Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Jesucristo rey del universo - Ciclo A - 2020

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Jesucristo rey del universo - Ciclo A - 2020

23 de Noviembre del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 25,31-46’20

 

Para todos, los justos como los injustos, la sorpresa será grande cuando el reino de Dios se instaure. En la parábola del juicio Jesús aclara: ni uno ni otro habrán reconocido a aquel a quien habían encontrado, acogido o rechazado. La sorpresa es una señal de la llegada del reino. Todos seremos sorprendidos. Cuenta Jesús que aun los justos se asombrarán: “Señor, ¿cuándo te vimos ... y no re respondemos?”

¿Por qué la sorpresa? El reino de Cristo se parece tanto a lo que vivimos todos los días, que requiere ojos y corazón despiertos para darnos cuenta de su presencia. No esperamos encontrar a nuestro rey hambriento, sediento, un extranjero, desnudo, enfermo y marginado. ¿Hemos visto alguna vez a un rey pobre sin marginado, con hambre, abandonado? ¿Alguna vez alguien ha proclamado rey y señor a un condenado cuya sede es una cruz y cuya guardia de honor es un grupo de partidarios que lo abandonan cuando, después de su última cena festiva, lo encuentran en Getsemaní?

Como fue difícil para sus contemporáneos reconocer en Jesús al Hijo de Dios, Señor de la gloria, Rey de reyes, vencedor de los poderes del mal y de la muerte, todavía es hoy para nosotros. Aunque pensamos que lo conocemos a Jesús mejor, lo acompañamos en nuestra consagración monástica, en el ora et labora, aunque imaginamos que ahora nos es más fácil reconocerlo, el Evangelio nos desengaña de nuestra pretensión. En realidad, no identificamos a los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los pobres y los prisioneros a través de los cuales él viene a nosotros. Porque no viven lejos. Los encontramos todos los días, viven con nosotros, pero no tenemos ojos para reconocerlos, a veces no tenemos el corazón humano para responderlos.

Porque los pequeños, por definición, son los que no vemos, todos los que pasan desapercibidos. Son todas estas personas las que a veces están tan cerca de nosotros, demasiado cerca quizás, que no adivinamos qué hambre, qué sed, qué abandono las perturba. Cualquiera que no atraiga simpatía ni atención –¡ahí está Cristo nuestro rey!–.

La atención es la clave que tantas veces pasamos por alto. Dado que el pecado ha contagiado los corazones y nos visita de generación en generación, nos acostumbramos a no ver no que no queramos ver, vagamos como ciegos, y por lo mismo no respondemos. Pasamos junto a nuestro hermano, junto a la vida, junto a la propia vida también, sin discernir allí esta presencia de Cristo Rey que inaugura el reino. La vigilancia y la atención, esa marca particular de la espera, es lo que nos falta y nos impide reconocerlo.

¿Y por qué no veo o reconozco a Cristo Rey cuando se me presenta a mi lado? Yo diría, porque no reconozco la presencia del buen pastor en los rincones y los lugares de mi propia persona, en los aspectos de mi persona donde no estoy reconciliado conmigo mismo. Hay hambre, hay sed, hay parte de mi historia, como forastero, que no está reconciliado. ¿La desnudez no vestido? Puede ser algún aspecto de la propia sexualidad o afectividad donde no he podido reconocer al amable Cristo Rey. Estoy enfermo o encarcelado en hábitos o un carácter que no acepto, y no reconozco a Cristo Rey ahí en la cruz para salvarme.

Ahora para que esta atención del corazón despierte en nosotros, nos conviene seguir el ejemplo de Cristo Rey, retratado en la primera lectura (Ezeq 34,16): «Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia» y en esto, yo mismo será la prueba de la petición en el Padre Nuestro: «Venga a nosotros tu reino». Porque si no tenemos ojos para ver, ni esperamos nada ni veremos nada, Jesús pasa a nuestro lado sin que nos demos cuenta.

La Iglesia nos invita a abrir los ojos para reconocer la presencia de Cristo nuestro rey, hoy mismo, en nosotros mismos y en cada ser humano, antes de un juicio final. Las parábolas del juicio, más que avisos de condenación, son una invitación a despertar el gusto por la espera, esta alegría del Esposo que viene a nuestro encuentro. Como dijo el profeta, Dios mismo viene a nuestro encuentro (Ezeq 34,11-12): «Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como un pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad». Y me quedo con la pregunta, ¿Estoy listo para darle a Cristo Rey la bienvenida a su reinado? ¿Estoy dispuesto a reconciliarme conmigo mismo, mi hambre, mi sed, mi extrañeza, mi desnudez, las cadenas de mi carácter? Y, permitirnos que Cristo Rey entre en las esquinas lúgubres de nosotros mismos, para encontrarlo y atenderlo en el prójimo.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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