Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Vigilia Pascual 2018

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Vigilia Pascual 2018

01 de Abril del 2018
por Benedictinos Cuernavaca

Vigilia pascual’18

El Viernos Santo unas mujeres permanecían fieles al pie de la cruz. Ellas figuran la Iglesia que ama y que sigue amando aun en la oscuridad de la fe, frente a Jesús muerto y sepultado. Ahora, después del descanso sabatino, realizan su visita al huerto. De alguna forma, su fe naciente y su amor anticiparon una cosecha nueva de este sembrado, donde el grano de trigo había caído, donde antes nuestros padres habían cosechado el fruto del pecado, la muerte. En la madrugada del primer día de la nueva creación, las devotas mujeres habían preparado perfumes—un detalle sumamente femenino—para embellecer el cuerpo de Jesús. En camino, se preguntaban entre sí; “¿Quién nos quitará la piedra del sepulcro?”. ¿Quién nos quitará la piedra que encierra nuestros corazones, y tapa nuestra conciencia? ¿Quién abrirá la puerta a la esperanza?

            La devoción de las amigas es recompensada por Dios, pues él mismo quita todo obstáculo; cuando llegaron al sepulcro la piedra ya estaba recorrida. Aquella pequeña caverna, excavada en la piedra caliza del monte, donde había yacido el cuerpo de Jesús, se perforó por un amor que no conoce límites. Ahora encuentran a un joven (griego, neanískos), “vestido con una túnica blanca, sentado al lado derecho” que proclama: “Él no está aquí; ha resucitado”. ¿No conocimos a este joven antes? Pues, es el joven catecúmeno en otro huerto, el de Getsemaní antes del arresto de Jesús; aquel joven (neanískos) que seguía a Jesús se desnudó, antes de la pasión y la muerte. Ahora, vestido de su túnica bautismal, en el huerto donde murió la muerte y nació la vida eterna, él da el anuncio de Cristo Resucitado, el grano de trigo que había muerto, para dar mucho fruto. Aquella madrugada, lo que la Iglesia no podía hacer con su perfume, su devoción y su amor, Dios lo realiza con su gracia. Es la pascua, la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud. El ungüento y la devoción que aún quedan en los frascos, hay que derramarlo en el cuerpo vivo de Cristo que es la misma Iglesia.

            Tal es la fuerza de la pascua en el corazón de la Iglesia. No es tanto que la muerte no tiene más lugar para sí; no es que el mal se había borrado del mapa del corazón ni que el pecado se había caducado. Más bien es que Dios en persona entra en los lugares de la muerte para vivificarnos desde nuestro interior. Dios viene a desposarse de nuevo con su esposa infiel, su pueblo y nuestra persona, para restaurarnos en nuestra primera dignidad; el Hijo de Dios acarrea en sí los pecados del mundo, para que sean perdonados y broten en amor y en vida nueva.

            Ahora nosotros escuchamos el anuncio del joven: “No se espanten. Irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán”. Pero ¿dónde, Galilea? Galilea se encuentra donde estamos en casa, donde pasamos gran parte de la vida. Ahí encontramos a Jesús resucitado en la vida cotidiana, en el moderación de vida que es la bandera benedictina, el ora et labora aquí y ahora. El anuncio de la resurrección es la noticia de una vida armónica, plena, la vida como debe de ser. ¿Dónde está Galilea? Es la vida normal; recuerda la actividad humilde y rutinaria de Jesús carpintero; es el monte de las bienaventuranzas, el lugar de las curaciones, de la multiplicación de los panes y de la pesca milagrosa. Es donde nos sentimos acompañados por Jesús en nuestras ocupaciones y anhelos. Allá lo veremos, con la música de fondo del Aleluya sin fin.

            Amados y amables Hijos e Hijas, Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Felices pascuas de la Resurrección!

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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