Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de Pentecostés - 2018

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Domingo de Pentecostés - 2018

20 de Mayo del 2018
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor

 

HOMILÍA:

 

Pentecostés’18

Hoy festejamos el éxito de una cirugía maravillosa en la historia humana. No es un trasplante de riñón o de corazón; no se requiere una donación de sangre o de plaquetas; y no es una prótesis en la rodilla y menos una cirugía plástica. Ahora en Pentecostés festejamos una intervención singular en la humanidad, una operación que nos alarga la vida para la eternidad—la donación del Espíritu de Dios—. El cirujano divino, con atención experta y entrañable, diseñó esta inaudita operación para salvar la vida de su amado paciente: un trasplante de la respiración de su criatura y, más, la donación de su propio Espíritu a la desahuciada creatura. El médico divino sabía que, desde la Encarnación del Hijo de Dios, en el pulso del corazón humano late también el corazón de Dios; desde la gloriosa Resurrección del Hijo, lo que siente la creatura en el tiempo, lo siente Dios en la eternidad; desde la Ascensión del Hijo a la diestra del Padre, la dignidad humana—los afectos, pensamientos y la voluntad—se eleva y está reclamada para la eternidad. Pero, aun así, el paciente que vive todavía en el tiempo se asfixiaba; nos faltaba el Espíritu de Dios aquí en la tierra, en lo cotidiano. Es el tercer misterio glorioso del santo rosario: la donación del Espíritu Santo en la vida actual.

            Amadas y amables Hijas e Hijos, sin el don del Espíritu Santo nuestra existencia, nuestras ilusiones e incluso nuestro dolor no tendrían valor trascendente; sin el Espíritu de Dios la tristeza se enreda en sí misma y la muerte se vuelve el punto y aparte en la sentencia de nuestra vida. Antes del don del Espíritu Santo, perdonados éramos, pero sin las fuerzas para perdonarnos los unos a los otros. Sin el Espíritu Santo nuestra fe en Jesús se hace algo funcional, una convivencia social, una pedantería razonable, un elenco de conjeturas interesantes, pero nada convincentes. Sin el don de Pentecostés, el bien amado Jesús no sería más que una celebridad entre tantas, un “cuate” encantador pero nada cercano, y nosotros no pasaríamos de ser un grupo de admiradores detrás de un astro fugaz. Pero la víspera de su muerte, el bien amado Hijo del Padre eterno nos prometió el Espíritu de la verdad, que nos guia hacia la verdad plena; nos infunde con su propio aliento y desde entonces, con su propio Espíritu injertado en nuestra vida, además de la plenitud de los dones, nos da sus frutos los cuales señala san Pablo: “el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la humildad y el dominio de sí mismo” (Gal 5,22-23).

            Ahora, con la donación del Espíritu alcanzamos una nueva etapa en nuestra existencia: la vida cotidiana ya no es ordinaria, por ser infundida con la vida trascendental del amable Dios. Con este don con sus frutos, la muerte—y las pequeñas y grandes muertes a lo largo de la vida— se vuelven una puerta abierta a la vida sin fin. La chispa que encendió la creación nos tocó, el suave aliento de la eternidad se injertó en nuestra existencia: desde entonces, un amor infinito habita nuestra pequeñez, nos vitaliza y respira en nuestro día sin atardecer.

            Amadas y Amables Hijas e Hijos, Les propongo un ejercicio para esta fiesta de Pentecostés. Toma una respiración profunda; llena tus pulmones con oxígeno. Ahora, guarda todo este oxígeno solo para ti; no lo compartas con nadie . . . Pues . . ., no podemos. La respiración que haces no te pertenece; es un préstamo; pertenece a todos por igual. Conservar el oxígeno solo para uno mismo sería una locura, y además, retener la respiración durante largo tiempo resultará en la muerte. De un modo análogo, ahora, recibe el don del Espíritu Santo; toma en tu corazón la plenitud de los dones del Espíritu, y guarda sus frutos solo para ti mismo, para tu persona. Recibe en tu ser, en tu vida bautismal, “el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la amabilidad, la bondad, la fidelidad, la humildad y el dominio de sí mismo”—es todo tuyo—. Pero, ¿para qué sirve?, si no es para compartir con los demás, en primer lugar con tu familia, con tu comunidad monástica, con las personas en torno. Hoy, queridos Hijos e Hijas, conmemoramos el don del Espíritu Santo en la vida real, en el mundo actual. Con tantas corrientes que nos pueden estropear la fe cristiana y las buenas obras, la familia y la paz, respiremos el Espíritu Santo injerto en nosotros y hagamos evidentes sus frutos con nuestra voz y nuestro mundo actual. Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos … Concede a nosotros que ponemos en ti nuestra confianza tus siete dones que dan fruto y favorecen la vida feliz en el mundo de hoy.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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