Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 15º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 15º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

13 de Julio del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-23):

 

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 

Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 13,1-23’20

En la parábola del sembrador –la tierra dura del camino, el pedregal, el suelo enredado con raíces de maleza y la tierra buena—, todo se da en abundancia. A pesar de la calidad del terreno, el sol de mediodía y la lluvia de sobra, se esparce la semilla, sin pensar en qué sería la aptitud del suelo receptor. Dios no escatima los recursos en la siembra; extiende su gracia sin calcular, esparce a los cuatro vientos en nuestra alma. ¿A Jesús le interesa la agricultura? O bien, ¿la alma-cultura?

            Cualquier resistencia, no es por falta del don de Dios, sino por la condición del corazón receptor. La Palabra de Dios se siembra, se desperdicia, la gracia se derrocha; el mismo suelo la recibe o no la recibe. Jesús recalca las diversas condiciones en el corazón. Para que brote un tallo, el grano requiere ciertas condiciones, y los peligros que le amenazan son múltiples –la dureza del tepetate, el sol, los pájaros, la maleza, son todas condiciones en el suelo, y en el corazón.

            En seguida de la parábola, Jesús se refiere a quienes escuchan sin comprender, a quienes miran sin ver, a corazones entumecidos, ojos cerrados y oídos tapados. Señala la resistencia del mismo receptor a la Palabra. El impedimento no es Dios, que sigue dando en exceso y no se cansa, sino la persona que cierra el oído del corazón, se niega a escuchar y resiste la gracia.

            Con esta parábola Jesús pone el dedo en nuestra llaga. Amable Dios esparce sus dones sin cansarse, sin agotarlos y sin fijarse en el desgaste o el desperdicio; somos nosotros quienes nos volvemos sordos e impermeables a su Palabra. Dios habla, pero no miramos o oímos más allá de lo acostumbrado. Jesús derrocha todo lo que nos hace falta, para que demos fruto, pero la dureza del corazón resiste sus dones.

            El creyente o el monje se aburren de las cosas de Dios; a veces resistimos la conversión y las buenas obras. El buen celo se marchita frente a las relaciones fraternas, la lejanía del superior y las contradicciones en el propio corazón. Aún más, el ruido y ajetreo de nuestro siglo, y la herida en la propia historia asfixian todo deseo de avanzar en la vida interior.

            Para crecer y producir fruto, la semilla del evangelio requiere un terreno desbrozado de la maleza de la sensibilidad, cultivado por el arado de la paciencia, abonado por la oración, fecundado por las obras de la caridad. A la palabra de Dios le hace falta el tiempo y el silencio para hundir sus raíces en el humus del corazón y brotar su tallo verde hacia el cielo.

            Amados hijos, Jesús nos invita a oír, escuchar y comprender; nos ofrece la gracia, pero aun así, a veces la gracia descansa en almas que la resisten, el suelo pedregoso, la parcela endurecida. La vida interior no es un curso virtual, “a distancia”, para el crecimiento en la fe; no es un privilegio reservado a algunos monjes especialistas, retirados de la plaza comercial. Todos somos invitados a beber de las aguas profundas, a recibir, abonar, cuidar y dejar madurar la Palabra de Dios; san Pablo nos alienta a alzar la vista y mirar más allá, porque (Rom 8,18), “los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros”, porque (Rom 8,23), “gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.  Pablo nos alienta a volvernos la tierra fértil donde la semilla eche sus raíces y da su fruto: “unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta”.

            Concluyo con una parábola. Primer acto: el sembrador sale a sembrar y arroja la semilla a los cuatro vientos del corazón. Segundo acto: el sembrador sale a sembrar de nuevo y esparce su semilla a los cuatro vientos. Tercer acto: sale a sembrar, y al sembrar, arroja la semilla a los cuatro vientos. ¿Cómo se llama la obra? La gracia de Dios. ¿Qué significa? El sembrador no deja de sembrar y esparcir la semilla en todas partes; así la gracia no deja de ser un don gratuito. En la noche, mientras el sembrador duerme, alguien viene y cosecha los abundantes frutos, unos el ciento por uno, otros el sesenta y otros el treinta por cada semilla. Al día siguiente el amable sembrador se levanta y sale a arrojar toda su semilla, y mientras siembra, con una mirada de complicidad, se sonríe consigo mismo; el amable sembrador se dice a sí mismo, ¡Cómo ansío el día en que la tierra deje de resistir las atenciones para que produzca frutos, hermosos sabrosos y abundantes –treinta, sesenta, ciento por uno!

 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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