Monasterio Benedictinos Cuernavaca

San Benito Abad

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San Benito Abad

15 de Julio del 2018
por Benedictinos

Homilìa: 

San Benito’18

            Hace un año festejamos la solemnidad de San Benito. También hace 2 años, hace 3. Para ti, ¿cuántos años festejamos esta fiesta? Yo tengo 45 años desde el noviciado. Les confieso, tengo pena conmigo mismo, y me da tristeza. Siento que celebro la fiesta de la misma manera, con las mismas actitudes y fallas que el año pasado. Recuerdo la primera vez, como novicio, apenas al umbral de la comunidad, con cuánta ilusión entré en la fiesta. ¡Qué pena ahora!, la verdad. Cuánto tiempo ha pasado, y sigo celebrando con la misma actitud, el mismo corazón, el mismo genio defectuoso, la misma resistencia a la llamada de Dios, la misma terquedad frente a la conversión de costumbres. Temo que, pues, soy lo mismo que hace un año, o hace dos años, o hace diez, y me da vergüenza, es más, me da temor. ¿Habrá fiesta en el cielo por este pecador que no se convierte?

            ¿A qué se debe esta resistencia a la conversión de vida? Nombro el “pecado original” –no hablo de una definición oficial –aquel atasco en el ser humano que sostiene las cosas en su estado primitivo; parece una fuerza de gravedad que frustra todo avance hacia la santidad. Ayer en la oficina llamamos a Telmex para que manden un técnico para reconfigurar el modem del Internet que fallaba. ¿Ojalá que hubiera este servicio para el corazón humano que falle! Cada uno de nosotros experimentamos los efectos del pecado original en la vida. ¿La resistencia a la conversión de costumbres? Posiblemente hay algo ahí.

            Pero puede ser aun más nefasto. ¡Se espera que los intentos al inicio de un nuevo comienzo sean capaces de romper el molde viejo—ah!, por fin, vence el mal genio, o una tendencia malsana, un pecado consentido—. Imaginamos una empresa o un gobierno, con los desafíos y obstáculos de todo tipo. Llega un nuevo jefe – tal vez importado o reciclado – y él actúa como con la proverbial higuera, y pide “Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto” (Lc 13,8-9). Por un tiempo aparece que las cosas andan de una forma distinta, pero, poco a poco, las mismas grietas de ineficiencia y decadencia se manifiestan, hasta el nuevo jefe – o no tan nuevo – se ahoga en las mismas aguas de siempre.

            ¿Qué sugiero con esto? ¿Que somos irremediablemente condicionados a lo de ayer o a lo del año pasado, que, a pesar de los mejores esfuerzos, no podemos rellenar los baches donde siempre caemos – que no va a haber gran diferencia entre nuestra fiesta de San Benito este año del año pasado? No me atrevo a afirmar esto. Tan simple, percibo que hay “algo” en el corazón, o en las cosas, o en el mundo, que se opone a la conversión y al crecimiento, y que este “algo” no nos deja libres para avanzar hacia la conversión. El “pecado original” es más refinado y más tramposo que la propia capacidad de superarnos y siempre entra la vida humana para engañarnos.

Pero no todo son malas noticias. En mi opinión, hay una sola cosa que posibilita un avance, que nos libraría de la vieja rutina. Se llama la gracia, que va más allá de nuestra comprensión. ¿Cosa? Confieso, si soy honesto, que hay algo dentro de mí que una y otra vez, frustra y luego cancela mis mejores ilusiones y proyectos. Y lo que veo en mí, comparto con otras personas. No sé a qué se debe – tal vez tenga un sabor diferente en cada persona –. Y el mero darnos cuenta que exista esta resistencia o este desfalco no me da las herramientas de vencer. La única solución es abrirnos a la gracia que sobrepasa la comprensión – una gracia que, como cristianos, invocamos y recibimos, pero no comprendemos –. Las expresiones "Si Dios permite", "Si Dios permite”, “Jesús, dame un corazón parecido a tu" y "Hágase en mí según tu voluntad", son algunas maneras de verbalizar esta gracia.

