Monasterio Benedictinos Cuernavaca

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR 2018

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JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR 2018

29 de Marzo del 2018
por Benedictinos Cuernavaca

Lectura del santo Evangelio según San Juan 13, 1-15.

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. 
Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe;luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. 
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: 
—Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? 
Jesús le replicó: 
—Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. 
Pedro le dijo: 
—No me lavarás los pies jamás. 
Jesús le contestó: 
—Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. 
Simón Pedro le dijo: 
—Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: 
—Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él 
está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (Porque sabía quién 
lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.») 
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: 
—¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

 

Palabra del Señor.

 

HOMILÍA:

 

Juan 13,1-15’18 

 

            La noche antes de su muerte Jesús se levantó, se despojó de su manto, se bajó y lavó los pies a sus discípulos. Al tocar sus pies revisó el mapa de todos los caminos que habíamos recorrido, tomó una radiografía de los tropiezos y los golpes. En este examen médico, Jesús repasó el itinerario dónde los pies habían pisado, los caminos atravesados en compañía de Jesús, caminos que se apartan de Jesús. En la piel agrietada, en los callos, la mugre y las uñas rotas, en la descoloración de la piel, los cicatrices y la deformación de los dedos, Jesús se ponía en contacto con toda calzada de nuestra vida. Y no tenía aversión en tocar la intimidad de los pies, porque hasta los pies vino a salvar el mundo, hasta nuestros pies la gracia de Dios se derrama para salvarnos.

En aquella época de Jesús, en aquel ambiente se solía andar descalzos o llevar sandalias y los pies estaban siempre en contacto con la tierra. Era normal lavarse los pies antes de reclinarse y celebrar una fiesta. Además, el lavatorio de los pies representaba un alivio grato para toda la persona. A menudo los pies presentaban heridas. El servidor que lavaba los pies, los examinaba, descubría las heridas y las ungía con aceite y vino. Jesús realiza este servicio con sus discípulos. Cuando se inclinó y se colocó a nuestros pies, se convirtió en nuestro podólogo, o bien, considerando el camino duro y escabroso que habíamos recorrido, en nuestro traumatólogo, mientras examinaba y curaba todos los dolores de nuestro camino recorrido.

En su última cena, Jesús da dos interpretaciones a su gesto. La primera tiene carácter teológico. El evangelio narra: “se levantó de la mesa, se quitó el mano, se ciño una toalla y les lavó los pies”. En su encarnación Jesús se desviste de su privilegio divino, y en su muerte Jesús se inclina ante nosotros y nos lava con su sangre. Ahí donde nosotros tocamos tierra, Jesús nos limpia por su amable contacto. Luego, a Pedro que resiste el gesto, Jesús lo presenta en términos de un baño: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes está limpios, aunque no todos” (v. 10).

Antes de que Jesús les lavara los pies, los discípulos ya se habían bañado. ¿De qué baño se trata? Toda nuestra amistad con Jesús es como un baño. Él mismo lo dice en su discurso de despedida, cuando afirma que sus palabras purifican: “Ustedes ya están limpios, gracias a la palabra que les he comunicado” (Jn 15,3). ¿Cómo nos quedamos limpios por sus palabras? A veces escuchamos a personas a quienes nos inundan con su modo de hablar. A veces nos ensucian con lo que sale de su boca. Hace 40 días, los monjes emprendamos un ayuno noble y sanador para la cuaresma: ayunar y abstener de conversaciones inútiles, de comentarios que dañan o perjudican la salud tanto del que habla como del que escucha. Se buscaba un discurso positivo, palabras y conversaciones que tienen el efecto de un refrigerio que tranquiliza, purifica, nos sana.

Así, Jesús nos hablaba de tal manera que luego su oyente se sentiría purificado. La tendencia a denigrarse a uno mismo queda purificada por las bienaventuranzas; los sentimientos de culpabilidad quedaron disueltos por su perdón. La atención de Jesús para sus discípulos era como un baño y los dejaron limpios … “aunque no todos”. Ahora, en la última cena, para complementar la purificación sólo es necesario lavarles los pies, que se realiza en la muerte de Jesús. Mientras sus discípulos estamos todavía en este mundo, se ensuciarían los pies una y otra vez. Para poder entrar la cena con Jesús, nos conviene que Jesús nos lave los pies, acto que realiza en su muerte en cruz.

En la cruz, Jesús toca al ser humano donde somos lo más vulnerable. La muerte es la herida contra la que nosotros no nos podemos proteger. Cuando Jesús, muriendo, se inclina hacia nosotros, se sacrifica por nuestra salud eterna, nos cura de la herida mortal. El evangelista Juan interpreta la muerte de Jesús en cruz como su triunfo. Es el momento en que, así como Dios prestó su espíritu de vida al primer ser humano creado en su imagen y semejanza, Jesús, en la nueva creación que realiza en la cruz, nos entrega su santo Espíritu, que es la mejor y excelente atención médica que recibimos para toda la eternidad. La paradoja consiste en que Jesús, ahí donde se inclina hasta el polvo de la muerte, es exaltado por Dios, constituido en gloria y nos sana y salva.

Jesús en la cruz es el médico herido. Desde la cruz, Jesús nos en el lugar más vulnerable: la herida de la muerte que llevamos todos y que reúne en sí mismo todas las demás heridas. La mirada sobre Jesús clavado en la cruz –así nos sugiere Juan– curará todas nuestras heridas. Esto, amados Hijos e Hijas, es el significado teologal del lavatorio de nuestros pies. Y ¿no es esto la razón por la cual adornamos a Cristo desnudo en la cruz con el cendal, una toalla, para conectar su servidumbre del lavatorio de los pies con su sacrificio en la cruz el Viernes Santo?

Amados Hijos, La segunda interpretación que Jesús hace del lavatorio de los pies es la enseñanza moral. “Les he dado un ejemplo, para que hagan lo que yo he hecho con ustedes” (v. 15). Jesús es el prototipo de una actitud e intención nuevas. Aquél que es discípulo de Jesús, lava los pies a los demás; se inclina hacia ellos para tocar sus heridas y curarlas. Aquél que está lleno del espíritu de Jesús tiene sobre los demás un efecto semejante a un baño: refresca, alivia, revitaliza, purifica. Bueno, amados Hijos, lo que Jesús hace por nosotros, lavarnos los pies, hagamos nosotros los unos por los otros.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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