Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía 23° domingo del tiempo ordinario

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Homilía 23° domingo del tiempo ordinario

10 de Septiembre del 2017
por Benedictinos

Mateo 18,15-20‘17

 

En el transcurso de una vista a una familia, vi algunas fotos que se habían tomado a lo largo de los años, fotos de los abuelitos, de la boda, del bautismo de la niña, de las vacaciones, de los cumpleaños; fotos del papá y la mamá con sus cinco hijos. Habían algunas fotos estropeadas, primero con crayones y luego con tijeras. En las fotos la figura de la chica Maricarmen estaba rayada o desfigurada, con cuernos, una colita, la nariz pronunciada o un bigote. Todas fotos, recuerdos de la infancia, de los niños con el perro, las dos niñas, pero en cada una, la cara de una niña estaba tachada, recortada o desfigurada, con el propósito de eliminarla. En cuanto a la silueta de Maricarmen así recortada o rayada, pregunté por qué estaba así. Las niñas confesaron que hacía tiempo que se habían peleado, y para vengarse de su hermana, Beatriz intentó borrarla de los archivos de la familia. Desde ese entonces las fotos quedaron mutiladas. Ahora las muchachas ríen de sus niñerías de hace años y, con alguna pena, muestran las fotos, en donde una intentó eliminar a su hermana de la familia, dejando el hueco.

En una visita al hospital, conocí a una bailarina que se había accidentado, y su pie fue infectado. La infección no sanó y cundió la gangrena. A urgencia, los médicos querían amputar el pie; la bailarina no quiso. Los médicos insistieron, si no se corta el pie, la infección se extendería a la pierna, al cuerpo, que resultará en una muerte apestosa y cruel. En el campo de la medicina la amputación es un caso excepcional, que se administra después de probar todas las posibilidades de curar la parte infectada. Algo análogo respecto al tratamiento del malestar en comunidad o en familia. De la misma manera que una parte afectada puede contagiar a todo el organismo, la curación beneficiará a todos los miembros.

Cuando Jesús habla de la salud de la comunidad, emplea otra imagen (justo antes del evangelio de hoy). El que pierde una oveja hace todo lo posible para encontrarla: el amable Padre celestial no quiere que nadie se pierda (Mt 18,12-14). Con este ejemplo de un rebaño incompleto, Jesús explica: “Si tu hermano comete un pecado” no escatimes esfuerzos para recuperarlo: al inicio, en privado; si esto no logra la reconciliación, se le acerca al inconforme en grupo pequeño; como último recurso, la comunidad hace la intervención. Estos tres pasos hacia la reconciliación tienen un objetivo: evitar la pérdida del miembro afligido y sanar todo el cuerpo. Un miembro enfermo puede contagiar a los demás. Hablamos de enfermedad física y también teologal: También el pecado contagia a toda la comunidad.

            En la parábola de la oveja perdida a Jesús le interesa recuperar al extraviado para la salud de todo el rebaño. La iniciativa para el rescate viene de la parte ofendida, no de parte del extraviado. Es el rebaño que da el primer paso hacia la reconciliación y su salud. Jesús enseña que, ante la ofensa no se vale el quedarse callado, enfadado, mientras se alimenta la ofensa, siempre en la agria espera que el ofensor se humille o se disculpe. Menos se vale consolarse haciéndose la víctima de una injusticia. Según la lógica del amor evangélico, la parte ofendida tiene que salir al rescate del ofensor, quien –se espera—reconozca su error y haga caso a la corrección. Si el ofensor no reacciona, hay que insistir y darle otra oportunidad, esta vez, en presencia de dos o tres miembros de la comunidad –el sabio médico del alma san Benito los llama senpecta (RB 27.2), medicamentos especiales—; son los monjes prudentes. Si en cualquiera de los dos intentos se produce un cambio de actitud por parte del ofensor, se supera la ofensa y el extraviado cierra el hueco que ha abierto en la foto de la comunidad. En el caso contrario, hay que volver a insistir una tercera vez, con el respaldo de la comunidad, que no abandone al extraviado a su suerte.

            Amadas hijas e hijos, La comunidad ve por su propia salud. Tiene la capacidad de incluir y excluir o—en la expresión de Jesús—de atar y desatar: “Todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Pero la comunidad no actúa por sí sola. Su garantía es la presencia de Jesús resucitado en medio: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

            Tanto en la Iglesia primitiva como en nuestra experiencia, nos cuesta acercarnos a un ofensor, no sólo para perdonarlo sino para recuperarlo e reincorporarlo en el rebaño. Pero la presencia de Jesús está asegurada en la comunidad cristiana, que es tanto un estímulo como un compromiso. En la comunidad Jesús nos da fuerzas para superarnos.

            Hay una parte del evangelio que me hace cuestionar. Jesús aconseja, respecto al ofensor obstinado: “Trátalo [griego, sea para ti] como un pagano o un publicano”. ¿En qué consiste este nuevo trato? El mismo evangelio aclara el asunto. Jesús mismo expulsó el demonio de la hija de una pagana; Jesús sanó al hijo de un centurión romano. Jesús fue reprochado por su costumbre de comer con los pecadores y publicanos. La misma conducta de Jesús respecto a los paganos y publicanos nos muestra, que el proceso de la reconciliación nunca se acaba. Aun después de la excomunión o el divorcio de la familia, se siente el dolor de la cirugía, y sigue con la mesa de comunión abierta al pecador arrepentido. Siempre hay esperanzas de que, con la paciencia humana y la gracia inagotable de Dios, sea rescatado al que dejó el hueco en la foto.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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