del Adviento, retrata la hermosa imagen (1ª lectura, Is 64, 7)? Tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos la artesanía de tus manos. Imagínate, Hermano: amable Dios te formó, como eres, hermoso, fino; y dejó sus huellas digitales en tu persona, huellas que no las puedes borrar, la evidencia de que eres su hijo, y tu corazón se inquieta hasta que descanse en Dios. El corazón que recorre el tiempo de Adviento siempre desea lo que conoce y lo que ya tiene; esperamos la gracia que nunca se agota.

Pero junto con este deseo, desde la propia fragilidad surge el reclamo del profeta Isaías (1ª lectura): ¿Por qué, Señor, permites que nos alejemos de ti, y endureces nuestro corazón …? Vuélvete por amor a tus siervos (63, 17)… Todos nosotros éramos impuros y nuestra justicia era como un trapo sucio (64, 5). Me impacta la sinceridad de su reclamo y la fuerza de la imagen. Sufrimos la contradicción de la propia persona, y también de nuestro pueblo. La santa Iglesia es la desposada elegida por Dios; nosotros, sus hijos, la desfiguramos con el pecado, pero Amable Dios no cesa de inclinarse sobre su amada Esposa para limpiarnos del lodo donde nos habíamos bañado … hasta el día en que vendrá de nuevo, pues, cuando Jesús viene, toda esperanza será colmada, todo pecado perdonado, todo trapo sucio lavado. No habrá más que alegría en la fiesta, pues Amable Dios enjugará toda lagrima de nuestros ojos.

Queridos hijos, Nuestro corazón está desgarrado por la misma tensión que aflige a la Iglesia esposa; se siente tensado entre dos polos de Adviento, entre aquella alegría de tener al Salvador presente con nosotros y la espera de su llegada definitiva; entre el adviento pasado y el advenimiento prometido, entre la pobreza de hijos que se han apartado de la casa y la riqueza de haber recibido a Amable Dios en nuestra carne. Mientras nosotros esperamos, también Amable Dios espera nuestro retorno a casa. Ven, Señor, Jesús, tú que deseas tanto la santa comunión con nosotros, como nosotros tenemos tanto deseo que nazcas en nuestra vida y en la sociedad.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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