Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 14º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

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Domingo 14º del Tiempo Ordinario - Ciclo A - 2020

13 de Julio del 2020
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor 

Homilía: 

Mateo 11,25-30’20 (Zac 9,9-10; Rm 8,9.11-13)

Dios nos buscaJesús conoció bien la historia del general del ejército sirio, que fue curado de su lepra por el profeta Eliseo (2 Re 5). Este célebre hombre, Naamán, había llegado desde lejos, esperando una curación espectacular, y el profeta ni siquiera salió a su encuentro. Eliseo envió a su acólito al general con el recado que, para curarse, se bañe en el cercano, humilde Río Jordán. Para el imponente oficial Naamán esta receta médica era demasiado sencilla –¿humillante? –; se marchó resentido, pero sus compañeros lo detuvieron: “Si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, ¿no lo hubieras hecho? Cuánto más cuando él te diga: Báñate en las aguas humildes y quedarás limpio”.

¿No parecemos nosotros al gran Naamán, quien se negó a ser curado porque la curación era demasiado simple? Ahora, Jesús nos invita a emprender el camino de la sencillez que recorre la historia del encuentro entre Dios y su pueblo. Un detalle asombroso de la teología es la sencillez, la increíble humildad en la que se oculta la amistad con Dios, y que Jesús recalca en el evangelio: “¡has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!”Nosotros, monjes y cristianos, buscamos a Dios escondido, pero aun los primeros pasos en la vida monástica nos enseñan que no vamos a descubrir a Dios en los altos de los sueños o en las prácticas extraordinarias. A fin de cuentas, descubrimos a Dios donde no lo esperamos, el lo cotidiano, en lo humilde y sencillez de todos los días. Si nos quedamos con la idea de que Dios es inaccesible y sus juicios insondables, olvidamos que se debe su grandeza a su impresionante humildad. El profeta Zacarías nos recuerda: “¡Alégrate sobremanera, hija de Sión … mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito!” El omnipotente y eterno Dios nos sorprende con su humildad. Y en lugar de esperar a que nosotros salgamos a buscarlo, es él quien toma la iniciativa y viene al encuentro; es él quien se pone en marcha para buscar la oveja perdida o velar por el hijo pródigo. Amable Dios es quien mueve todo en la casa hasta que encuentra la moneda perdida. Dios nos busca, aun antes que nosotros nos ponemos a buscarlo.

En el camino monástico se habla mucho de la búsqueda de Dios. Pero, a veces olvidamos que en primer lugar es Dios quien nos busca, como un padre o una madre a su hijo e hija. A veces nos hace falta la conciencia de un niño quien se esconde o se aleja para ser encontrado. Porque en la vida espiritual no es Dios quien pone obstáculos a nuestro encuentro, sino nosotros mismos que, de alguna forma, resistimos el encuentro, mientras lo esperamos. Nos gustaría que Dios nos concediera encuentros sensibles y milagrosos. Pero nuestros proyectos a veces ignoran la exhortación de san Pablo (Rom 8,9): “Ustedes no viven conforme al desorden egoísta del hombre, sino conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita en ustedes”. El error en la búsqueda de la santidad no es Dios, sino el ser humano, cada persona, cuando buscamos a Dios en otro lugar sin darnos cuenta de que Dios siempre está presente, al lado, en lo ordinario, en la sencillez, la humilde cotidianidad.

Recuerdo un día cuando Dios, omnipotente y eterno, se transformó en una tortilla hecha a mano. Era mediodía, con el sol abrasando la tierra y recortando la paciencia de los monjes; en el aire se sentía la tensión, el roce entre dos hermanos, la incertidumbre del covid, las preocupaciones y los prejuicios siempre a la puerta, piques y envidias palpables; hasta se olía mal el aire. El hermano cocinero puso la harina en una bandeja, añadió agua, amasó la harina hasta que la masa se puso suavecita; agarró de la masa blandita e hizo bolitas, dándolas palmaditas, hasta que salía tortillas una tras otra, que las ponía en el comal, las volteaba una y otra vez para que se cuezan bien los dos lados. Algunas al terminar de cocer se inflaban. En nuestros corazones sucedió el humilde milagro de lo ordinario, cuando levantó las primeras tortillas del comal y, por el rico olor adelantado, todo se iba transformando, con sal, poquita salsita o frijol frito en la mordida de tortilla calientita. Recuerdo bien aquel día cuando Dios, omnipotente y eterno, se volvió una tortilla hecha a mano, y con su sencillez convirtió toda nuestra complejidad en limpia alegría. 

R.P. Konrad Schaefer O.S.B.

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