Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 28º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

Volver

Domingo 28º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

12 de Octubre del 2020
por Benedictinos

 Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):

 

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 22,1-14’20

Una parábola nos saca de honda, nos incómoda en lo que dice y lo que no dice de Dios y de nosotros. En la parábola del banquete de bodas, ¿qué hay de la persistente invitación a la fiesta del «Hijo del rey»? Qué hay del maltrato de los siervos, hasta matarlos, y de las tropas que matan a los asesinos y prenden fuego a su ciudad? Y, ¿qué de la segunda invitación, hasta los cruces de caminos, a reunir en el salón a todos, los «malos y buenos»? ¿Y qué significa esto del desafortunado que asistió al banquete sin traje de gala, echado fuera a la oscuridad?

Es una parábola de la Iglesia de Dios, donde se reúnen buenos y malos. No existen exámenes de suficiencia, aptitud para la santidad ni exigencias sociales para entrar. Somos todos invitados. Entonces, ¿qué pasó cuando el anfitrión saludaba a los convidados y encontró a alguien sin traje de fiesta? Lo atan de pies y manos, lo arrojan fuera, a las tinieblas de donde venía, lugar de «llanto y la desesperación». El banquete de los buenos y malos es la Iglesia. No existe la Iglesia pura, sino mestizada, comunión de santos y pecadores, y todos, malos y buenos, asisten, pero con traje de fiesta.

Por otra parte, la parábola se interpreta de un modo personal, como invitación a amar y vivir –para nosotros benedictinos, es el voto de la conversión de costumbres–. Sucede que descuidamos la llamada a la vida plena, que nos llega cuando Dios toca la conciencia y el deseo. La invitación se recibe como una inclinación a entrar en comunión con Dios y alcanzar la vida plena, existencia menos encerrada en uno mismo, pero la voz que nos invita es tan sutil se la puede ignorar. O bien, recibimos la llamada, pero de repente nos distraemos –los propios proyectos, la ambición, las tareas cotidianas–. Se pasa por alto la inquietud del corazón; nos dejamos llevar por la costumbre o el proyecto personal y, como los primeros invitados a la fiesta, golpeamos y matamos a los buenos sentidos. Es el frustrado «Yo» que mata a los siervos que nos invitan a la fiesta. A este frustrado, no le gusta que le sacudan de su comodidad, su enfado o su ambición, que nos lleva hasta la destrucción de nuestra ciudad –la ciudad, ¿una referencia a la familia o a la comunidad donde nos encontramos?­–.

¿Y los sobrevivientes, los que dan vueltas por las calles y los cruces? Son los fragmentos, los restos en nosotros, tan queridos de parte de Dios como nuestras virtudes. Los siervos recorren las plazas, hasta llegar a los sectores de la persona menos dignos. Todas las regiones del alma, toda la historia personal, incluso las zonas secretas –todo está invitado a entrar y convivir con Dios–. Nada ha sido excluido, ni siquiera el mal.

            El evangelio nos consuela: “el banquete se llenó de convidados, malos y buenos». La única condición para asistir a la fiesta es que aceptemos la invitación y que pongamos todo lo que hay en nosotros, lo bruto y lo bello, a la disposición de Dios. ¿Y el traje de gala? Para mí, el vestido es el compromiso de atender la fiesta y ofrecer lo que soy y lo que tengo, aunque parezca poco y ordinario. Si no puedo extirpar el mal, sí puedo conocer y aceptar mi propia contrariedad y revestirla con el manto de la gracia, mirar todo lo que hay en uno mismo, con la mirada benévola y presentármelo así a Dios. Entonces participo en el banquete de bodas con Dios, con traje adecuado. Si descuido o desprecio lo que tengo y lo que soy, me recluyo en las tinieblas de mi interior y no llego a la fiesta. El hacer caso omiso de la invitación se convierte en la oscuridad que me abruma, que me destruya internamente, y la vida se convierte en quejidos y enfado.

            En la parábola, Jesús recalca la persistencia de la gracia frente a todo obstáculo y nos invita a corresponder a la gracia mediante la transformación de pensamientos, en una palabra, nuestro voto de conversión. Jesús retrata la imagen de la Iglesia y de la persona: la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de buenos y malos, de fuertes y débiles, de conscientes e inconscientes. Igual que la Iglesia, también el ser humano es complejo, y sufre sus contradicciones. En la persona está el bien y el mal, la luz y la sombra, la disponibilidad y la desobediencia. Jesús nos exhorta a tomar conciencia de lo que somos y nos anima a revestirnos con traje de fiesta, la vestidura del amor y la gracia de Dios. De lo contrario, la fiesta se convierte en lamento y desilusión.

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

Volver