Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía 30° Domingo del tiempo ordinario

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Homilía 30° Domingo del tiempo ordinario

29 de Octubre del 2017
por Benedictinos Cuernavaca

Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,34-40):

 

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»


Palabra del Señor

 

Homilía:

 

Mateo 22,34-40’17

           

 Un Maestro enseña que en una ocasión un caballero poderoso dio una moneda por amor de Dios a un pobre que le pedía limosna. Pero como al instante se acercó otro que también le pedía, no quiso darle más nada de lo que tenía de sobra. Entonces el pobre que recibió la moneda compró un pan y dio la mitad de su pan al pobre que no había recibido nada. Cuando el caballero lo supo, mucho se maravilló de que aquel pobre tuviera mucha más caridad con la única moneda que tenía que él con toda su riqueza. En efecto, Dios se hizo nuestro pobre por amor nuestro para convidarnos de su pobreza. Porque nosotros necesitamos más compartir la pequeñez que la grandeza. En los pequeños gestos de cada día, en los pequeños gestos de amistad, en la pequeña entrega de cada día, en la migaja del pan recibimos la grandeza de la caridad. Y nada hay más contrario a esa caridad que la crueldad y la enemistad. Con toda Verdad un Maestro cuenta que en una ocasión un joven preguntó a un sabio ermitaño: ¿Por qué la caridad se ha perdido tanto y se multiplica la crueldad? A lo que el ermitaño respondió: <<Hijo mío, en una ciudad había un obispo que era muy avaro y el príncipe de aquella ciudad era muy malo y cruel; pues en ambos flaqueaba la caridad y los poseía la crueldad. Todos los hombres de aquella ciudad recibían mal ejemplo. Por lo que también en ellos menguaba la caridad y crecía la crueldad. En aquella ciudad había un varón de vida santa, hijo de la caridad. y que era pobre en cuanto a los bienes temporales, pero era rico en los espirituales. Un día ocurrió que el príncipe y el obispo cabalgaban juntos y pasaban por el camino en que estaba el santo varón. El santo varón, cuando los vio, dijo gritando que en ellos habla muerto la caridad y la crueldad se habla apoderado de sus almas. Aquel santo hombre fue apresado y golpeado y llevado a la cárcel. donde estuvo mucho tiempo por las palabras que había dicho a los enemigos de la paciencia, la humildad y la caridad.

Meditando esas palabras que el ermitaño le dijo, el joven repasó las calles de su aldea en las que había visto la crueldad de los avaros que llenaban sus casas de bienes que no tenían más utilidad que encender envidias y ambiciones, ya no pudo reconocer sonrisas porque la crueldad acabó por poner en los rostros la mueca de la ¡nada. Y vio una guerra cruel entre dos ejércitos que habían abandono los campos de batalla para combatir dentro de los hospitales, era la guerra de las madres ansiosas de destruir a sus hijos. Recordó la crueldad de quienes abandonaban toda lucha por mantener vivo el amor y se dio cuenta de cuánta culpa hay en quienes dejan morir la caridad, sofocada por la exuberancia de la crueldad. Como el santo varón del que habló el ermitaño, sintió deseos de gritar a la gente de su tiempo que eran hijos de la crueldad, pero sintió miedo de ser castigado con insultos e injurias y finalmente guardó silencio, convencido de que él mismo tampoco era hijo de la caridad. El miedo y la tristeza lo habían convencido de abandonar a su madre, la caridad. Y la crueldad también tiene por hijos al miedo y la tristeza. Un poeta cuenta que hay una isla en la que habitan todos juntos los sentimientos humanos. En una ocasión un sentimiento de miedo hizo pensar que la isla entera se hundiría. Así que cada sentimiento quiso ponerse a salvo. Desvalido y pobre estaba escondido el amor cuando vio marcharse al orgullo en un gran barco cargado de riquezas y que rompía olas vacías como su alma. No había espacio para el amor ni en las olas ni en el barco. Luego vio marcharse a la tristeza, en un pequeño bote, sola, y tampoco con ella había lugar para el amor, pues ella, en el fondo de su barca, no anhelaba más que estar sola. Enseguida se puso en marcha la ira, empujada por la cobardía. Juntas emprendían una fuga de fuego y de viento, pues la ira es fuego, pero se alimenta del aliento frío de muerte de la cobardía. En un barco alegre, lleno de bailes y festejos partió la felicidad que entre tanta bulla se marchó también sin el amor. En Fin, cuando el amor estaba abandonado, dice el poeta, un anciano le tendió la mano y sorprendido, el amor preguntó al anciano quién era, y al ver su sonrisa infantil, comprendió que era el tiempo, pues sólo el tiempo no abandona al amor. Pero yo les digo, que el amor no abandona al tiempo, porque el amor es eterno y quien ama ha cumplido ya todos los tiempos, todas las leyes, todo con Dios.

 

 R.P. Evagrio López Álvarez OSB

 

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