Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 17º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 17º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

27 de Julio del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,44-52):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos le contestaron: «Sí.»

Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 13,44-52’20 (1 Re 3,5.7-12)

 

Palabras grabadas en el interior del judío Jesús, «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno» (Dt 6,4); palabras resonantes en la vida del monje: «Escucha, hijo, los preceptos del Maestro e inclina el oído de tu corazón» (RB prol.). Se piensa en las orejas y los oídos en la cabeza, pero san Benito aplica la extraña figura a la vida interior del cristiano: «…inclina el oído del corazón».

La escena del libro de los Reyes (1ª lectura) llama la atencion. El jóven rey Salomón está durmiendo en el santuario; Dios se dirige a él en sueños: «Salomón, pideme lo que quieres, y yo te lo daré». Y tú, amado cristiano, querido monje, en semejante entrevista con amable Dios, ¿qué le pedirás? ¿Una vida larga y cómoda? ¿Agradables amistades? ¿O tal vez la derrota de los que hablan mal de tí?

Extraño destino, el del Rey Salomón. Desde su juventud recibió, junto con el gobierno del estado, todo lo que una persona podría desear: riqueza, inteligencia, honor y poder. El mismo Jesús elogia a «Salomón en todo su esplendor», como modelo de éxito y sabiduría. Pero, ¿qué hay del resto de la historia? Al final de su vida, a pesar de su gran sabiduría y celebridad, se dejó seducir por los ídolos, y su reino se acabó dividido. Repasamos su historia que nos desconcierta, y me pregunto: ¿Por qué salió mal este hombre que había recibido tanto? Todos los bienes del nacimiento y la amistad con Dios, ¿cómo llegó a perder todo?

De alguna forma Jesús se dirige a esta cuestión. En las parábolas del Reino señala lo que le faltaba a Salomón. Tanto quien descubre el tesoro escondido en el campo como el comerciante que encuentra la perla finísima venden todos sus bienes para conseguir este tesoro singular. Su riqueza no consiste en lo que ya poseen, en lo que han alcanzado en la vida, en lo que se creen de sí mismos, sino su tesoro es su búsqueda, su esperanza, su deseo, y lo adquiere como el «tesoro escondido en un campo», como «la perla valiosísima»! (Recuerda que nuestro padre san Benito legisla que el requisito para la vida monástica es si «de verdad [el aspirante] busca a Dios».

San Pablo lo resume de un modo admirable cuando escribe a los romanos (2ª lectura): «Hermanos: Ya sabemos que todo contribuye para bien de los que aman a Dios, de aquellos que han sido llamados por él» (Rom 8,28). El rey Salomón, en todo su esplendor, desatendió su deseo y el don de Dios, se adulteró en su “buen celo que separa de los vicios y conduce a Dios y la vida eterna» (RB 72). Por su parte, san Pablo supo responder, en todo lo que le sucedió, a esta invitación que Dios extiende a todos los que lo aman: buscar siempre, sin acomodarse, sin detenerse con los logros pasajeros, sin escatimar la compra del campo del tesoro y la perla preciosa.

Porque no es tan obvio seguir buscando el tesoro escondido en el campo o la perla de gran precio, cuando el horizonte de la vida parece bloqueado, sin esperanza de gran cambio, o bien nos acomodamos donde estemos, saciados y satisfechos. Nuestra vida –incluso la búsqueda monástica– puede llegar a parecer tremendamente aburrida o simplemente rutinaria, hasta el punto de que ya no se valore el tesoro conseguido, ya no lo creemos, dejamos de apreciar su belleza.

Pero Jesús lo repetirá una y otra vez: «¡El reino de Dios está aquí entre ustedes, dentro de ustedes!» ¡La perla de gran precio, el inesperado tesoro escondido, está en nosotros! Dios lo enterró en el interior de cada persona, y de cada monje. A pesar de todo que podamos acumular –inteligencia, conocimiento, placer y poder, cosas y éxito– que nada ni nadie desvalore esta búsqueda enterrada en su propio ser. Somos creados para más de toda adquisición, somos destinados a la amistad eterna con amable Dios. ¿Existe algo mejor?

Volvamos a Salomón en el santuario, donde Dios le dijo: «Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré». El joven rey miró más allá de todo logro temporal, y pidió un … leb šômea‘. ¿ leb šômea‘ ? Lo que se traduce como «sabiduría de corazón», en hebreo es, literalmente, «el corazón que escucha» o «un corazón escuchante». ¿Para qué? Se requiere un leb šômea‘ para dejarnos atraer por el plan de Dios quien nos busca. ¡Interesante, lo que el joven Salomón pidió es la primera palabra del credo de Israel, y es el inicial de la regla benedictina cristiana: «Escucha, hijo e hija, … e inclina el oído de tu corazón». La perla única del Reino de los cielos, el tesoro escondido en el campo del corazón está en la escucha, el leb šômea‘, el corazón que sepa escuchar. ¿Nos conviene vender todo, invertir todo, para adquirir esta singular adquisición?

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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