Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Solemnidad de Cristo Rey 2017

Volver

Solemnidad de Cristo Rey 2017

26 de Noviembre del 2017
por Benedictinos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»


Palabra del Señor

 

 

HOMILÍA:

 

Mateo 25,31-46’17

[“Hagan esto en memoria mía”]

 

            Un matrimonio preguntó al monje sobre la primera comunión para su hijo de trece años y que tiene síndrome de Down. El monje respondió que sí, podían hacer el trámite con la parroquia y, si les parecía bien, el mismo monje se encargaría de la preparación. Y así fue. Pasaron seis meses, y se le avisó al párroco que el joven estaba preparado para su primera comunión. Después de una entrevista, el párroco comentó que, a su parecer, el muchacho con síndrome de Down no podía recibir su primera comunión porque no comprendió lo suficiente el misterio del sacramento. El monje pensó un momento, antes de preguntarle: “Y usted, Pater, ¿comprende lo suficiente el misterio de la Eucaristía?” Fue el próximo domingo cuando el joven recibió su primera comunión.

            ¿Por qué una parábola sobre la primera comunión en la fiesta de Cristo Rey, con su evangelio del juicio final cuando todas las naciones estarán reunidas como cabritos y ovejas ante el Rey en su trono? El escenario me hace pensar en el misterio de la Eucaristía. Al inicio de su ministerio Jesús anunció, “Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los que lloran, los limpios de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los que trababan por la paz…”, porque de ellos es el reino de los Cielos. Pero requiere unos ojos especiales para percibir en la pobreza, en el llanto, en lo sencillo y en los que sufren, la felicidad de la que habla Cristo Rey. Cuando habla del juicio final Jesús advierte a un intercambio maravilloso, una transferencia tan misteriosa como lo que sucede en el sacramento de la Eucaristía. Cristo Rey de todos los tiempos y pueblos se sienta en su trono de gloria y aclara: “Yo tuve hambre, tuve sed, era extraño, estuve enfermo, necesitado o encarcelado, y me atendiste”, o bien, “no me atendiste”. Pero, ¿cuándo fue que encontramos a Cristo Rey en tales condiciones abatidas y no le atendimos? Su majestad nos responde: “En verdad les digo que cada vez que lo hiciste con uno de estos mis hermanos/as, más pequeños, conmigo lo hiciste,” o, por el contrario, “lo que no hiciste con uno de los más pequeños, tampoco lo hiciste conmigo”. Esta asombrosa transferencia es análoga a lo que sucede cuando miramos el pan sobre el altar y contemplamos el cuerpo del Cristo ahí mismo;  o bien, es lo que sucede cuando miramos al pueblo reunido alrededor del altar, y percibimos el cuerpo de Cristo que formamos todos nosotros.

            Jesús nuestro Rey está a nuestro lado, pero su verdadera identidad está camuflada. Se nos presenta, pero en secreto y a veces somos tan cabritos que ni siquiera nos damos cuenta de su presencia. En la parábola, todos, tanto los cabritos congregados a su izquierda como las ovejas a su derecha, preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, extraño o desnudo, enfermo o encarcelado y no te atendimos?” Todos, ovejas y cabritos, recorremos la marcha de la vida con ojos vendados.

Antes de la primera comunión de mi sobrino de ocho años, le pregunté: “Ahora, Esteban, a ver qué sabes de la Eucaristía.” El niño respondió: “Tío, Jesús nos ama tanto que se volvió pan; quiere estar tan cerca de nosotros, que él entra en nuestros cuerpos para que sepamos que siempre está con nosotros.” Me asombró su respuesta. Dios quiere estar tan presenta a nosotros que se ofrece como comida y, además, se pone a nuestro lado. Pero nos ocupamos tanto de nosotros mismos y otros intereses que pasamos por alto su presencia real. O bien—así me comentó una señora—nos volvemos tan burro que no queremos ver a Cristo Rey a nuestro lado, quien está realmente presente en la Eucaristía, no vemos a Jesús realmente presente en el cuerpo reunido alrededor del altar y no vemos a Cristo Rey presente en las personas cercanas donde menos lo esperamos. El desafío es, tener ojos para descubrir su presencia oculta en el pan sobre el altar y la alrededor del altar, la presencia de nuestro eterno Rey y Juez disfrazado en el prójimo necesitado.

Me viene en mente la oración de Santa Matilde, a quien festejamos hace pocos días (el 19 de noviembre): La joven Matilde le pidió al Señor que le diera algo para que nunca se olvidara de él. Jesús le contestó: “Te doy mis ojos para que veas todas las cosas con ellos; y te doy mis oídos, para que escuches todo con ellos; mi boca te la doy también para que todo lo que tengas que decir, sea en conversaciones, en oración o en el canto, lo pronuncias con mi boca. Te doy mi corazón para que pienses toda y me ames a mí y todas las personas por mi amor.” Este regalo de ver con sus ojos, escuchar con sus oídos, hablar con su boca, pensar y amar con el corazón de Cristo se replicó muchas veces a lo largo de su vida. Nosotros no esperamos menos de esta gracia, para poder ser transformados en fieles siervos y siervas de Cristo Rey.

R.P. Konrad Schaefer OSB

Volver