Monasterio Benedictinos Cuernavaca

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

09 de Septiembre del 2018
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):



En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»



Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Marcos 7,31-37’18 [Is 35,4-7; Sant 2,1-5]

¿Quién es este sordo del evangelio? ¿Quién es aquel que vivía privado de sonido, robado de la Palabra de Dios en el oído y en la boca? A tientas conversamos con ella, entablamos su amistad, pues requiere esfuerzo y paciencia romper la barrera del sonido con respecto a una discapacidad auditiva. Por no sentirse aislada o marginada, el sordo intenta entrar en la «chorcha», pero nos incomoda repetir las cosas dos o tres veces y nunca estar seguros de haber sido comprendido. A veces la conversación salta de un tema a otro, porque el sordo no oye lo dicho, o bien lo compone a su manera.

            Pero la sordera va más allá del oído que no funcione. ¡Cuántas veces en el diálogo o en los medios cibernéticos, no se logra la comprensión! La elocuencia del trasmisor no alcanza el oído del corazón con la misma facilidad que sale de la boca o del teclado. Tanto la sensibilidad como la inteligencia tienen sus filtros. El ser humano nace sordo al sentido de las palabras, torpe al hablar, y luego, con el paso del tiempo, de la boca salen cosas que no queremos decir, que alargan distancias en lugar de construir puentes; en este sentido, somos tartamudos.

La facilidad de la comunicación está en nuestras manos, hasta donde llegan recados y noticias de todo tipo en la telecomunicación; aun en los momentos de recogimiento y oración se puede recibir las últimas llamadas y mensajes por el sistema digital y las redes sociales. Con la técnica, se puede hurgar en los dramas más íntimas de las personas. Hace algunos meses el papa Francisco comentó al respecto, y advirtió acerca de la difusion de noticias falsas –«fake news»–en el periodismo y la desinformacion y la distorsion de la verdad, que tiene efectos peligrosos para una sociedad cada vez más sorda a la verdad y a la Palabra de Dios. ¿Y el tartamudeo? Equivale al abuso de los medios de comunicación, es la distorsión de la verdad al comunicarse; el tartamudeo es el chisme, que consiste en repetir sonidos, pero que con dificultad avanza la comunicación de verdad. Me pregunto, ¿quién es aquel sordo y tartamudo que Jesús atiende?

Como médico discreto y atento, que lo aparta de la multitud. No cruza palabra con el sordo, sino comunica con gestos elocuentes: Le metió los dedos en los oídos y, escupiendo [πτύω aor prt, πτύσας], le tocó la lengua –gestos que miman un diálogo con el afligido, una especie de lenguaje de señas–. Pero hay más: Jesús, alzando la vista hacia arriba, suspiró y dijo: Effetá, «¡Ábrete!», y se le abrieron los oídos, se le soltó el freno en la lengua y empezó a hablar correctamente. Esta curación señala una sordera más peligrosa que la física.

            El profeta Isaías anuncia una admirable transformación, una curación de nuestra sociedad afligida. Habla de un desierto donde torrentes de agua fecundan y transforman la vida; anuncia el alcance de la luz a los ojos ciegos, fuerzas atléticas a las piernas que no pueden caminar seguras, música a los oídos tupidos y canciones a la boca muda. Despliega la transformación de nuestra realidad estancada, resistente al cambio. Esta profecía anticipa lo que hace Jesús. Él y sus discípulos recorren Galilea, predicando el evangelio, expulsando a demonios y curando a enfermos. Al parecer, esta región no presenta obstáculo al evangelio. Pero en una ocasión Jesús se apartó de su país natal y penetró zonas remotas. Hasta los nombres propios indican un territorio pagano, sordo al evangelio. Atravesó la región de Tiro, pasó por Sidón, llegó hasta el territorio del Decápolis –regiones donde florece la cultura y la idolatría–. En aquella comarca adversa se topó con una pagana, una sirofenicia, que le suplicaba que exorcizara a su hija. Ahí donde la siembra del evangelio hubiera sido difícil, Jesús encontró al sordo y tartamudo. Luego, ahí, Jesús va a ofrecer de comer de unos siete panes a cuatro mil comensales.

            ¿Quién es el sordo que tartamudea? Es el pagano que no abre sus oídos para escuchar la Palabra de Dios, ni mueve la boca para pronunciarla. Por sus propios esfuerzos, no se presenta a Jesús; era necesario que otras personas se lo llevaran y le suplicaran que lo impusiera las manos. Por su parte, Jesús lo apartó de la gente. Abre sus oídos y le suelta el freno del hablar. Aquel día la gracia llegó hasta la región lejos de su alcance. Puede ser un lugar en la sociedad actual que es impermeable al evangelio y el mensaje de la Paz y la reconciliación.

            También existe una región en el corazón que es ajena al evangelio, se opone a la gracia y se resiste a la conversión. Los síntomas son la sordera, la ceguera, la parálisis teologal –toda condición que evidencia que la luz del evangelio aun no penetra aquella tierra de sombras–. La gracia de Dios entra hasta las regiones más escabrosas, abre el oído del corazón más tupido, suelta la lengua de los más alejados. Para acercarnos a Dios, deseamos abrir aquellos espacios difíciles de acceder. En la búsqueda de la vida sana, dejemos que la gracia nos lleve y nos presente a Jesús, aun en las áreas resistentes a la conversión.

            Para realizar este cambio en la propia vida, conviene replicar la acción de Jesús con el sordo: entrar en contacto con una comunidad de fe –fue ella que presentó al afligido a Jesús–. Conviene permitir que el mismo Jesús nos aparte de la gente, y ahí nos restaura con gestos reminiscentes de la creación del primer ser humano. Así como Dios formó el hombre con su tacto, él pone su dedo en el oído, escupe y toca la lengua. Así como prestó su respiración al ser humano en el Génesis, suspira y nos presta su Espíritu; así como Dios altísimo y eterno se comunicó con la creatura de barro, Jesús alzó la vista para interceder por nosotros. La curación de nuestra sordera y tartamudeo es una réplica de la primera creación. Es la curación de aquellas regiones de nuestra persona que son difíciles de acceder con la gracia. Cada ser humano, cada cristiano católico y cada monje confiesa lo terco del propio carácter resistente al cambio; pero Dios paciente espera el encuentro y realiza la curación, la conversión de su criatura a su imagen y semejanza.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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