Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilía 21° Domingo del tiempo ordinario 2017

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Homilía 21° Domingo del tiempo ordinario 2017

27 de Agosto del 2017
por Benedictinos

Mateo 16,13-20‘17

En un balneario en el extremo norte de Palestina, Cesarea de Filipo—un “resort”, que celebraba a dos políticos de la antigüedad, Augusto César y su amigo Felipe, hijo de Herodes el Grande— en la frontera entre la Tierra santa y el mundo pagano (el actual Líbano), Jesús preguntó a sus discípulos sobre quién era él. No les preguntó acerca de su identidad cuando estaban instalados en sus pueblos, en sus casas; tampoco les preguntó después de que habían llegado a su meta en Jerusalén. Es ahora, mientras estamos de camino, que Jesús nos interroga: “¿Qué dice la gente de mí?... Y ustedes, ¿qué dicen? ¿Quién soy yo para ustedes?”

            ¿Quién dice la gente que es Jesús? ¿Será Juan Bautista? ¿O Elías o bien Jeremías u otro profeta? Toda identidad es condicionada por la experiencia del interlocutor. Ahora la misma geografía señalada da la pauta para romper con los esquemas del pasado. Jesús había salido de Galilea, llegó hasta la frontera de Israel. Es como si el evangelista dice, a Jesús no se puede limitar por el pasado, como una figura en un museo de cera. El autor de la vida y la felicidad rompe con las fronteras habituales. Su identidad es el puente que une tierra y cielo. En aquella región inesperada, Simón Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo”.

            ¿Cómo le llegó esta respuesta? Esta afirmación… “No te lo ha revelado ningún hombre”. Significa que no se logra conocer a Jesús por la ciencia ni por los estudios, aún los más avanzados. No es la inteligencia perspicaz, la razón más aguda, los argumentos convincentes, que descubren la esencia de Jesús. Se requiere una luz de otro voltaje, que llega desde el más allá. Dice Jesús, sólo “el Padre que está en el cielo”, puede revelar a su propio Hijo. Hasta el momento feliz de aquella revelación, los judíos, aun los más eruditos y quisquillosos sobre la ley, hasta los mismos discípulos, que le seguían—todos podían perderse en conjeturas más o menos probables sobre su identidad. Pero el Padre, que ha ocultado “estas cosas a sabios e inteligentes, se las ha revelado a pequeños” (Mt 11,25)—.

            Después de todo, cualquier confesión sobre Jesús, menos aquello del Mesías, Hijo de Dios vivo, es falsa. Pero esta confesión nos conduce hasta la frontera de la vida, nos hace entrar en terreno de Dios. ¿Quién es Jesús? Es el Hijo del Dios de la vida. ¿Quién lo dice? Simón Pedro, y todas las generaciones de los “pequeños” que, al confesar la identidad de Jesús, reciben la facultad de perdonar y dar vida; se le conceden las llaves de los cielos, de atar y desatar. “¡Dichoso tu, Simón, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!... Yo te daré  las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo o que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Solo el Padre nos imparte la revelación de quién es Jesús. El misterio de su persona permanece sellado, salvo por la revelación del Padre. Jesús felicitó a Simón Pedro: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque la carne y la sangre no te ha revelado esto sino mi Padre que está en los cielos”.

            Pero todos los esfuerzos no bastan, ni siquiera un catequismo, ni un estudio académico, ni una moral más allá de toda sospecha. Para conocer a Jesús nos hace falta vivir y caminar con su persona, revelada por su Padre, y nuestra amistad con el Hijo del Padre dejará para siempre su huella en el corazón. Entonces comprenderemos, porque el mismo Padre nos le habría revelado, no a los sabios e inteligentes, sino a los pequeños. Entonces, nos volveremos, como Simón Pedro, “pontífice” [del latín, pontifex, o “constructor de puentes”] entre la tierra y el cielo. Seremos agentes del perdón, atando y desatando los nexos que limitan al ser humano alcanzar el cielo. Seremos, con Simón Pedro, “amos y amas de llaves” del Reino de los cielos, abriendo paso para que entre el prójimo a la felicidad eterna.

            Estuve en la terminal para recoger el equipaje. Los perros ahí están entrenados para husmear las maletas para detectar cualquiera contrabando. El perro pasó por toda la fila sin encontrar nada, y luego, se volteó y volvió a husmear las maletas ya revisadas. Frente a una se detuvo, levantó la pata y tocó la maleta. El oficial pidió al dueño de la maleta que le siguiera. En la mesa de revisión, al abrir la maleta sospechosa, encontraron lo que el perro había detectado. No era cocaína ni cualquier droga. Eran croquetas. Después de hacer su trabajo de revisión, al perro le interesaban las croquetas que alguien había llevado en su maleta.

            Nosotros caminando por la vida, pasamos por alto a Jesús, el Hijo del Padre, que nos da la vida plena. Pero hay momentos en que nos detenemos, con el recuerdo de haber descubierto algo que nos interesa más que las cosas de todos los días, y volvemos a lo que buscamos de corazón, y al hallarlo, encontramos nuestra dignidad y trascendencia. Simón Pedro confesó a Jesús, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, y Jesús le dio, junto con nosotros, el encargo de abrir y cerrar las puertas del cielo.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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