Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 1º de Cuaresma - Ciclo B

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Domingo 1º de Cuaresma - Ciclo B

18 de Febrero del 2018
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. 
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Palabra del Señor

 

HOMILÍA:

 

Marcos 01,12-15’18

Génesis narra de la amistad que amable Dios concertó con la familia de Noé después del diluvio, “la alianza perpetua”, cuando Dios cuelga su arcoíris en el cielo, como un viejo guerrero quien, después de la última batalla, coloca su arma en la pared, como evidencia de lo que había y que ya no habrá. Con este gesto promete que nunca más “volverán las aguas del diluvio a destruir la vida”. Esta alianza es precedida por la historia de la restauración de la tierra, historia en Génesis que viene marcada con el número de 40, la suma teologal que nosotros vivimos como “cuaresma”. Después de que la familia de Noé entró en el arca, las lluvias cayeron durante 40 días, una cuaresma (Gn 7,4.12.17). Después de haber estado zarandeado sobre las aguas durante varios meses, finalmente el arca se posó en tierra firme, y Noé esperaba otros 40 días –otra cuarentena (cuaresma)– para abrir la ventana y soltar el cuervo para que volara, como espíritu de Dios en la creación, sobre la nueva tierra que emergía de las aguas (Gn 8,6). ¿Cuál es el valor teologal del número 40, ahora que nos embarcamos en una temporada propicio para afianzar nuestra amistad con Amable Dios.

¿Famosas “cuaresmas” en la Biblia? Son 40 los días que Goliat desafiaba a los israelitas antes de la llegada del joven David quien finalmente cortó su cabeza (1 Sm 17,16); mide 40 días y 40 noches el intervalo que Moisés se postraba ante el Señor en la montaña, intercediendo por el pueblo (Dt 9,18-20); son 40 los años que el pueblo Israel pasó en el desierto del Sinaí antes de cruzar el Jordán y entrar en Tierra prometida; recorrió Elías el profeta 40 días y 40 noches hasta encontrarse con Dios en la montaña (1 Re 19,8). Son 40 los días que Jesús trascurre en el desierto, tentado por Satanás. Igual son 40 los días que la Iglesia dedica a la preparación de la Pascua de Resurrección a la vida plena. Después de Pascua, son 40 días hasta la Ascensión, la subida de Jesús al cielo.

Pedro (segunda lectura) revisa la historia del diluvio y la aplica a nuestra realidad. Así como Noé había sido salvado de las aguas del diluvio, nosotros los cristianos pasamos por el diluvio, las aguas del bautismo, y como Noé somos salvados. Esta salvación nos compromete a “vivir con buena conciencia ante Dios, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro” (1 Pe 3,21). Pero después del diluvio como Noé, después de cruzar el Mar Rojo como Israel, después del bautismo en el Jordán como Jesús, viene la “cuarentena” –la cuaresma–, y con ella viene la tentación. Dice el evangelio, Jesús “fue tentado por Satanás”. Si el Padre permitió la tentación a su querido Hijo, ¿esperamos menos para nosotros? ¿Para qué sirve la tentación? San Agustín nos dijo hoy en vigilias, “Nuestra vida … mientras dura la peregrinación presente, no puede verse libre de tentaciones; nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado”. Nosotros pidamos a Amable Dios en el Padre Nuestro, “no nos dejes caer en la tentación”; no le pedimos que nos libre de toda tentación, sino que nos ayude, nos dé la gracia en la hora de la prueba, la tentación, y nos libre de todo mal.

¿ Para qué sirve la tentación? Pues, es como una prueba, una probadita, para que Dios conozca nuestra talla, y para que el ser humano conozca a sí mismo. Dios permite la tentación –palabra que viene del verbo tentar, que se relaciona con el “palpar” o “tocar”, “tantear” una cosa para reconocerla, entrar en contacto con algo y conocerlo por lo que no se percibe con los ojos. Tienes a la mano una bolsa sellada y la tientas, la palpas, la sopesas para adivinar lo que contiene. La tentación es … un “tanteo”, un examen para probar el valor de algo o alguien. Cuando nuestros padres cayeron en la tentación en el paraíso, Dios descubrió de lo que somos hechos y –otro resultado de la tentación– el mismo hombre se conoce a sí mismo, por su valor al superar la tentación y, además, reconoce su debilidad cuando cae en la tentación. La tentación, y lo que hacemos frente a ella, es una ventana que se abre hacia el autoconocimiento. El otro día en el mercado compré queso. Cuando pedí medio kilo, el despachador agarró un queso, cortó un pedazo, lo pesó y era exactamente el medio quilo que había querido. El quesero tiene buen tanteo, conoce el peso de su producto. Así, Dios conoce el corazón humano. ¿Cuánto pesa? ¿Cómo es? ¿Cuánto cuesta? Pero a veces la tentación nos “destantea”. Nos descontrola de nuestros valores. La natita de la tentación, como el resultado de un examen de admisión, es salir aprobado o reprobado. Pedimos en el Padre Nuestro, “No nos dejes caer en la tentación”.

El pastelero conoce bien su oficio, conoce los ingredientes de sus pasteles, y su horno. Pero a veces tiene que tentar su producto horneando, para confirmar su consistencia, si ya está listo. Abre la puerta del horno, mueve el pastel, toma un palillo y lo mete en el pastel, en el centro, al lado, al otro lado. Tiente el pastel, para ver si está cocido. Si sale el palillo con un poco de masa cruda, todavía no está hecho el pastel, y lo vuelve a meter en el horno. Algo parecido hace Dios al permitirnos la tentación, para probar si ya estamos cocidos. A veces se nos mete el palillo repetidas veces, hasta cerciorar de que somos limpios.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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