¿Cómo abrirnos a la gracia? Ojalá pudiéramos llama al “TelMexEnElCielo” para que envíen un ángel-técnico para reconfigurar la clave en nuestro programa de vida. Pero no es tan fácil. Primero, sí, hay que pedir con recta intención, y hasta con insistencia, y, segundo, trabajar con la gracia recibida, a someterme a ella como la masa se somete a la penetración de la levadura, o la uva a la fermentación, hasta que surja su efecto y finalmente, increíblemente, somos nuevos – ¡bueno no tan nuevos, pero, por lo menos, no tan estancados! –.

Pienso que sólo puede ser así. Llegamos a una cierta edad y se reconoce que, por sí misma, la persona está programada a repetir los mismos errores, su persona ya está echa. Sólo un poder que viene de lo alto – lo que llamamos la gracia – tiene la fuerza suficiente para reconfigurar lo que necesita ser cambiado y que supera nuestros esfuerzos y capacidad de cambiar. Pedir la gracia – esta es la parte fácil. La bronca, más bien, es aguantar la gracia. ¿Pero “aguantar” la gracia – la dulce, suave, sabrosa gracia? (No te pases, Conradito precioso, ya caíste en la herejía sobre el pecado original, ¿y ahora vas a atacar el dogma de la gracia?) Sí, yo digo, aguantar la gracia, porque, respecto a nuestra conversión y a causa del amor infalible que Dios nos tiene, la gracia va a ser despiadada. La gracia va a crecer en nosotros como una inquietud, un enfado, un rechazo frente a aquel enemigo interior, aquel “pecado original” que me atora en la conversión. La gracia que pedimos del amable Dios conspira con los propios esfuerzos para luchar contra nuestro viejo ser. ¿Te va a doler? Por supuesto. Nos duele, porque, como dice la carta a los hebreos, esta gracia “penetra hasta dividir alma y espíritu, articulaciones y medula" (Heb 4,12). Es allí, en la misteriosa tierra de sombras de nuestro carácter, donde habita el pecado que se opone a la gracia y que mantiene pequeña, triste y cortada nuestra vida. Es allí hacia donde se dirige la gracia de Dios, y sale victoriosa – si se lo permite. La gracia es el ángel técnico que manda Dios para detectar la falla y reconfigurar la clave para nuestra restauración. Y nuestro “sí” a esta gracia – y el “sí” constantemente renovado – es, para el monje, la indispensable cuota para llegar a la conversión de costumbres.

Nosotros aquí en el monasterio tenemos la suerte de ser atendidos por una dentista, tal vez la más delicada en el mundo. En mis dos visitas con la doctora, su continua preocupación era no causar más que el mínimo dolor necesario. “¿Le duele? ¿Le duele aquí? … ¿Y este diente, le duele mucho? … ¿No duele? … Sólo un poco o más que un poco?" De verdad, nuestra suerte es excelente, porque tenemos una dentista delicada; pero tenemos un Dios no tan delicado. Sí, es amable, pero insistente, y lucha incansablemente hasta matar el vestigio del “pecado original” que nos jala hacia la muerte en vida.

¿Y entonces? Vuelvo a la celebración de hoy, San Benito. Pienso en la cuarta dieta que promete ponerme en condición; pienso en el tercer o cuarto curso que tomo para aprender un idioma; pienso en el tercer o cuarto intento de integrarme en una comunidad, o, una vez en la comunidad, en mis pobres aspiraciones para reconfigurarme con Cristo. Una vez que el vinagre del amor divino, respondiendo a nuestra petición, disuelve aquella piedrecilla en el corazón resistente que arruina todo, la vida se vuelve diferente, realmente distinta. No somos más programados a vivir siempre de falsas esperanzas. Con la gracia, se logra la libertad de la esclavitud del círculo cerrado de nuestro error. Ahora en la fiesta de nuestro santo Patrón Benito, pedimos la gracia de la conversión de costumbres. En el fondo es lo que pido para cada uno de ustedes, hijos y hermanos.

Querido hijito, amada hijita, te invito a pecar … bueno, déjame explicar. No pecar con timidez, sino pecar con su bellísima contraria, el atrevimiento: atrévete a pedir la gracia de la conversión, y pedir además la fuerza de responder a la gracia recibida, con intenciones, obras y palabras. Si ponemos de nuestra parte junto con la gracia que Dios nos ofrece, estamos seguros de que, dentro de un año, la celebración de San Benito no va a ser lo mismo de este año y los años atrás. Son los mejores deseos que pido a Dios para ti – y para mí – en esta celebración.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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