Monasterio Benedictinos Cuernavaca

Homilia 19° Domingo del tiempo ordinario

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Homilia 19° Domingo del tiempo ordinario

14 de Agosto del 2017
por Benedictinos

Mateo 14,22-33’17

Durante una crisis, zarandeado por el miedo del gobierno corrupto de una mujer poderosísima, la idólatra Jezabel, el profeta Elías cayó en una depresión, renunció su oficio, y hubiera preferido la muerte a su vida amenazada con el sinsentido. Su sentimiento era tan fuerte, la razón no le abastaba para consolarlo, y se encontró en una cueva, un vientre en la tierra, la montaña donde antes Moisés había encontrado al Señor. Elías se recluía en la cuna de la fe de su pueblo, donde se había forjado la amistad con Dios, el “Yo Soy Quien Soy”. En aquel lugar, ¿buscaba Elías la zarza aún ardiente, donde había hablado Dios a Moisés? A la invitación del amable Dios siempre fiel, quien lo instruyó a salir de la cueva, el profeta quería encontrarse con Dios en el temblor que sacudía el monte, en el huracán que causaba los deslaves, y en el fuego que se lo acompañaban cuando dio las tablas de la ley, pero Dios no se dejó encontrar en ningún cataclismo, sino en el silencio elocuente de su vida interior. Nos informa el texto bíblico que, después del temblor y el fuego, Dios se dejó escuchar en “el murmullo de una brisa suave”. Pondero esta escena, un patrón de la amistad con Dios y la vida contemplativa. El texto hebreo es obscuro, pero señala un “silencio elocuente”. Dios se comunicó con Elías no en las aulas universitarias, donde se debaten razones y sentencias; lo tranquilizó no en los discursos políticos o en las seguridades ilusorias del activismo o de las compras, sino en la cuna de la fe, donde arrulla la amistad con Dios, donde Moisés se quitó las chanclas frente a una zarza inflamada que no se consumía. En la primera lectura, el teólogo nos relata cómo enfrentarnos con la vida, en las etapas de inseguridad, de cambio, de duda.

         Como la persona de Elías, también san Pablo sentía un dolor emocional cuando se acordaba de su familia étnica, que se resistía a creer en Jesús el mesías (2ª lectura). Le dolía tanto al apóstol que se hubiera sacrificado a sí mismo para conducir a su pueblo de la alianza –la familia de los patriarcas– hacia la fe y la salvación. Como el profeta Elías, Pablo, impaciente por no poder regalar a su pueblo lo que había recibido, tenía que buscar más a fondo, en su serena amistad con amable Dios, para calmar la tormenta del alma. Algo parecido se presenta con los discípulos de Jesús en una barca en el mar embravecido, en la madrugada después de la multiplicación de los panes, cuando vieron a Jesús caminando sobre las olas.

         Jesús les había enviado “a la otra orilla” del mar, a un lugar, para ellos, desconocido. Cada vez que el evangelista nos dice “… a la otra orilla”, pensamos en la propia vida, en los lugares todavía no explorados, que esperan la visita de Dios y la gracia del evangelio. No me asombra que ellos se sientan sacudidos por la tempestad, por la oscuridad de la noche y el viento contrario. Parecen una comunidad que se siente insegura por los vientos contrarios que hacen que los mismos monjes dudan de su vocación. Miran a Jesús en la tormenta, caminando sobre las olas, y piensan en un fantasma, pero el mismo Jesús responde con la voz que se dirigió a Moisés frente a la zarza ardiente que no se consumía en las llamas, “No teman… egó eimí [“Yo Soy”]”. Entonces, un acontecimiento insólito: en alta mar, por la confianza recobrada en presencia de Jesús y de su palabra, el capitán baja de la barca y camina hacia Jesús sobre las olas. Pero su fe no era tan sólida como le había parecido, y se fundió como hielo bajo el sol, por el viento y el miedo; la roca de la iglesia, Simón Pedro, empezó a hundirse en el mar, mientras Jesús le tendió la mano para sostenerlo. Los discípulos oyeron la reprimenda, “Hombre de poca fe, ¿Por qué dudaste?” De nuevo en la barca, se consolidó la fe en compañía con Jesús.

         Amadas Hijas/Hijos, No nos desanimemos, pues, en la caminata sobre las olas del siglo. Una y otra vez volvamos al vientre del encuentro con Dios, donde Jesús nos tiende la mano para serenar el corazón y conducirnos a avanzar por los mares, las tormentas, los temores y temblores de la vida. En esas tempestades que atribuimos a muchas causas –enfermedad, muerte, duda, los socavones de la vida personal, la incomprensión–, desde la fe escuchamos el discurso del amable Dios en el corazón ardiente: “No teman…, egó eimí” –“Soy yo”–.

R.P. Konrad Schaefer OSB

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