Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 29º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 29º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

19 de Octubre del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,15-21):

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Palabra del Señor

 

Homilía :

 

Mateo 22,15-21’20

               Quien acuña una moneda, escribe su nombre y graba su rostro en ella. El dinero siempre es de alguien o algún gobierno. Si lleva la imagen de César, le pertenece a César, se le debe, y él cobra la tarifa. El mismo Jesús no se lo negó, cuando lo pagó con la moneda que salió de la boca de un pez (Mt 17,27). «A César lo que pertenece a César». En tiempos de Jesús, el dinero que vertía en los territorios ocupados de Palestina le pertenece al imperio romano. Utilizar este dinero, aunque fuera del opresor, a los ciudadanos les correspondía ciertos deberes fiscales.

               En el evangelio, a la pregunta de los fariseos sobre los impuestos, la respuesta es obvia, pero Jesús cambia el enfoque. El ser humano no puede servir a dos patrones: Dios y el dinero. Entonces, el asunto que a Jesús le importa no es tanto el impuesto que se debe al César, sino cuánto se debe a Dios. Con la moneda en la mano, pregunta, «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?»; él mira más allá de la moneda con la cara del César, hasta el ser humano en su imagen primigenia, el hombre y la mujer acuñados con la imagen de Dios. Devuelvan al César lo que lleva su imagen, y no descuiden de devolverlo a Dios lo que es suyo.

Y Jesús de Nazaret es la imgen perfecta de Dios en la humanidad. No solo fue hecho a imagen y semejanza de Dios, como el primer Adán y todos sus familiares (Gn 1,26) … el mismo Jesús es la imagen de Dios en su perfección (Col 1,15). Su persona debe haber sido de un atractivo y una nobleza inolvidables; es el resplandor de la gloria de Dios. Para ver a Dios, basta mirar a Jesús, quien en una ocasión dijo, «Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). En Jesús, Dios se puso a nuestro alcance y se acerca a nosotros. Ahora nos toca a nosotros replicar esta imagen divina.

               Querida familia de Dios, respecto a cuestiones fiscales, César no puede remplazar a Jesús en nuestras vidas, aunque la verdad es que nos perturban asuntos del dinero, del poder, lo atractivo del mundo pasajero, los ídolos a los que difícilmente renunciamos. Pagamos impuestos al César, pero a final de cuentas, ni confiamos en el poder absoluto del César ni pensamos que el dinero acuñado a su imagen nos va a salvar. Al ocaso del sol, conocemos dónde depositamos la confianza, a quién entregamos nuestro ser: a Jesús, la moneda preciosa de la humanidad, icono de Dios –por cierto, icono lastimado y maltratado, pero es el único depósito quien se entregó para salvarnos (cf. Gal 2,20)–. Algún día, cada uno de nosotros hará una elección: César o Jesús. A veces, es obvia la mejor opción; más a menudo es incierta y tentativa. Pero nadie que lleva el nombre de cristiano puede evitar la elección entre estos dos, Dios o el dinero; no se puede amar uno sin despreciar al otro –el mismo Jesús lo afirma (Lc 16, 13), «No pueden servir a Dios y al dinero»–. Pero mientras nacimos por la eternidad, vivimos en el mundo material, bajo un gobierno temporal, y debemos impuestos por los dos lados de la frontera. Las cosas del siglo tienen tarifa, mientras el ser humano tiene valor para la vida eterna. Si me dejo absorber por la imagen de César, acabaré asemejándome a César, y en mi persona la imagen de Dios se irá diluyendo poco a poco. Si optamos por Jesús, poco a poco nos irá puliendo su imagen hasta lograr el lustro de su identidad. ¿Qué escribió san Pablo al respecto (2 Co 3,18)? «Todos nosotros … reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor». Imagínate, el resplandor de Dios se refleja en tu persona, en tu rostro. Lo que pertenece a Dios, será devuelto a Dios por toda la eternidad.  Concluyo con un consuelo que se me ocurrió anoche, cuando vi a Jesús con la moneda del César en su mano: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?» Me acordé del Génesis, cuando Dios creó al ser humano, hombre y mujer, y nos acuñó con su imagen. ¿Y la inscripción? El profeta Isaías afirma del pueblo nuevo, pueblo salvado: «Sobre su mano será tatuado, “del Señor”» (Isa 44,5). Querida Hija/Hijo, fíjate en tus manos, ¡miren las manos! Tienen tatuada la inscripción, “del Señor” … y pagamos los impuestos con las obras de estas manos. Luego, el visionario del Apocalipsis nos consuela (3,12): «En el vencedor … escribiré el nombre de mi Dios», un nombre nuevo, para una persona nueva. Es la inscripción acuñada para siempre en el cristiano. Nadie puede borrar lo sagrado de esta propiedad, grabada indeleble por el mismo Señor. 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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