Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

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Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

11 de Febrero del 2018
por Benedictinos Cuernavaca

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. 
Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»
Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor

 

HOMILÌA:

 

Marcos 01,29-39’18

(Job 7,1-4.6-7; 1 Cor 9,16-19.22-23)

 

Una niña, con su abuelita en la capilla vio a las monjitas en el coro; le preguntó: “¿Qué hacen?”; la abuelita contestó: “Las monjitas son porteras que abren y mantienen abierta la puerta”. En otra ocasión vieron a un viejito cuyo hijo acaba de morir en un accidente. Sus manos levantadas hacia el cielo, el afligido gritaba: “¿Por qué un joven, con toda su vida delante? ¿Por qué no yo, que soy viejo?” La abuelita le explicó a su nieta, “Mira, cómo el padre deja abierta la puerta”. Una vez en la casa, la niña se puso a ver el futbol, mientras su abue preparó el té y se sentó quieta delante la ventana; vio en la tele como un atleta se persignó antes de meterse al juego. Después de un rato, preguntó a su abuelita: “Abue, ¿Qué haces?” Y la respuesta: “Estoy abriendo una puerta”. En un instante, la niña imaginó la foto de todos juntos, a las “sisters”, al viejito del fallecido joven, al futbolista, juntos con su abuelita en la mecedora, abriendo la puerta.

Job, en una crisis en se le perdió todo – su familia, sus bienes, su cercanía a Dios, su buen nombre –, reclama un respiro antes de que se le acabe la vida, y exclama: “La vida del hombre … como un servicio militar … Como un esclavo suspira en vano por la sombra … La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece” (1ª lectura). En otro lugar, Pablo de Társis confiesa su debilidad en el ministerio; él descubre lo fuerte de lo débil para que el evangelio tenga mayores resultados. “Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles” (2ª lectura). Y Jesús, después de su estreno en la sinagoga y la expulsión del demonio, después de la curación de la suegra de Simón Pedro y múltiples curaciones, amanece en oración y abre la puerta del evangelio a los pueblos cercanos.

            Para Job, según el consejo de su esposa, le habría sido más normal, contemplando su ruina, renegar a Dios y morir. Según los presupuestos de la mercadotecnia, habría sido más sensato que un intelectual como Pablo hubiera aferrado a sus éxitos pasados, su talante, en vez de desgastar su esfuerzo en algo tan inseguro como predicar a los extranjeros. Y para Jesús habría sido más fácil descansar sobre sus laureles, los avances de la evangelización en Galilea, que ir a Jerusalén donde le esperaban la cruz y la muerte. Pero, no, cada uno, Job, Pablo y Jesús, cultivaban una amistad con Dios, y la energía generada en la oración ensanchaba las fronteras estrechas de su vida.

            Pregunto: ¿qué hay de la oración? Job oraba desde el colapso personal; Pablo, a lo largo de su ministerio de abrir fronteras. El mismo Jesús se detenía en la oración. ¿Para qué sirve la oración? A veces oramos, para quejarnos de la situación humana; oramos con lágrimas. Entumecidos por el dolor, paralizados por no poder hacer nada, la oración abre la puerta a la esperanza. En ocasiones el Espíritu Santo nos visita y nos inflama de una alegría y un fervor tan grandes que el propio corazón abrace a toda la humanidad, sin distinción entre buenos y malos, leprosos y sanos, y se abre una puerta a la salvación. O bien, la oración nos hace sentir lo frágil de la vida, hasta que nos sentimos tan poca cosa. En la oración, podemos sentirnos endeudados a tantas personas que nos han ayudado o apreciado; queremos responder y no sabemos cómo, pero dejamos la puerta abierta. Una vez en la oración, el Espíritu nos comunica un gozo inefable y abre la puerta a la alegría. En otra ocasión la misma oración nos inspira con el buen celo que aparta del mal y conduce a la vida eterna, abre una puerta a la liberación. Otra vez orando, el alma descansa en el silencio y una paz que no tiene palabras, pero disfruta el descanso. O bien, orando, el alma abre la puerta y se inunda de palabras y sensaciones que ni se dejan entender. Otras veces en la oración, el Espíritu entra por la puerta abierta y nos otorga una sabiduría y un consejo inesperado. A veces oro y ni siento ni pienso nada; me llega a temer o sentir hasta la ausencia de Dios. Pero, orando, la puerta permanece abierta.

            Fueron muchos años después, cuando la niña apreció la lección. Comprendió que las “sisters”, por ser monja, ofrecen una vida más amplia que los intereses del mundo horizontal. Comprendió que, al alzar sus manos y gritos y reclamar la muerte fuera de serie, el viejito dejó abierta una puerta para ver la vida bajo la luz eterna, más allá de la tragedia. La niña vio que, al persignarse antes de jugar, el futbolista dio un sentido trascendente al deporte. Comprendió que su abuelita, cuando cerró la puerta de su casa, dejó siempre abierta otra puerta para que Dios entre y comparte con ella el pan de cada día.

 

R.P. Konrad Schaefer OSB

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