Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo de la Ascensión del Señor - Ciclo B

Volver

 Domingo de la Ascensión del Señor - Ciclo B

13 de Mayo del 2018
por Benedictinos

Del santo evangelio según san Marcos (16,15-20):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en m¡ nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor

 

 

HOMILÍA:

 

 

Marcos 16,15-20, Ascensión ‘18

En la capilla del monasterio de la Ascensión del Señor [en el Monte de los Olivos], el icono retrata el misterio en dos niveles. En la parte terrenal están los apóstoles, alborotados, agitados, todos mirando hacia el cielo. Dos ángeles al lado se dirigen a ellos: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?” Ocupando la parte superior del icono está Cristo glorioso, sentado sobre una sede, su mano derecha elevada en bendición; en la mano izquierda presenta un libro, la sabiduría eterna. El que contempla el icono, no sabe si Jesús está sube o baja. ¿Los apóstoles están perturbados y temerosos porque Jesús se aleja de ellos y toma su asiento a la derecha del Padre?, o bien, ¿están asombrados, alegres ahora que Jesús vuelve hacia nosotros en la tierra?

            Entre las dos escenas, la de abajo con los apóstoles asombrados y la de arriba con Cristo glorificado, una nube marca la frontera entre tierra y cielo. En la iconografía, la nube es un mueble cósmico/meteorológico que revela una presencia y a la vez guarda su misterio. Acuérdense de la nube del éxodo o la de la transfiguración que ocultan la esencia de Dios, mientras demuestran que él está presente; fíjense en el uso de la nube del incienso en la liturgia, que señala la presencia de Dios – ¡Dios está aquí! – pero, a la vez, el incienso oculta su esencia. La nube anuncia a Dios existente, glorioso, mientras guarda su misterio. Un detalle curioso del icono de la Ascensión: desde debajo de la nube asoman dos pies. Los discípulos, que se asombran del misterio de la Ascensión de Jesús, a la vez miran sus pies.

Me recuerda el final del evangelio (Marcos), la última instrucción de Jesús a sus discípulos y a nosotros: nos encarga de arrojar demonios en su nombre, hablar nuevas lenguas, imponer las manos para curar a los enfermos, y coger en las manos las serpientes – símbolo de nuestra capacidad de dominar las tentaciones –. En el misterio de la Ascensión, Jesús, subido al cielo y glorioso, deja sus pies en la tierra. Donde caminaba Jesús, ahora nos toca caminar. Ahora es nuestro turno de andar como y donde Jesús caminaba, realizar lo que Jesús hacía, hablar como Jesús hablaba, con el mismo dominio sobre el mal, con la misma eficacia frente al mundo enfermo y confuso en sus lenguas. Jesús, nuestra cabeza, que es el ser humano por fin realizado en nuestra plena dignidad, nos bendice, y nos encomienda su tarea aquí en la tierra. Y nosotros, su cuerpo, nos volvemos sus pies al recorrer la tierra y dejar huella de la presencia de nuestra dignidad alcanzado en Cristo dondequiera que estemos.

            Cuando el Hijo de Dios bajó hasta nosotros en su Encarnación, no dejó el cielo; tampoco después de su Resurrección de la muerte nos abandona cuando subió al cielo. Jesús, nuestro hermano mayor, está en el cielo, mientras aún permanece con nosotros aquí y ahora en la vida cotidiana; de igual manera nosotros, habitando la tierra, estamos con él quien se identifica con nosotros en la búsqueda de la dignidad humana alcanzada en la Pascua; como su cuerpo, dejamos la huella de la dignidad alcanzada en Cristo, aquí en la tierra, por la caridad, la compasión, y nuestras obras de fe en Cristo. Del mismo modo que Jesús alcanzó la perfección humana en los corazones sin alejarse de su Iglesia, nosotros vivimos en su perfección, aunque todavía nos pesa la levantada, la subida al cielo; los ojos están apesadumbrados por el propio genio, por la historia personal, por los miedos, y por el afecto a la parte de mi ser que resiste superarse y asumir la plena dignidad – el peso del pecado que a veces no me permite ver más allá de la nube y valorar el misterio glorioso del ser humano que ya se realizó en la Ascensión de Cristo Jesús –. Para decirlo de otra forma, los pies de Jesús, que somos nosotros, no se separan de la cabeza que está en el cielo. Ahora en la fe, mientras caminamos por tierra, con la gracia de amable Dios, levantémonos a nuestra dignidad perfecta que Jesús nos regaló cuando subió al cielo para que vivamos en plenitud con él para siempre.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

Volver