Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 33º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 33º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

17 de Noviembre del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,14-30):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 25,14-30'20

 

            Antes de ir de viaje, el maestro llamó a sus siervos y les encargó la administración de sus propiedades. A cada uno le confió sus «talentos»: la paciencia, la esperanza, la fe, la compasión, la generosidad, la misericordia. El Reino de Dios se manifiesta en la inversión de estos talentos, que son propiedad del maestro, entregados para nuestra administración. Amable Dios toma la iniciativa para nuestra salvación, y los bienes que él confía a sus siervos son sus propias virtudes. Él nos encarga de estas virtudes hasta su regreso –detalle importante para nuestra felicidad–. De nuestra parte, encomendados a dispensar su gracia, nos empeñamos para que aumente el valor de estos talentos. Así fue el caso de los primeros dos servidores a quienes Jesús aplaude: «Te felicito, siervo bueno y fiel; has sido puesto a trabajar unos talentos; te confiaré mucho más. Eres parte de mi alegría».

            En esto consiste el aumento de los talentos que Dios nos confía: ellos crecen en valor, sin que nosotros nos damos cuenta, se desbordan, a veces incluso a pesar de nuestra torpeza y debilidad, pero bajo una condición: por la gracia recibida y compartida, Dios felicitará a su siervo bueno: «Has sido fiel con los talentos que te he prestado; ahora te encargaré mucho más. Tienes patrimonio en mi alegría». Generosidad sorprendente de Dios, contraria a la economía del siglo, siempre mayor de lo que esperamos, sin proporción a nuestras obras modestas.

            Con una parábola Jesús enseña a valorar su gracia; fue una lección dura para el tercer servidor, a quien le fue mal en el encargo de su talento. Por un lado, él tenía menos que temer que los primeros dos, pues, se le había encargado solo un talento. Pero, por el miedo de no quedarse bien, o por fijarse en las personas que tenían más, no puso lo suyo a trabajar. Tenía miedo de su patrón, al cual describe: «Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo». Su confianza y amistad con el Señor resultaba pobre. Se convirtió en esclavo, temeroso ante su bienhechor, y cuando le devolvió su talento tal cual como lo había recibido, se dio cuenta de su pérdida de la felicidad. Se encontró fuera, en las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de los dientes, rechinar los dientes como en la noche que estamos dormidos, pero nuestra inconciencia, nuestros sueños no nos dejan descansar y pasamos la noche rechinan los dientes y nos despertamos con un dolor de cabeza.

            Este siervo tenía una imagen grotesca de amable Dios, que no le permitía entrar en amistad con él. Tenía miedo. No confiaba en su gracia. Si bien esta gracia se multiplica en el corazón que la acoge y la vive, en el corazón aprehensivo, que se encierra en sí mismo y en su carencia y proyecta a Dios como un patrón cruel, la gracia se vuelve estéril, infecundo.

            Admirable felicidad de la gracia, asombrosa fecundidad de la misericordia, invertida para renovar los corazones, con la única condición de que se entregue a ella, poniendo al lado los temores y viviendo agradecidos. Vivir en la gracia es suficiente para que se duplique el talento que Dios nos presta, ahora diez talentos de los cinco, cuatro de los dos –"Demos gracias a Dios porque él es bueno, porque su gracia es resobrada"–.

           Durante este tiempo en que cosechamos la miel, observamos cómo la abeja maneja la economía. Las abejas viven en comunidad y, como miembros del mismo equipo, salen no durante la noche o en el ventarrón, sino en el día soleado. Se dirigen hacia todas las florecitas y plantas en donde se produce lo dulce. La abeja no se apodera de la flor, no se acapara del néctar para sí misma, sino se posa delicadamente sobre los pétalos y de allí cosecha el néctar que dulcifica la vida. La abeja lleva su talento a la colmena, donde se sirve para la vida de todos. Así de rentable es la economía de la abeja. No existe la abeja miedosa que se niega su programa genético, o la abeja tacaña que amontona la miel para sí misma y rechaza el proyecto del enjambre. Aprendamos algo de ella: volar con dirección, recibir con atención y discreción; dirigirnos hacia la dulzura que Dios nos ofrece y transformarla en el bien para todos.

         Querida Familia de Dios, Hijos e Hijas, así se describe el programa de nuestro bautismo y de la consagración monástica: no guardar el talento para uno mismo. Trabajemos con conciencia los talentos de la gracia y la misericordia, para ser trasformados in persona Christi para la salvación de toda la colmena humana.

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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