Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilia 20° Domingo del tiempo ordinario

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Homilia 20° Domingo del tiempo ordinario

20 de Agosto del 2017
por Benedictinos

Mateo 15,21-28’17

 

            Jesús de Nazaret vivía 30 años en provincia, en Galilea, con pocas salidas de la región: la peregrinación anual hacia Jerusalén en compañía de sus paisanos. Como hijo nativo, se identificó con un pueblo, con los valores, costumbres, con cierta reserva frente a lo desconocido, lo extraño que venía de fuera. Su pueblo nativo tenía limitado contacto con el mundo internacional. Los nazarenos se quejaban del pago obligatorio de los impuestos al imperio extranjero, veían los soldados en la carretera, se enteraban de las noticias que llegaban desde el extranjero, pero Nazaret era su pueblo judío tranquilo. Cuando, a los 30 años de edad, Jesús mudó a Cafarnaúm y comenzó otra etapa de la vida, sus ojos se abrían a una situación política más compleja. Se relacionaba con gente de varias clases –pescadores, comerciantes y funcionarios—; sin embargo, se sentía acogido en la sinagoga, entre la gente de la misma práctica religiosa.

         Todo se pasaba normal para el joven de Nazaret, hasta un día que, en compañía de su pequeño séquito, cruzó la frontera en el norte, y llegó hasta la región de Tiro y Sidón –un viaje inusual para el judío practicante—. Difícilmente el ahora judío migrante iba a poder cumplir con todos preceptos de la ley alimentaria. La música en el norte tiene tono y ritmo distintos; la comida, un picante nuevo. La gente del nuevo país miraba a Jesús con su ropa distinta, que lo distinguía como extraño, forastero. Y un judío fuera de su barrio no confiaba en los paganos. En comparación con Galilea, la región de Tiro y Sidón es más próspera, cosmopolita; disfruta relaciones de comercio libre con otros países mediterráneos, y tiene una historia marcada con la idolatría indígena. ¿no es por nada que, mientras Jesús y sus discípulos andaban en el extranjero, les inspiraba una sana desconfianza de entrar en contacto con los residentes de Tiro y Sidón. Aquellos eran migrantes, visitantes, sin derechos en el país al norte de Palestina. Entonces, les incomodó cuando una residente les encontró y empezó a gritar, “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Atiende a mi hija atormentada por un demonio”.

            Atender la aflicción de su propio pueblo era lo más normal para Jesús y sus discípulos, ¡pero a una extranjera! ¿Quién sabe cuáles serían sus motivos? Cuando uno está de viaje, lejos de su propia cultura, hay que cuidarse, para que la gente no abuse, no aproveche de su desamparo.

            Jesús, en el extranjero; no tiene derechos ni seguridad en Tiro y Sidón. Hasta ahora, los beneficiarios de sus atenciones  eran judíos, de Galilea. A responder a aquella extranjera, dice, “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La salvación que se encuentra en Jesús está en primer lugar para sus paisanos, su propia sangre. Pero la cananea audaz insiste, e intercede por su hija afligida y por todo su pueblo: Sí, Señor, pero también los paganos, las personas nacidas lejos del privilegio de la sangre, “También los perritos se comen de las migajas que caen de la mesa de la familia”. Desde este momento, impulsado por la intercesión de una pagana, la salvación que nace con Jesús se extiende hacia las regiones más lejanas de la ley judía, y de los presupuestos de la gente.

            Queridas hijas e hijos. Este evangelio tiene mucho que enseñarnos. En primer lugar, observamos que mujer pagana no pide nada para sí misma, sino intercede por otra, por su hija. En la persona de su hija, está orando por su pueblo, alejado de Dios, en manos de los poderes idólatras. Aprendemos que la oración de intercesión es importante en nuestra vida de ve. Oremos, asiduamente, no sólo por nosotros y nuestras necesidades, sino por las personas y las situaciones cercanas que requieren una atención especial de Dios.

           En segundo lugar, escuchamos que Jesús sale de la región conocido como “religiosa”, con valores tradicionales, y alcanza hasta un lugar pagano. También en nuestra ciudad o entorno existen regiones poco receptivas al evangelio, a los valores humanos que predica Jesús. Pero, así como de la visita de Jesús y sus discípulos en la región idólatra de Tiro y Sidón suscitó una respuesta de fe, y Jesús podía expulsar el demonio ahí de aquel pueblo pagano, así la presencia cristiana y de fe en las partes de la sociedad en que vivimos puede impulsar a la misma sociedad a responder a la fe. La salvación está destinada a todo el mundo, pero nos toca a nosotros hacer nuestra parte que se realice un mundo mejor, inspirado por valores y salud.

            En tercer lugar, Jesús está muy cómodo o acomodado en algunas regiones del propio corazón y de la conciencia, pero existen todavía áreas, regiones en la propia persona que aún resisten el evangelio y la salud y santidad que ofrece Jesús. Nos toca a nosotros dejar que Jesús, y la gracia, entren la región del Tiro y Sidón en la propia persona que no han sido sanados, tocados por la Palabra de Dios y la presencia de Jesús.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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